Pintando emociones en el mapa de la guerra

Los mapas militares ya no son como los de antes. Van cambiando en tiempo real y dan información no sólo del campo de batalla: el aspecto físico -siendo importante- ya no marca las guerras

El mapa del tesoro. ¿Quién no lo ha pintado alguna vez de niño? Una isla casi siempre con forma de calavera, unas palmeras que se cruzan y unas huellas que acaban en una gran roca. Sí, ahí tiene que ser donde se esconde el preciado botín.

Puede parecer ser demasiado sencillo, pero hasta la II Guerra Mundial los mapas militares eran así de simples. El aspecto físico lo era todo. Como mucho, unas marcas azules para señalar las posiciones amigas y rojas para las enemigas; poco más.

Pasaron los años y llegaron nuevas guerras; conflictos en los que las tropas sobre el terreno necesitaban mayor coordinación con los barcos y aviones, así que cada ejército dejó de pintar “su” mapa para usar todos el mismo.

Las posiciones de la infantería no aparecían ya en los pasillos aéreos, y las caídas de proyectiles se reflejaban en la misma cartografía con independencia de si eran lanzadas por un cañón terrestre, un bombardero de aviación o una cañonera de la armada.

A finales del siglo XX esos mapas estáticos ya no servían, ni siquiera para los generales de las fuerzas de a pie. La velocidad con la que se movían las unidades militares acabó con los planos de papel.

Los avances tecnológicos sirvieron, también, para que diversos ejércitos (aliados, claro) pudieran compartir información mientras combatían juntos. En la Alianza Atlántica, a aquel concepto lo llamaron Common Operational Picture (COP),  una “foto” común de la operación militar.

La OTAN ha avanzado mucho en ese campo en los últimos años y se ha planteado un reto a corto plazo: integrar en esa fotografía, en esa COP, una información que hasta ahora no se representaba en los mapas: el aspecto ciber de la guerra. Sí, una “Cyber COP” en inglés.

¿En qué consiste? Pues en sumar a ese campo de batalla único e integrado, las amenazas y ataques que pueden llegar desde el ciberespacio. ¿O acaso no es más fácil dejar inoperativo un Puesto de Mando enemigo introduciendo un virus en sus sistemas informáticos que disparándole un misil?

Para orgullo de Valencia, y según publicó el Boletín Oficial del Estado en diciembre de 2018, uno de esos proyectos de Ciber COP (CY-COP en su acrónimo en inglés) se está impulsando desde la Universidad Politécnica de Valencia en colaboración con el Ministerio de Defensa.

Costará más tiempo o menos, pero se está ya en el camino. Pronto, en distintas pantallas de distintos vehículos de los distintos países aliados, se verá un único campo de batalla.

Un avión F-18 español disparará un misil guiado por un drón holandés. A esa acción, le dará cobertura un buque británico y un equipo de cibervigilancia francés se asegurará de que ningún virus infecta las redes de comunicaciones aliadas desviando la trayectoria del disparo.

Y todos, el piloto español, el militar holandés, el marino de Gran Bretaña y el ciberguerrero de Francia ejecutarán la operación militar con la misma COP.

Decíamos, y es verdad, que la OTAN ha avanzado mucho. Ya, pero ¿ha avanzado lo suficiente? Seguramente le queda un paso que dar para poder representar algo que hasta ahora los sensores militares no han conseguido captar: la información de qué sienten los combatientes y cómo afecta a la operación militar.

En los conflictos asimétricos, la opinión pública será un arma más. El apoyo de la población civil a las operaciones militares, el tener –o no– esa “moral de victoria” será decisiva

Digo más: no sólo a los combatientes. En los conflictos asimétricos, la opinión pública será un arma más. El apoyo de la población civil a las operaciones militares, el tener –o no– esa “moral de victoria” será decisiva. Si queremos que la COP refleje todo lo que influye en un campo de batalla, habrá que pintar también las emociones de la gente.

Y así habremos pasado de esa COP 2.0 (incluyendo los aspectos del ciberespacio) a una COP 3.0, donde veremos cómo en cada ciudad o en cada barrio, la voluntad de vencer crece o mengua.

Los mapas militares ya no se parecerán al de la Isla del Tesoro, más bien serán como el plano de la Tierra de Oz: reinos de emociones, países de miedos y pueblos de esperanza.

Si alguien cree que las operaciones militares se pueden planear y conducir con un frío mapa físico está completamente equivocado. Se necesita pintar las emociones de quienes comparten el campo de batalla.

El camino de baldosas amarillas a veces no es fácil de seguir, lo importante es encontrarlo. En las guerras del siglo XXI, quien entienda antes y mejor los sentimientos de sus ejércitos y sociedades, ya llevará la mitad del camino andado.

*Experto en Seguridad y Geoestrategia.

 

 

 

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