18 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La violencia impune en Cataluña retrata a Pedro Sánchez y a su Gobierno

El independentismo más montaraz no puede seguir coaccionando a Cataluña. Y Marlaska no puede seguir mirando para otro lado como si fuera inevitable padecer esta vergüenza.

 

 

Cataluña lleva dos días soportando una ola de violencia, boicot y coacciones a la ciudadanía que en nada tienen que ver con la legítima protesta inherente a un Estado de Derecho. Anular cien vuelos, cortar carreteras, estaciones de tren, autovías y aeropuertos, de forma agresiva y en todo caso ilegal, no se justifica apelando a nada.

Y menos al carácter supuestamente represivo de una sentencia, la del Tribunal Supremo sobre el procés, que además de intachable jurídicamente es benévola con los ya condenados. La buena noticia es que los violentos son una ínfima proporción de los catalanes, e incluso de los independentistas. Y la mala, muy mala, es que actúan con impunidad.

La que les concede la Generalitat es previsible: Quim Torra se comporta siempre como el jefe de los CDR, a los que estimula e incentiva de manera escandalosa sin que haya una respuesta judicial a la altura de su irresponsabilidad. Pero no lo es tanto la del Gobierno de Sánchez, que hasta ahora ha fracasado con estrépito en la respuesta policial al desafío de estos bárbaros.

Marlaska es más duro contra PP, Cs y Vox que contra el separatismo más violento. Y eso es intolerable

No es sencillo, desde luego. Y el problema no ha comenzado con el PSOE. Pero es a éste a quien toca gestionarlo, a través de un ministro, Marlaska, que ha sido más duro y beligerante contra Ciudadanos por acudir al día del Orgullo Gay o contra el PP, Cs y Vox por concentrarse pacíficamente en la plaza de Colón que, desde luego, contra el independentismo más salvaje.

Hay que actuar

La proporcionalidad de la respuesta se define por la magnitud del ataque, y en el caso de Cataluña es inmenso y tiene firma: la de los CDR y la de su nueva versión, ese vergonzante "Tsunami democrático" que lo dice todo de su desquiciamiento solo con el nombre. Y también el de quienes les auspician, protegen y relanzan.

No actuar, por delicado que sea, equivale a condenar a la indefensión a millones de ciudadanos que no comparten tantos excesos y sin embargo pagan las consecuencias. Algo que, sin esta violencia, ya sufren desde hace años en su día a día, en un ecosistema viciado por las imposiciones legales y sociales de un nacionalismo perverso que, simplemente, trata de enemigo a todo aquel que no comulga con sus desvaríos. Un país decente no puede seguir abandonándoles.

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