No me gusta Marlaska

Fernando Grande-Marlaska, Ministro del Interior

Fernando Grande-Marlaska, Ministro del Interior

Más de media docena de amigos míos han terminado sangrando en el suelo, muertos por la criminal actividad etarra. Yo escapé de milagro.

El título del artículo es mentira. Los escritores en general, y los novelistas en particular, somos grandes mentirosos. No me quiero tirar faroles y dármelas de novelista consagrado pero, mi gran amigo Fernando Schwartz, en el prólogo de mi última novela “En la cuerda floja. Narcotráfico en Mallorca”-me aprovecharé de ESdiario y hablaré de ella en un par de semanas-, afirma: “hace unos cuantos años conocí a Manuel y enseguida supe que estaba ante  novelista”. Me inflé como un pavo al leer esas líneas, por eso me atrevo a llamarme novelista y mentiroso que es prácticamente lo mismo.


El título “No me gusta Marlaska” es una mentira piadosa, un cebo para que lean este artículo y se enganchen a él. Si hubiera puesto: Estudio sobre el tratamiento penal de los que delinquen contra la seguridad del Estado, nadie, salvo un par de despistados, habría pasado de la primera línea.

No conozco a Marlaska. No lo he visto en mi vida ni he hablado con él. Los ministros con los que trabajé y conocía bien– Belloch y Asunción- eran de otra época, no muy distante.

Mis lectores habituales saben que ando metido en una saga que pretende desmontar la teoría del señor Casado: “La monarquía lleva garantizando nuestra continuidad histórica los últimos cinco siglos”. En los artículos monárquicos he repasado – brevísimamente, porque cada monarca necesitaría un par del libros- el inicio de lo que se empezó a llamar España con la dinastía Trastámara y la dinastía Austria que surgió tras el matrimonio de Juana de Castilla – la loca- con Felipe el Hermoso.

Extinguida esa dinastía con Carlos II -el Hechizado, porque había que echarle la culpa a brujas y encantamientos de lo que era solo fruto de matrimonios consanguíneos repetidos- empezaron los Borbones. Los pospongo una semana porque estoy hasta los moños -no llevo moño, no tengo tan mal gusto-, de leer y oír los análisis que la derecha montaraz y aprovechada hace aún hoy día del asunto etarra.

Los etarras – terroristas sanguinarios, no crean que tengo síndrome de Estocolmo- mataron por última vez en Mallorca, en Palmanova. Una bomba lapa acabó con la vida de dos chavales, guardias civiles, a uno de los cuales conocía porque andaba alguna vez con los Bribones Bikers, grupo de moteros inofensivos del que me honré en ser miembro todo el tiempo que estuve destinado como director en aquella cárcel isleña y en el que coincidimos. Más de media docena de amigos míos han terminado sangrando en el suelo, muertos por la criminal actividad etarra. Yo escapé de milagro. Mi simpatía hacia la banda es cero. No nos confundamos.

Los etarras mataron por última vez en Julio de 2009. El 20 de octubre de 2011, hace nueve años cuando escribo esto –mientras escucho la patochada propagandística de Abascal-, cuando llevaban un par de lustros en procedimiento de desguace, con toda la solemnidad posible, anunciaron el cese definitivo de sus actividades terroristas. Usaron su lenguaje edulcorado - “confrontación armada”, “cese de la lucha”- omitiendo el término terrorismo porque, de los más de setecientos etarras que he conocido cara a cara, ni uno solo se consideraba terrorista, todos luchadores por la libertad de un pueblo oprimido – ellos- por otro más poderoso – nosotros-.

En abril de 2018, tras declararse una organización desarmada, ETA anuncia su disolución. Deja de existir según sus propias palabras.

Ahora, cuando se ha producido lo que soñábamos quienes anduvimos años con escolta, escondiendo a los niños, mirando debajo del coche cuando había que moverlo, ocultando itinerarios y viviendo a salto de mata. – Tener escolta solo les gusta a los gilipollas que quieren sacar pecho ante el vecindario porque un coche los recoja en la puerta y no tengan que andar estrujados en el autobús o buscando aparcamiento.

