23 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Ya está bien de llamar ultraderecha a todo lo que no le gusta a la izquierda

 

 

De manera indistinta con el PP, Ciudadanos o hasta el menos relevante Vox; partidos políticos y medios de comunicación claramente orientados a la izquierda se empeñan en tildar a todas esas formaciones -y por tanto a los millones de seguidores que tienen- de ultraderecha.

Pablo Casado y Albert Rivera soportan esa absurda etiqueta prácticamente a diario, ora desde el independentismo catalán, ora desde altavoces como La Sexta, ora desde Podemos y el PSOE. Son estigmas que no se creen ni quienes los utilizan, pero que se esgrimen como argumento definitivo cuando, a falta de otros, se quiere esquivar cualquier debate sobre la inmigración, las cesiones al soberanismo o el gasto público.

Que Pedro Sánchez le deba el puesto de presidente a Bildu o que las televisiones paseen al exterrorista Boye sí debería indignarle a cualquiera

Obviamente Casado no es de ultraderecha cuando propone un 155 largo y contundente; como no lo es desde luego Rivera al calificar de "supremacista" la política xenófoba de Quim Torra. Y ni siquiera lo es Santiago Abascal cuando, con mayor o menor tino pero con todo el derecho, propone sustituir la Ley de Violencia de Género por una Ley de Familia.

Miren a Francia

Son todas propuestas que se pueden compartir, ignorar, mejorar o criticar; pero que en todos los casos pertenecen al ámbito del debate público en una democracia madura. Y cuando se obvian o desechan, fruto del temor precisamente a ser etiquetado, es cuando de verdad surge la ultraderecha: sólo hay que mirar a Francia para entender que, cuando la política tradicional no aborda preocupaciones existentes en la calle, lo hace el populismo en cualquiera de sus variantes ideológicas auténticamente extremas.

Lo que estimula la extrema derecha es ocultar debates que hay en la calle y al final canaliza el populismo de cualquier signo

En el caso de España, la facilidad con que se desprecia a todo aquello que no entra en un canon ideológico predeterminado es especialmente lamentable. Porque procede de los mismos círculos políticos y mediáticos que no se escandalizan ante dirigentes, partidos o personajes cuyas trayectorias sí merecerían un oprobio transversal y de todos.

Que Pedro Sánchez le deba el puesto de presidente a Bildu o que las televisiones paseen al siniestro exterrorista Gonzalo Boye, ahora reconvertido en abogado de Puigdemont; sí debería abochornarle e indignarle a cualquiera. Pero no lo hace, al menos a todo ese conglomerado ideológico que sí se lleva las manos a la cabeza porque Casado o Rivera no traguen con su maniqueísmo ni acepten su empobrecedora y cainita visión de la España actual.

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