15 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Los profesores que señalan a niños, emblema de la ingeniería social separatista

El acoso institucional del nacionalismo es un hecho desde hace años. Que ocurra también en la escuela da cuenta de su magnitud y penetración y reclama una intervención que ahora no existe.

 

 

La denuncia de la Fiscalía a nueve profesores de un instituto catalán por señalar y humillar a alumnos, de corta edad, hijos de guardias civiles; no es un hecho aislado y responde a una manera de entender y organizar la sociedad por parte del separatismo sustentada en el acoso a todo aquel que no comparte su funesta ideología.

Repugna especialmente el abuso de un adulto a un niño siempre, máxime en el seno de una escuela donde, a la diferencia de edad y de rol, se le añade la de autoridad: los chavales fueron estigmatizados en público, humillados sin matices y colocados ante sus compañeros en una situación de indefensión que bien podría haber provocado algunos otros efectos indeseables. Y todo ello provocado por quienes tenían la misión de educarles, tutelarles e incluso iluminarles en unos tiempos tan confusos en los que los docentes, en general, tan relevantes son.

Que los maestros no hayan recibido ni un simple toque de atención de las autoridades del centro, de la Generalitat o del Estado, al menos hasta el momento; evidencia la complicidad de unas y la pasividad de otras. Como la impunidad con que convirtieron su ideología personal en una herramienta de imposición colectiva en las aulas resume la actitud institucionalizada del exceso nacionalista y la utilización de la educación, desde hace tres décadas, como pilar fundamental de la construcción de una identidad nacional ficticia que empieza por la exclusión y marginación del disidente.

30 años de ingeniería social no se desmontan en cinco minutos, pero sí se empieza a hacer en ese tiempo

En Cataluña, por mucho que el separatismo insista en su carácter pacífico apelando al comportamiento del independentista medio, el acoso es institucional y afecta a partidos rivales, dirigentes políticos opuestos, periodistas y medios ajenos a la causa, ciudadanos remisos a abrazar la Fe y, desde luego, a niños: si la mercancía más delicada de una sociedad es atacada de esta manera a veces y sometida, siempre, a una intoxicadora estrategia de Formación del Espíritu Nacional; estamos ante la evidencia más incontestable del carácter totalitario de quienes luego pretenden pasar por oprimidos demócratas que sólo reparten rosas amarillas.

Ingeniería social

Desmontar de repente tres décadas de ingeniería social perpetrada también en los colegios y esparcida en los medios de comunicación públicos es imposible y, aunque duela a veces y dé la sensación de que no se quiere, incluso indeseable. Pero no empezar a hacerlo ya, con la mayor celeridad, en los menores plazos de desintoxicación posibles y sin pedir permiso, inaceptable.

 

 

Hasta la propia Unión Europea se ha dirigido por carta a la Generalitat para denunciar la marginación del español en las aulas, contra el sentido común, las leyes y las sentencias; un hecho sin precedentes pero también definitorio del problema existente y de la displicencia con que sucesivas autoridades españolas han tratado el tema: si pensaban que al nacionalismo se le enfriaba dejándole hacer lo que quisiera, incluso en la escuela,  ya habrá aprendido que sucede lo contrario.

El soberanismo es acoso al al rival, al 'disidente', al periodista, al ciudadano y también a los niños en su escuela

La resolución del conflicto no puede seguir pasando por mirar para otro lado, pues; como la aplicación del 155 o si éste declina de las variadas leyes asaltadas por la Generalitat, no debe obviar más tiempo que la educación es clave para construir agraviados artificiales o, por contra, ciudadanos libres que piensen por sí mismos.

Poner freno

Si los hechos ocurridos en el instituto El Palau de Sant Andreu de la Barca (Barcelona) hubiesen sucedido en Madrid o Sevilla, en sentido contrario con niños señalados por docentes constitucionalistas, el escándalo hubiese sido mayúsculo y a estas alturas los profesores estarían cesados y las autoridades educativas dando explicaciones y anunciando medidas urgentes para que no se repitieran jamás.

Pero aquí son los padres de los afectados quienes están asumiendo casi en solitario la defensa de sus hijos y la denuncia del problema, aparentemente sin la asistencia política, institucional, legal y moral que merecen. Y esto, también esto, es intolerable.

 

 

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