23 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Guerra sin cuartel en Podemos

El debate sucesorio de Pablo Iglesias ha salido de la clandestinidad y le pilla a él aislado, recluido en su despacho, alejado de la realidad y dependiente de Pedro Sánchez.

 

 

 

Difícilmente Pablo Iglesias podrá echar mano de cortafuegos. Ha salido demasiado escaldado de las urnas. Achicharrado, en realidad. Los golpes le caen sin descanso, pero el secretario general de Podemos cree estar cargado de razones para pensar que, en medio de la debacle, él es el único capaz de levantar su proyecto y los ciudadanos no tendrán otro remedio que terminar premiándole de nuevo.

Y las consecuencias están a la vista. Refugiado entre sus cada vez más menguados fieles, los mismos que le repiten al oído que su figura “es mucho más fuerte que la del partido”, Iglesias se ha visto obligado a apartar de la Secretaría de Organización a Pablo Echenique –famoso por su incapacidad de relacionarse con los “barones” territoriales– sustituyéndolo por otro afín, Alberto Rodríguez, en un intento de contener las críticas internas.

Debate público

Tales van a ser sus credenciales ante la convocatoria este fin de semana del Consejo Ciudadano. A todas luces, insuficientes. En poco más de un mes, su legitimidad se ha dado la vuelta como un calcetín. Y, lo venda como lo venda, el fracaso electoral ha dejado descolocadas sus piezas.

El debate sobre el liderazgo de Pablo Iglesias ha salido de la clandestinidad y el secretario general no oculta su disgusto por los comentarios que le llegan.

Su salida depende ya solamente de “sacar algo” a Pedro Sánchez. El líder morado ha quedado al albur de la generosidad del presidente en funciones

De hecho, sus interlocutores le han escuchado estos días clamar contra los “traidores”, sobre todo descargando la rabia contra quien fuera tan cercano a él, Ramón Espinar, que ha pedido públicamente redefinir el rumbo de la organización para, en vez de “cortar cabezas”, ser capaces de “incorporar más”.

Un pequeño círculo

Sin embargo, cuando la guardia de corps de Iglesias escucha a quien fuese rostro visible de los morados en Madrid, la única conclusión a la que llegan es que “clama en el desierto”, que “no hay nadie tras él” o que “tiene afán de protagonismo”.

Así se mueve ya el líder de Podemos: aislado dentro de un reducido círculo, cada día más fuera de la realidad e irritado con las voces que se escapan de su control. Es el orden del día del pablismo.

Y, como síntoma, no puede ser peor para la causa de Iglesias, cuya única salida depende ya solamente de “sacar algo” a Pedro Sánchez. El líder morado ha quedado al albur de la generosidad del presidente en funciones. Bien lo sabe. 

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