19 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Quim Torra y Puigdemont han perdido pese a sus discursos agresivos y golpistas

El Golpe en Cataluña fue parado y se volverá a parar, con más energía, si Torra pasa de las palabras a los hechos. El consenso entre PP, C's y PSOE es crucial y no puede tener fisuras

 

 

El discurso rupturista de Quim Torra, teledirigido por Puigdemont, y su lamentable ideología supremacista; no deben tapar algunas evidencias difícil de percibir entre tanta fanfarria pero, sin embargo, más sólidas, decisivas y pese a todo tranquilizadoras.

El nuevo presidente de la Generalitat ha sido investido sin saltarse el marco legal autonomista fijado por la Constitución; quienes no lo respetaron siguen estando en prisión o a la fuga y, a pesar de la inoportuna tensión entre los partidos constitucionalistas, el 155 sigue vigente, ha hecho su trabajo parando el Golpe democrático y se renovará, sin la menor duda, si el secesionismo vuelve a pasar de las palabras a los hechos.

Más allá de la retórica, insultante e indiciaria de unas intenciones perversas que no han desaparecido, la realidad del soberanismo es la que el propio Puigdemont reconoció en mensajes privados a Toni Comín, exconsejero de Sanidad, el pasado mes de enero: “Esto se ha terminado. Los nuestros nos han sacrificado (...) El plan de Moncloa triunfa”.

Pese a la retórica rupturista y xenófoba de Torra, el soberanismo ha perdido y lo sabe. Incluso Puigdemont lo escribió

De la combinación de la respuesta institucional, impulsada por el Gobierno y reforzada por el Senado con el acuerdo con PSOE y Ciudadanos; y la aceptación de sus efectos por el expresidente; ha derivado una paralización del desafío unilateral, una recuperación de la legalidad en Cataluña y un marco innegociable para el soberanismo que fija en el Estatut los límites de su actividad.

Y de eso se trataba. Por muy razonable que sea pedir y esperar la reversión de un proceso de construcción nacional sustentado en la segregación y el abuso de las herramientas educativas, económicas y mediáticas de la Generalitat; ni el 155 ni ningún otro recurso constitucional puede lograr en unos meses ese objetivo de desintoxicación de un veneno inoculado durante décadas: su misión era frenar un atentado democrático y eso se ha logrado.

Más 155

Mantener ese control, para el caso de que el nuevo presidente y su Gobierno repitan con infinita irresponsabilidad los pasos dados por sus precedesores desde 2012, vuelve a ser una prioridad que tampoco conviene mezclar con los planes que España debe sin duda diseñar para, una vez garantizada la jerarquía de la ley en Cataluña, controlar y enmendar las causas que han hecho creerse a al menos dos millones de catalanes el discurso supremacista, excluyente y suicida de los mismos dirigentes y partidos que a la vez, saqueaban el erario público catalán envueltos en la senyera.

 

 

Por eso es fundamental la unidad de los tres grandes partidos constitucionalistas, al que debería sumarse un cuarto, Podemos, ubicado en una falsa equidistancia que en realidad auxilia al nacionalismo más retrógrado y xenófobo de Europa. PP, PSOE y Ciudadanos deben dejar al margen cualquier diferencia e interés electoral para convertir su respuesta conjunta en un asunto de Estado sin fisuras, tal y como espera de ellos la opinión pública.

Incrementar el 155 si el nuevo Govern vuelve a las andadas debe tener las menores discusiones: una comparecencia de Rajoy, Sánchez y Rivera, si llega el caso, sería edificante

Renovar un 155 más enérgico, que incluya esta vez el control de la manipuladora TV3 y evite la utilización de la educación pública como herramienta del proselitismo más zafio, deben formar parte de un acuerdo entre Rajoy, Sánchez y Rivera en su calidad de representantes de al menos 7 de cada 10 españoles. Algo que, pese a las exageradas tensiones previas entre Ciudadanos y el PP, parece al alcance de la mano y se visualizará con sendos encuentros de Rajoy con los otros dos líderes este martes y este jueves.

Parar primer; revertir después

Garantizar el imperio de la ley no es negociable ni discutible y ese mensaje lo ha entendido el nacionalismo por la fuerza de los hechos y la acción de los distintos poderes del Estado. E incrementar esa presión en función de las decisiones del nuevo Govern, una necesidad que ha de aplicarse desde el mayor consenso y las menores discusiones posibles: una comparecencia conjunta de Rajoy, Sánchez y Rivera, si llega el caso, sería de lo más edificante.

El nacionalismo ha sido frenado y derrotado, y lo seguirá siendo si repite una hoja de ruta perversa que fue frenada en circunstancias más difícil que las actuales y con menos experiencia de la ahora acumulada. Lo que en este trayecto frentista ha generado sigue dejando una profunda huella en la sociedad catalana de compleja reversión, que convendrá curar en una segunda etapa con la misma decisión aplicada en la primera para parar la ruptura unilateral.

 

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