La colonización cristiana del territorio valenciano: características generales

La nueva población cristiana debía asentarse de forma ordenada y debían convivir con una importante y numerosa comunidad musulmana

Hemos considerado oportuno dedicar una serie de artículos a la colonización del territorio valenciano tras la conquista de Jaime I para cumplir con un doble objetivo. Por un lado, ofrecer una síntesis que permita al lector comprender mejor la complejidad de esta cuestión. Y, por la otra, desde estos conocimientos mínimos, prevenirle sobre las habituales polémicas que la rodean. Estos debates, lejos de ser enriquecedores, a menudo no tienen rigor ni interés histórico alguno. En el fondo, lo que realmente se discute son otros temas desde un punto de vista actual y totalmente parcial.

La colonización cristiana del territorio valenciano presenta una serie de características particulares que la diferencian de otros procesos similares, como el acaecido en las Baleares o en el valle del Guadalquivir. Constituye, sin duda, un proceso interesante y a la vez, difícil de estudiar dada la escasez de fuentes y de naturaleza preestadística.

Además, debe tenerse en cuenta el corto período de tiempo que abarcó la campaña de conquista: entre la toma de Morella (1231/32) a la de Biar (1245) tan solo transcurrieron trece años. Esta circunstancia dificulta el seguimiento del origen de los colonos, ya que en lugar de ir asentándose conforme la frontera avanzaba progresivamente, los movimientos de población hacia el sur se produjeron al mismo tiempo que el rápido avance cristiano.

Los colonos no llegaban a un territorio yermo. Hemos visto en los artículos anteriores como Jaime I se inclinó más por la negociación y el pacto que por los asaltos y los saqueos. Los acuerdos que suscribió el rey con numerosas poblaciones musulmanas permitió que muchos lugares quedasen prácticamente intactos, desde casas a campos. Por lo tanto, la nueva población cristiana debía asentarse de forma ordenada y debían convivir con una importante y numerosa comunidad musulmana.

El flujo migratorio se concentró especialmente en los núcleos urbanos ya existentes. El rey tenía un especial interés en asegurarse de que las principales villas y ciudades del reino recién conquistado permaneciesen bajo su control. Posteriormente se fundarían nuevas poblaciones, siendo ejemplo paradigmático de ello el caso de Vila-real.

La propia amplitud del territorio conquistado imposibilitó que este pudiera ser colonizado en un período breve de tiempo. Hasta el año 1245 la migración cristiana fue muy inestable. Muchos de los nuevos colonos realmente habían llegado para combatir y obtener botín o las gracias espirituales prometidas por las bulas papales, pero su vida y sus propiedades estaban en sus tierras de origen. Una vez terminada la campaña de conquista, las nuevas oleadas de colonos, tras vender sus propiedades en sus lugares de origen, llegaron con mayor posibilidad de compra y disposición para quedarse efectivamente en el territorio.

Atraídos por una variedad muy amplia de motivos (una presión fiscal inferior, la posibilidad de obtener tierras) al reino recién conquistado llegaron gentes de muchos lugares: occitanos, castellanos, navarros, etc. Los más numerosos fueron, por razones evidentes, los aragoneses y los catalanes. Del mismo modo, vino gente de todo tipo: clérigos, caballeros, artesanos, mercaderes, campesinos, etc.

La sociedad resultante no fue homogénea. En cada población hubo una proporción diferente entre los distintos orígenes de los colonos. Hubo desde el inicio ricos y pobres. De hecho, a pesar de los esfuerzos del rey, llegaron colonos no como propietarios sino como cultivadores.

El lote típico de tierra estaba compuesto por 3 jovades (9 ha), pero grandes propiedades acabaron por concentrarse en pocas manos. La dinámica del mercado de la tierra generaba estas diferencias y la propia repartición real distinguía entre categorías distintas de colonos.

Por ejemplo, los que combatían a caballo recibieron más. Aunque se establecieron condiciones que limitaban las transacciones de propiedades con el fin de que los colonos residieran en ellas de forma efectiva, fueron vulneradas frecuentemente. Además de las ventas ilegales, el absentismo de los verdaderos propietarios o las revueltas mudéjares facilitaron las apropiaciones ilegítimas de tierras.

El rey intentaría dirigir todo este proceso colonizador y acabaría fracasando en ello. El territorio conquistado era muy amplio, tenía muchos otros asuntos que atender y el número de oficiales con el cual podía contar era muy escaso.

No debe olvidarse el enorme poder que representaban los señores  especialmente en la parte meridional por la distancia respecto a los centros de decisión y su condición de frontera.  Sin embargo, la colonización cristiana en sí misma fue todo un éxito: a principios del siglo XIV la proporción entre mudéjares y cristianos, tan descompensada a mediados del XIII a favor de los primeros, se había equilibrado.

La nueva sociedad impuso no solo su religión, sino también su modo de vida y una organización económica diferente. Cambió tanto el paisaje urbano como el rural. No obstante, los musulmanes no constituyeron un mundo aparte y aislado en sí mismo.

Después de todo, durante décadas siguieron siendo la mayoría en términos numéricos y participaron también en el proceso colonizador, con traslados de población mudéjar de un punto a otro, sobre todo debido a las rebeliones. Inevitablemente la sociedad cristiana integró elementos de esta numerosa comunidad. La influencia de esta cultura en la gastronomía, agricultura y en la lengua valenciana son buenos testimonios de ello.

 

*Doctor en Historia-UV. Dottore di ricerca-UniCa

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