Pedro Sánchez: victoria por agotamiento

Casi nada sorprende ya en política española. Sólo una gran coalición PSOE-PP, emulando la CDU-SPD alemana, podría hacerme enarcar las cejas; no pasará.

Aguantar en política es una virtud, sobre todo cuando uno es consciente del desgaste de sus potenciales adversarios y, casi más importante, de los aliados, a los que a la larga encontrará en posición más débil para negociar los términos de un eventual apoyo.

A la luz de estas premisas, Pedro Sánchez es un virtuoso que, sin haber sido capaz de aprobar unos presupuestos y, por tanto, ejecutar un programa de gobierno propio, ha conseguido salir reforzado de las elecciones.

Sin demostrar nada, a parte de la afición a aprobar decretos leyes, práctica que tanto criticó de sus predecesores, pero en la cual adquirió notable fluidez, ha recuperado votos socialistas que habían pasado en algún momento a Podemos; votantes que, espantados por la deriva personalista del residente de Galapagar, más preocupado por la escenificación que por la gestión, han preferido volver a un proyecto que consideran más centrado y con los pies en el suelo.

Otro factor que ha contribuido, inédito hasta el momento en España, es la aparición de un partido que ocupe el espacio político del Frente Nacional francés, y nuestro sistema electoral, que penaliza a los partidos nacionales de apoyo difuso y, en general, a todos aquellos que no tienen bien concentrado su voto, terminaron de dar la puntilla a sus principales competidores desde el centro-derecha.

Tampoco escapa al escrutinio público la inmensa ayuda del CIS, cuyas encuestas sobre intención de voto aúpan de modo reiterado al PSOE. Si bien toca reconocer que acertaron en lo relativo a las anteriores elecciones, quizá el 40% de voto directo que le atribuyen en la publicada esta semana, sea algo excesivo.

En ciencia política, la cocina de las encuestas es importante, puesto que los datos en bruto pueden desviarse notablemente de la realidad si no se introducen factores correctores, como el clásico recuerdo de voto, la simpatía respecto a los diferentes partidos y la posición ideológica. La encuesta del CIS parte ya de una sobrerrepresentación en la muestra de votantes socialistas, que casi por sí misma explica los resultados ofrecidos al público.

La caída de Podemos y Vox en caso de celebrarse nuevas elecciones parece clara, lo que no queda tan claro es si PP y Ciudadanos sufrirán la misma suerte. El voto de castigo que pudo beneficiar a Vox hace poco, puede volver al PP, así como votantes que se abstuvieron. Ciudadanos, salvo que Albert Rivera acabe de centrarse, puede también ver mermada su capacidad de atraer nuevos votantes y retener los adquiridos.

Sánchez actúa como estratega no tanto para vencer a la derecha, como para debilitar a sus competidores de izquierda y obligarles a aceptar, incluso sin ir a nuevas elecciones, las condiciones que desea.

Iglesias, aunque lo intente ocultar tras su habitual labia, sabe que una nueva convocatoria acabará de enviar a Podemos a la irrelevancia. Además, las letras del chalet de Galapagar no se pagan solas.

Casi nada sorprende ya en política española. Sólo una gran coalición PSOE-PP, emulando la CDU-SPD alemana, podría hacerme enarcar las cejas; no pasará.

*Abogado y politólogo.

 

 

 

 

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