06 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El abrazo de fracaso de Sánchez: así tendrá que gobernar un infierno de siglas

Del bloqueo y la repetición electoral a la sopa de siglas, de socios y de peajes. El Gobierno de Sánchez arrancaría en el peor momento de España con los pilares menos sólidos.

 

 

Si el poder es el mejor de los pegamentos para unir a una organización política, ¿tienen las desilusiones el efecto contrario? Casi siempre la respuesta es que sí. Así que los socialistas se aferran a Pedro Sánchez como a un gigantesco clavo ardiendo, tras dejarse casi 800.000 votos, tres escaños en el Congreso y la mayoría absoluta en el Senado.

Al darse de bruces con un endiablado escenario post-electoral, la promesa de un Gobierno estable ha virado a la de tener Gobierno pronto. Las urnas, lejos de avalar el bipartidismo, han dado lugar al Congreso de los Diputados más fragmentado y complejo de gestionar de nuestra historia, con ocho grupos parlamentarios (PSOE, PP, Vox, Unidas Podemos, ERC, Cs, PNV y EH Bildu) y un Grupo Mixto de ocho siglas, integradas a su vez por doce formaciones.

En esa plaza debe torear Sánchez. En su mismo entorno vaticinan una legislatura corta con un panorama económico “horribilis” por delante.

El presidente ya se ha olvidado, ¡qué remedio!, de conformar un Ejecutivo monocolor, sólido, que fuese capaz de implantar en solitario políticas progresistas de calado, una gestión que le permitiese ensanchar la hegemonía socialista en un ciclo largo de 8 años.

 

“Hay que ser capaz de adaptarse a la nueva realidad”, han apuntado voces exculpatorias próximas a Sánchez. Pero en privado afloran las críticas, incluso desde Ferraz, hacia la estrategia seguida por La Moncloa en esta segunda vuelta. Nada ha salido según las previsiones, y la “mayoría cautelosa”, tan buscada especialmente por el jefe de gabinete del presidente, Iván Redondo, hoy señalado con el dedo acusador, les dio esquinazo.

Los desahogos, claro, se centran en el asesor áulico. El crédito de Redondo ha quedado seriamente erosionado. El error de abordar la campaña desde la centralidad, en la inútil intentona de lanzar una OPA a los descontentos con Albert Rivera (ya fuera de escena), hizo descuidar el flanco izquierdo, tal y como alertaron desde el cuartel general socialista.

Hasta que sólo en el tiempo de descuento, sin capacidad de insuflar entusiasmo en el “electorado fronterizo”, se imprimió un giro para reducirlo todo a la demonización de Santiago Abascal.

 

 

El abatimiento interno es la tónica general, al menos de puertas para adentro. No es para menos. El planteamiento de embarcarse en una coalición con Pablo Iglesias para alcanzar la investidura junto a Unidas Podemos, Más País, PNV y regionalistas minoritarios, con la necesaria colaboración de ERC, se antoja para muchos como “una vía muerta”.

Cercanos al líder del PSOE han llegado a conceder al plan el calificativo de “la banda”, uno de los dardos usados por el ya dimisionario líder de Cs contra Sánchez, y ahora en boca de algunos gerifaltes del socialismo. Pero la absoluta prioridad para el líder socialista es dejar atrás la etiqueta “en funciones”. “Esto sale y ahora es más fácil la gobernabilidad”, ha llegado a trasladar un presuntuoso Sánchez a su equipo. ¡Con todo lo que dijo contra la fórmula del cogobierno!

Consciente de su debilidad, el alto mando del Partido Socialista va haciéndose a la idea de compartir los sillones del Consejo de Ministros con Iglesias y su gente, y además con un respaldo parlamentario más menguado que en abril. Son los mismos que carraspean -“ejem, ejem”- antes de preguntarse por el sentido del viaje que ha finalizado regresando al mismo sitio en peores condiciones. Por eso mismo, las palmadas del abrazo de Iglesias a Sánchez en su comparecencia conjunta en el Congreso este martes sonaban, más que nada, a fracaso. 

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