20 de julio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Anulando la Reconciliación

Eduardo Uriarte explica por qué Sánchez impulsa un "revival" guerracivilista: una excusa para tapar su alianza con populistas y nacionalistas a la vez, que volverá si gana el 28A.

 

 

Cuando Azaña era de todos tuvo que ir a su tumba para explicar al mundo que era de los suyos, y que España tendría que haberle pedido perdón mucho antes, así como a Machado y a todo el exilio. Sánchez parece creer que estos republicanos no fueran parte de España, asumiendo la doctrina franquista de que todos los que no estaban con la dictadura eran la antiespaña.

España se tenía que pedir perdón a sí misma, como lo hizo en el Congreso del PCE por la reconciliación nacional en 1956, el Congreso de Múnich en 1962, y definitivamente en la Transición. Salvo que se crea que España sigue representado el fascismo y la reacción no tiene sentido el usarla de tal forma, y sólo para pedir perdón.

Posiblemente para Sánchez España sólo puede ser de derechas. Lo que supone no creer en la Transición, según moda en la progresía joven.

Cuando Franco estaba muerto vino a resucitarlo. No se sabía bien por qué, aunque hoy se atisba su necesidad por razones ideológicas y electorales. Sánchez necesita las dos Españas porque su acceso triunfal de nuevo a la Moncloa exige un clima ideológico, y hasta cultural, que legitime su alianza no sólo con Podemos sino con los independentistas.

Frente que podría conducirnos a la independencia de Cataluña y Euskadi, o la fórmula sostenida por el PNV, de una España confederal, antesala de futuras independencias. Ello también supondría el final de la Constitución, que para hablar hoy de ella en Cataluña tiene que ir el rey. Sánchez obvia el constitucionalismo cuando trata a sus auténticos aliados.

El señor Valls, republicano donde los haya – ¡ya era hora de que en España hubiera uno! -, habrá apreciado ya que el defecto que Sánchez padece en su concepción de la república es el creerla sólo como instrumento revolucionario.

Es de suponer que admirará la Primera y Segunda República de Francia, más por revolucionarias que por repúblicas, y que la III República, auténtico encuentro nacional-republicano no es precisamente su modelo por su virtud de concordia.

Defecto, que, por cierto, también padeció Azaña, encomiable por muchas causas, pero no por no poner en valor la III República francesa como modelo y haber favorecido en España un sistema poco inclusivo que facilitó el enfrentamiento civil, como indica Valera Ortega, nieto de otro insigne republicano, en su libro “Los Señores del Poder”.

A Sánchez le gusta la República española por revolucionaria, cuya bandera se ha convertido en la bandera antisistema, por lo que la permiten los secesionistas cuando no fue precisamente un régimen más permisivo con ellos que el actual. Y va allí a desenterrar lo que de prólogo del enfrentamiento tuvo más que a rendir homenaje a la reconciliación.

La reconstrucción del enfrentamiento, mediante ese instrumento de manipulación que es la memoria histórica, sirve para la legitimación de la aberrante situación que se ha dado, el apoyo parlamentario del presidente de un gobierno por los que quieren destruir esa nación.

Situación difícil de asumir debido a su obscenidad política, pero es cierto. Así lo explica claramente Ignacio Varela (“Cuando la Cuestión Nacional es el Campo de Batalla de la Elecciones”, El Confidencial, 25,2, 18): “Aquí ha habido dos hechos sucesivos de los que no se puede prescindir. El primero es que se produjo un golpe institucional que puso al Estado al borde del colapso. El segundo es que, desde junio del 18, el Gobierno de España ligó su subsistencia al apoyo de las fuerzas políticas que promovieron el golpe o lo respaldaron. Y todo indica que quien preside ese Gobierno se dispone a mantenerse en el poder con esos mismos apoyos. Simplemente, porque no tiene otros”.

Aunque el autor también aclara que de haber convocado elecciones después de la moción de censura que le llevó a la Moncloa los apoyos hubieran podido haber sido otros, es de temer que su proyecto fuera el que se ha dado, el frente populista-nacionalista.

Porque, y lo indica también Ignacio Valera, “desde su llegada al Gobierno, Sánchez ha transmitido la idea de que la solución del problema de Cataluña vendrá de un acuerdo de la izquierda con los nacionalistas, excluyendo de la ecuación a las fuerzas situadas a su derecha, que representan a la mitad del país”.

Es decir, nos encontramos ante un temerario estratega, un estratega para la historia, que juega con todo lo sagrado, y que cree en sus posibilidades, nada menos que sostener el gobierno de una nación en los que quieren separarse de ella (“¿Pedro, sabes lo que es una nación?”) tras las muestras de adanismo ya realizados. En palabras de Valera: “su ambición personal ha prevalecido sobre cualquier otra consideración”. A estos nos arriesgamos en los próximos comicios.

Efectivamente, ambición personal, pero, también, una concepción de la política que le lleva a una estrategia izquierdista que dinamitaría el sistema. Sánchez no sólo es ambición, también representa una progresía generacional, sumida en el infantilismo y adanismo, dispuesta a cargar contra el reciente pasado político español del que ha creado una versión difamada, donde el secesionismo, la ruptura política, y hasta ETA y su mundo, poseen unos niveles de justificación y comprensión útiles para liquidar el sistema y descabalgar a la derecha que lo sostiene.

Es muy difícil no acabar dinamitando el sistema cuando se cree que éste es de derechas. Es cierto que no todo el PSOE piensa así, pero el de Sánchez sí. Por eso, aunque tardía, era necesaria la decisión de Ciudadanos rechazando pactar con Sánchez tras las elecciones.

Al PSOE, en su campaña de camuflaje de su reciente pasado de cohabitación con secesionistas y populistas que pudiera proseguir en caso de su victoria, la opción de C’s le distorsiona su mensaje de campaña de búsqueda artificiosa del centro político, de ahí la reacción de su presidente Narbona.

Pero C’s no podía sostener la menor duda en su rechazo a una política antitética con su trayectoria contra el secesionismo y a favor del constitucionalismo, no sólo por las alianzas nacionalistas de Sánchez en el pasado, sino porque de seguir éste como presidente se volverían a dar.

Está en el ADN del personaje y de toda una generación izquierdista -como el abuso del decreto  ley por su Gobierno en funciones ante la diputación permanente del Congreso- que nada tiene que ver con el republicanismo constitucional. O el PSOE vuelve a defenestrar a Sánchez, o el PSOE sigue siendo parte fundamental del problema de la inestabilidad política que la nación padece.

En esta encrucijada política, que no olvidemos la construye Sánchez, es obvio asumir, aunque con preocupación, el encuentro de los liberales con la derecha, incluido VOX. Aunque éste, propague lo que propague los amplios altavoces izquierdistas, no ha practicado los atentados constitucionales que el presidente en funciones ha estado llevando a cabo.

En momentos electorales las cosas deben estar claras. Luego VOX será el siguiente problema, un problema surgido del izquierdismo del PSOE y la pasividad del PP, pero sin duda alguna será menor si el PSOE no vuelve al poder.

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