Larga vida al régimen del 78

Dos generaciones de españoles han vivido bajo el paraguas constitucional y dan por hechos los derechos y libertades que disfrutan, pero sin valorar lo que costó conseguirlos

El tiempo otorga perspectiva y permite poner las cosas en su sitio. El ahora tan denigrado por Podemos y los nacionalistas catalanes ´Régimen del 78´, fue un momento trascendental de la historia de España, que sólo la generosidad de las diferentes partes implicadas convirtió en un modelo de transición democrática exitosa para todo el mundo. Baste con recordar que el suicidio de las cortes franquistas, al aprobar la Ley para la Reforma Política, sigue siendo un caso verdaderamente singular.

 El reciente encuentro entre los dos antiguos y con mayor tiempo de permanencia en el cargo, presidentes del gobierno, Felipe González y José María Aznar, ha servido para reivindicar una Constitución que nació del consenso, con sus virtudes y sus defectos, pero que ha servido para dotar a España del periodo de democracia real más largo de su historia.

Por desgracia la memoria puede ser muy corta. Cuando se celebraba el 20 aniversario de la Constitución, ésta parecía gozar de una salud de hierro: La Guerra Civil no se empleaba de arma arrojadiza ni partidista, los nacionalistas parecían cómodos y razonables dentro del estado autonómico y todavía estaba fresco el recuerdo de qué pasaba antes del 78 y cómo habían cambiado las cosas después.

 Hoy, el 78 queda muy atrás, dos generaciones de españoles han vivido bajo el paraguas constitucional y dan por hechos los derechos y libertades de que disfrutan, pero sin valorar lo que costó conseguirlos y las cesiones mutuas que debieron realizar todos. Así, resulta muy sencillo desde la cómoda atalaya del activista de sofá, elevar las exigencias morales hasta unos niveles ideales de pureza que poco o nada tienen que ver con la vida real..

 Aznar y González tuvieron sus diferencias, pero nunca rompieron las reglas del juego. Eran y siguen siendo conscientes que la democracia consiste precisamente en eso: el mantenimiento de las reglas del juego con independencia de quien gobierne. Los gobiernos pasan, sólo el Estado permanece. Cierto es que discrepan en relación a la posible reforma de la Constitución, pero desde el respeto al estado de derecho y un frente común antes cualquier iniciativa unilateral por parte de los nacionalistas.

Llegar a acuerdos es el principio básico de la democracia y, como señalaba Felipe González, las dificultades para ponerse de acuerdo antes no eran menores, sino mayores. La eclosión de siglas a finales de los 70 sobrepasó las 400, si bien muchos eran partidos sin ningún recorrido y puramente anecdóticos. El mal llamado bipartidismo español no surgió por falta de competencia, sino porque, al igual que en la mayoría de regímenes democráticos del mundo, lo normal es que los partidos con opciones reales de alcanzar el poder sean dos, con la ayuda de un tercero que ejerza de partido bisagra en ocasiones.

 Ambos expresidentes coincidieron en señalar también la visión cortoplacista y carente de estrategia de los actuales líderes políticos. Lanzar propuestas y tomar decisiones precipitadas y poco meditadas para contentar y lograr el apoyo puntual de unos socios cuya lealtad genera dudas más que razonables, sólo puede ir en detrimento de la ciudadanía y de la estabilidad del estado.

Pone los pelos como escarpias la ocurrencia de restringir los aforamientos, entendiendo que sólo deben cubrir las opiniones emitidas en el ejercicio del cargo, dejando vacío de contenido la razón de ser del aforamiento, aunque peor resulta colar reformas que impiden el trabajo del senado como cámara de reflexión, sólo porque no se tiene mayoría en ella. En lugar de intentar la búsqueda del consenso, que implicará normalmente cesiones mutuas, se da este por imposible y se recurre a las trampas.

 Altura de miras, grandes acuerdos con la oposición y visión a largo plazo, recordando de donde partimos, es lo que necesitamos, no ideas de bombero.

*Politólogo y abogado.

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