Yo pedía por escrito a Margarita Robles que me liberara de ese coñazo y le dejé claro que ya me defendería de lo que viniera-. Ahora que los viejos etarras han entrado por el aro y cumplen lo que les pedimos durante años: dejad de pegar tiros y defender los postulados que queráis en las instituciones – ese era el mensaje que personalmente transmití a esos setecientos etarras, de cuyos nombres y caras me acuerdo. Ojalá todo me funcionara como la memoria-.

¿De dónde se sacan los periodistas legos en derecho penitenciario que un traslado, un permiso, una progresión de grado o una libertad condicional, son un beneficio penitenciario?

Ahora llegan unos grupos de derechas, uniformados como grupos de presión y sueltan reiteradamente: Marlaska acerca a asesinos, los más crueles. El ministerio del interior beneficia a un centenar de etarras.

No conozco a Marlaska y no me cae ni bien ni mal. No me gustan muchas políticas de este gobierno –centros de salud que no cogen el teléfono, debacle económica, el SEPE que no atiende a los parados ni da cita previa ni hostias en conserva, etc…- pero lo de beneficios penitenciarios a los etarras es mentira.

Me explico: El principal beneficio penitenciario existente en España, inventado por Franco y gestionado por el Patronato de Nuestra Señora de la Merced – noten el nombre piadoso  eclesiástico- fue la redención de penas por el trabajo. Ese beneficio, con el paso de los años, se convirtió en un cachondeo. Se redimía por no hacer nada y si hacías algo redimías el doble.

Aún espero – la Audiencia Nacional me toreó cuando denuncié y me dijo que no me podía decir nada porque yo “no era parte en el procedimiento”- que alguien contesté cómo y por qué, solicitado por quién y aprobado por qué órgano jurisdiccional, se hartó de redimir Iñaqui de Juana Chaos, que no trabajó en su vida y que acumulaba faltas – legalmente impedían la redención- como para parar un carro.

La redención de penas, degradada y convertida en pitorreo general fue abolida por Juan Alberto Belloch en el código del 95. ¿De dónde se sacan los periodistas legos en derecho penitenciario que un traslado, un permiso, una progresión de grado o una libertad condicional, son un beneficio penitenciario? Todo, así lo recoge la legislación actual aprobada cuando Marlaska hacía el bachillerato, son instrumentos del tratamiento que hay que facilitar por cojones. Perdón, para cumplir el mandato constitucional de reinsertar a los penados.

Aquí, quien más quien menos, por un sillón, un coche oficial, una escolta y un sueldazo, vende su alma al diablo.

¿En qué código pone que a los etarras hay que hacerles sufrir durante el cumplimiento de sus penas por muy repulsivos que nos resulten? ¿Dónde que tienen que cumplir a mil kilómetros de su lugar de origen? La dispersión la diseñó Antonio Asunción – con un magnífico funcionario, Juan Antonio  Marín, que sabe más de etarras que todos los políticos juntos- y la ejecutó un servidor en primera persona durante unos cuantos años. Eso me costó odios que aún perduran. La dispersión era un arma para luchar contra la banda, no una manera de añadir aflicción al cumplimiento de condenas impuestas por delitos abominables. La banda no existe. No hay que pelear ya contra ella. La dispersión no tiene sentido hoy.

Cosa bien distinta es hacer frente a las responsabilidades que cada uno, por sus actos, tenga que afrontar. De sobra sé que cualquiera- yo también- a quien le maten un hijo o un hermano, quiere ver muerto al asesino, pero esa no es la ley. Aquí – ni en todo el occidente civilizado- no impera la “sharía” ni la Ley de Talión.

El PNV, que siempre ha tenido una ventanilla permanentemente abierta al mundo etarra, lleva desde que recuerdo, pidiendo las competencias penitenciarias. Ese marrón lo quieren solo para gestionar el paso de página con la banda etarra. Sánchez e Iglesias se lo van a dar porque necesitan su voto para los presupuestos. Lo mismo que Aznar, que necesitaba a Arzallus entonces, suavizó la dispersión sacando a los etarras de las cárceles de las islas y de Ceuta y Melilla y los llamó Movimiento de Liberación Nacional Vasco. Aquí, quien más quien menos, por un sillón, un coche oficial, una escolta y un sueldazo, vende su alma al diablo. Miren la maldita hemeroteca y comprueben lo que digo.

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