15 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El ataque a Marta Sánchez, símbolo del odio a España del nacionalpopulismo

Los insultos y ataques a la artista por poner letra al Himno son una excusa para, una vez más, atacar a la propia idea de España. Una abrumadora mayoría de españoles ya está harta de ello.

 

 

Son incontables los casos de artistas en todo el mundo que han interpretado y reinterpretado el himno de sus países, entre el fervor o cuando menos el respeto de sus compatriotas, conscientes del simbolismo del momento, al margen de ideologías y credos: sólo hay que recordar la pléyade de cantantes que, en Estados Unidos, interpretan su himno en las más célebres citas deportivas.

Básicamente eso es lo que ha hecho Marta Sánchez, generando un revuelo inaceptable que tiene poco que ver con lo que guste o disguste su adaptación del Himno de España y mucho más con el odio o el rechazo que, sorprendentemente, genera la propia idea de España en dos movimientos políticos muy en boga que a menudo se combinan: el populismo y el nacionalismo.

Nadie se permitiría insultar una versión del Els Segadors de Lluís Llach. ¿Por qué sí con el himno de España?

Sánchez se ha limitado a poner una letra sentida y personal a un himno que carece de ella, lo cual tampoco es ningún trauma visto lo desastrosos que han sido todos los intentos de incorporarle una y, en todo caso, el inmenso valor emocional y nacional que lo tiene en su versión original.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué algo tan plausible y en todo caso respetable se ha ganado diatribas y desprecios que nadie se permitiría, por ejemplo, con Els Segadors? ¿Se imagina alguien una campaña contra el himno regional de Cataluña versionado por Lluís Llach?

Siempre con insultos

Los ataques no son a Sánchez, sino a España, y proceden de los mismos ámbitos ideológicos que siempre han reclamado y obtenido un extremo respeto -cuando no protección y promoción- a sus símbolos: quienes más valor le dan a los propios suelen ser los más insultantes y agresivos con los de todos, una paradoja sangrante que dice tanto de la naturaleza de esos sectores cuanto de la paciencia e ingenuidad del conjunto de España. 

 

 

 

Ni el himno ni la bandera de España son el emblema de un nacionalismo añejo ni, mucho menos, la reminiscencia de un régimen dictatorial. Son la manifestación de un gran país democrático y de una gran nación histórica que a menudo se acompleja de sí misma como ninguna otra, tal vez, en el mundo.

La respuesta cívica en la propia calle  al Golpe de Estado en Cataluña evidencia que el sentimiento nacional es amplio y está cansado de que una minoría ruidosa lo denigre y caricaturice mientras transforma los símbolos autonómicos, sin duda muy respetables, en un argumento de exclusión que al parecer sólo alcanza su valor auténtico si elimina a los compartidos por todos e impone el significado que le intentan dar quienes menos creen en España y en su democracia.

No se ataca a Marta Sánchez, sino a la propia idea de España. El nacionalismo y el populismo convergen en eso

España, como todos los países de larga historia, se construye sobre un sinfín de identidades, culturas y lenguas que no son indicio de la coexistencia de distintas naciones, sino prueba de la existencia de una previa y para todos en la que, por supuesto, caben todos también: la señera, como el catalán o el gallego, son riquezas colectivas de España y no herramientas para construir naciones paralelas a costa de la principal.

Por eso no hay que quitarle importancia a la actitud que el nacionalismo y el populismo, por distintas razones pero con objetivos a menudo similares, exhiben siempre contra todo lo que identifican como el cemento que arma una conciencia nacional, sea o no cierto: un himno, la bandera rojigualda, la enseñanza en castellano o la tauromaquia son percibidos como el pegamento nacional a diluir para llegar a una meta siempre excluyente. Y por eso se atacan, prohíben o estigmatizan a la menor oportunidad.

Respeto, sí o sí

Nadie debe bajar la guardia, pues, ante un nacionalismo montaraz de corte étnico ni ante un populismo falsamente progresista y a menudo ágrafo que ignora el patriotismo de sus propios antecesores: España no es un concepto de derechas ni monárquico, también lo fue en el pasado de izquierdas y republicano, aunque una parte de la nueva política nacional y otra de la vieja política nacionalista de siempre lo olviden por ignorancia o por interés.

Nada mejor que recordárselo cantando el himno, con letra o sin ella, con ese orgullo moderno de quien se siente español y cree que eso es lo mejor que se puede ser sin perjuicio ni agravio de que en otros países sientan y piensen lo mismo. Porque ya está bien de pitar al Rey en actos deportivos oficiales; de quemar banderas españolas gratuitamente o de insultar a una artista que ha puesto su talento al servicio desprendido de una causa tan noble como el himno de todos.

 

 

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