26 de abril de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El 28 de abril

Seguramente son las Elecciones Generales más cruciales de la historia. Renovar o desplazar a Sánchez, ésa es la cuestión y de nada vale decir luego que alguien fue engañado a las urnas.

 

 

Hay palabras que parecen haber sido creadas pensando en una única persona. O país. Es lo que le ocurre a encrucijada con España. La realidad, ya sea en forma de historia o de actualidad, nos obliga a traer a colación esta palabra, una y otra vez, para explicar la eterna situación en la que se encuentra este país. Y hoy, vísperas del 28 de abril, no podía ser menos.

Hace tres años, a pocos días de las elecciones de junio de 2016, se hablaba igualmente de encrucijada. Una con tres caminos: el de Podemos, de cuyo éxito se advertía que conduciría a una demagogia populista que, una vez consolidado su poder, terminaría quitándose la careta y revelando el totalitarismo destructor que llevaba dentro; el del PP de Rajoy, del que se denunciaba que su victoria terminaría arrastrando igualmente a ese mismo destino, aunque a cuatro años vista y tras una etapa previa de inmovilismo miope y suicida.

Y el camino de Ciudadanos, el único posible para los que ansiaban una auténtica regeneración de España, que ni matase al enfermo (Podemos), ni se contentase con retrasar su putrefacción (PP).

Al PSOE ni se le mencionaba porque un partido cuyo candidato a la presidencia del gobierno era Pedro Sánchez (el hombre de las mil camisas blancas y ni una sola idea propia) se consideraba que no podía entrar en la ecuación, so pena de alterar el rigor científico del resultado. Simplemente se trataba de respetar un elemental escrúpulo matemático: exclusión no por razones de desprecio político, sino de irrelevancia demoscópica.

Un César trilero

Tres años más tarde, es claro que el PSOE de Sánchez sí debe estar en la ecuación. Y por eso la encrucijada a la que hoy se enfrenta España es aún más dramática. Porque ese cuarto camino que representa el PSOE de Sánchez es el del disfraz, la mentira, el matonismo con los adversarios del líder y la sumisión con los enemigos del país, la falta de convicciones democráticas y la carencia de todo proyecto que no sea el de un voraz cesarismo de trilero.

El 28 de abril es la hora de la pelea. De que la ganemos dependerá el que nuestra generación no vuelva a envenenarse con el mismo complejo de culpa que dominó a muchos de nuestros padres y abuelos

Muchos españoles vendieron su alma a Franco por el precio de un seiscientos, camino de Benidorm. El pacto con el diablo estaba claro: seguridad, estabilidad y un cierto bienestar a cambio de la renuncia a la libertad.

El 28 de abril veremos cuántos españoles están dispuestos a dar un cheque en blanco para que gobierne quien, con toda seguridad, terminará rindiendo la ciudad sitiada y abriendo las puertas a los bárbaros.

Después se justificarán y hablarán de engaño, pero en el fondo sabrán que nunca lo hubo. Ni lo hubo ayer, cuando se votaba al PSOE de los GAL y la corrupción; ni lo habrá mañana, si se vota al PSOE de la claudicación constitucional y la cobardía democrática.

Mañana, como ayer, tan sólo se tratará de la suicida frivolidad de quienes habrán optado por autoengañarse, a fin de poder votar sin remordimiento a la supuesta encarnación de su sueño idealizado de adolescencia, y así lograr redimir -a bajo coste- sus culpables vidas burguesas.

Mercadeo y fanatismo

En todo caso, y sea cual sea la explicación psicoanalítica aplicable, ésta es la encrucijada que nos acecha el 28 de abril. Desgraciadamente, no se tratará sólo de impuestos, reformas laborales, regeneración o degeneración institucional, o planes de educación.

 

Ni siquiera, que también, de nuestra identidad como nación. Lo que se definirá es nuestra propia conciencia como pueblo: qué respuesta podremos dar el día de mañana a quien nos pregunte si, cuando tuvimos ocasión, hicimos todo lo posible por defender nuestra condición de ciudadanos libres e iguales frente a los que, por mercadeo o fanatismo, la pusieron en peligro.

El 28 de abril es la hora de la pelea. Quizás, la definitiva. De que la ganemos dependerá el que nuestra generación no vuelva a envenenarse con el mismo complejo de culpa que dominó a muchos de nuestros padres y abuelos, que vieron a su querida España convertida en el plató de un NODO triste y eterno, sintiendo que podían haber hecho algo más por evitarlo.

 

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