Granjas ¿escuela?

Burrita rescatada de la granja escuela

Burrita rescatada de la granja escuela

Si realmente queremos aprender sobre los animales, cómo son en realidad y cuáles son sus necesidades, cambiemos la visita a la granja escuela por la visita al refugio de una protectora

Esta semana se ha hecho pública la denuncia contra una granja escuela por maltrato animal.

Este lugar, en que han convivido todo tipo de animales, algunos con heridas, otros incluso moribundos, se vende con una supuesta finalidad didáctica.

¿Cómo pueden quienes muestran tanto desprecio por la vida de otros, a quienes únicamente ven como máquinas de hacer dinero, transmitir los valores de cooperación, solidaridad y respeto por el entorno que anuncian en su web?

Y al margen del maltrato explícito que se ha podido ver en esta granja, yo me cuestiono la conveniencia pedagógica en general de este tipo de centros. Y lo hago porque no encuentro lógico el mensaje que se lanza a los niños y niñas que acuden a ellos y que lo hacen porque en realidad les gustan los animales.

Por una parte se les deja interactuar con ovejas, cabras, gallinas, y otros animales, que los acaricien, que generen un pequeño vínculo de empatía hacia ellos, a la vez que se normaliza que ese ser, al que pueden tener mucho cariño, al fin y al cabo está para servirles. Es algo de quien obtener un beneficio y no alguien a quien permitir una vida propia.

En estos lugares todo es felicidad. Se asocia el ordeño y la recogida de huevos a un acto generoso por parte de quienes son explotados hacia quienes allí se encuentran.

Pero la realidad de los animales no es esa.

En la producción animal no hay libertad.

¿Qué madre renunciaría a su hijo para regalar su leche?

¿Quién estaría continuamente poniendo huevos para obsequiarnos con ellos y ser ejecutada cuando su rendimiento ya no cuadra cuentas?

Por no hablar del final de los animales que son explotados para que nos comamos sus cuerpos.

¿Acaso alguien explica qué pasa con los animales que, como ese que están acariciando, terminan en sus platos?

¿Alguien les cuenta el infierno que supone la vida en las granjas, que acaba en un viaje sin retorno?

¿Quien les dice que si vuelven al año siguiente es muy probable que Pepe, Berta, Emilio o María ya no estén? Incluso que en su cena, después de todo un día de actividades, haya un trozo de Celestino, ese cordero al que acariciaron durante la última visita?

Creo necesario que los niños y niñas conecten directamente con los animales. Que empaticen con ellos y sean capaces de darse cuenta que son seres únicos, con las mismas necesidades, no sólo fisiológicas, sino también afectivas que las suyas.

No obstante, me parece perverso el mensaje de fondo que se transmite desde estas empresas, envuelto en una felicidad inexistente. Que los animales son un objeto para nuestro propio lucro.

Sé que muchas de las personas que llevan a sus peques a estos sitios lo hacen porque de verdad les gustan los animales y sé también que es difícil cuestionarlo todo. No obstante, es un ejercicio que debemos acostumbrarnos a hacer si de verdad queremos ayudarles.

Y si realmente queremos aprender sobre los animales, cómo son en realidad y cuáles son sus verdaderas necesidades, cambiemos la visita a la granja escuela por la visita al refugio de una protectora o a un santuario.

Conoceremos a los animales como lo que ciertamente son, individuos con intereses propios. Y aprenderemos de la verdadera solidaridad, aquella que se basa en ayudar a los otros con la única finalidad de conseguir un mundo mejor, también para los animales.

 

 

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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