21 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Sánchez, atrapado por los hechos y sus mensajes previos sobre regeneración

Los hechos son sagrados y en este caso no admiten dudas: el presidente logró el doctorado con ayuda, cuando menos. La consecuencia de ello puede ser definitiva.

 

 

Que Pedro Sánchez plagió sus tesis doctoral no es una hipótesis de trabajo tan razonable de sostener como la contraria, en una pugna de creencias igual de válidas y adaptables a la opinión personal de cada uno. Es un hecho, incontestable y rotundo, como prueba la prolija documentación publicada por Abc y Okdiario.

Ambas cabeceras cotejan con precisión cómo Sánchez -o alguien en su nombre-  redactó su tesis con retales de documentación ajena, artículos previos con distintos autores e informes oficiales, presentando el trabajo como algo propio y original para, además, utilizarlo a continuación como un libro-ensayo escrito al alimón con otro autor, a más inri empleado de un ministerio encabezado por el socialista Miguel Sebastián, que ha reconocido en público haber ayudado a su compañero a cubrir esa tarea.

No es discutible que Sánchez obtuvo el doctorado en un tribunal generoso y con un trabajo con ayuda externa

Por si fuera poco, el tribunal que le dio la certificación de doctor, con una calificación de cum laude, estuvo compuesto por personas relacionadas con el beneficiario, escribieron artículos con él y se aprovecharon del carácter privado de la universidad elegida por Sánchez -dirigida por un rector socialista, Rafael Cortés Elvira- para rebajar la exigencia que sí existe en la pública para conceder un doctorado.

Nada de esto es opinable. Son hechos, incuestionables, que explican probablemente la resistencia del actual presidente del Gobierno a permitir el libre acceso a su trabajo por vías digitales, vetado hasta el último momento pese a que todos los doctores de España buscan la libre difusión de sus trabajos y se enorgullecen de ello.

Se aprovechó

Es decir, el presidente del Gobierno logró un doctorado en una universidad que previamente le había contratado como  profesor; con una tesis llena de refritos y plagios; gracias a un tribunal con personas muy próximas y eligiendo el más laxo camino posible para obtener todos los beneficios que a otros aspirantes les cuesta años de trabajo, investigación y feroz competencia académica.

 

 

Que en ese contexto Sánchez se permita negar las evidencias y presionar a los medios que han desvelado la realidad de su expediente académico, es lamentable. Que falsee la realidad en sede parlamentaria, ataque agresivamente a quienes institucionalmente tienen obligación de controlarle y encima se haga la víctima, es además gravísimo.

Lo sería en cualquier presidente, pero especialmente en uno que apeló a la supuesta ejemplaridad que él encarnaba para justificar su abordaje de La Moncloa, sin los votos de los ciudadanos y con un pacto vergonzante con los independentistas. Todo eso reclamó olvidar, pese a ser la base de la democracia y poner en riesgo la estabilidad constitucional del país, para garantizar lo que consideraba un bien mayor: recuperar la higiene de la vida pública.

El cazador cazado

Que una parte de ese discurso lo edificara sobre la denuncia de casos como el de Cifuentes, le añade a la impostura unas dosis elevadas de un cinismo casi sobrecogedor.

Y eso también queda pisoteado por lo que hizo para mejorar su currículo académico y, desde ahí, labrarse una carrera política muy ligada a ese perfil universitario. Si todos los presidentes han de ser ejemplares, Sánchez debe serlo especialmente: ésa fue la bandera que ondeó para llegar a la presidencia, por un atajo deplorable, y no puede esperar que ahora nadie sea indulgente con sus constatados problemas académicos. Los mismos que le costaron el puesto a Cristina Cifuentes y a Carmen Montón.

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