19 cañonazos por Blasco Ibáñez

El 29 de octubre de 1933 llegaban al puerto de Valencia, a bordo del ´Jaime I´, los restos del escritor valenciano. El nombre de aquel acorazado se unió para siempre al de Blasco Ibáñez

La botadura del Jaime I tuvo lugar en septiembre de 1914, pero a los pocos meses estalló la gran guerra en Europa y provocó un retraso en la fabricación de sus cañones Vickers de 305 mm de calibre. Hasta 1921 no pudo ser entregado a la Armada con todo su armamento.
Mientras este acorazado esperaba en el puerto de Ferrol a que llegaran “sus cañones”, Vicente Blasco Ibáñez se ganaba la vida como corresponsal –precisamente- en aquella guerra. Allí vio en primera persona, y nos escribió en sus crónicas, la devastación y el sufrimiento que se extendió por los campos de batalla europeos.
Aquel conflicto acabó y -por fin- el Jaime I recibió sus cañones, que estrenó a los pocos días en la guerra del Rif en 1924. Al año siguiente, sus proyectiles hicieron fuego sobre las tropas de Abd-el-Krim permitiendo al general Primo de Rivera desembarcar triunfante en Alhucemas.
Tras aquella victoria, Primo de Rivera quiso iniciar en los tribunales franceses un proceso contra Blasco Ibáñez por los escritos que –desde el exilio de París- lanzaba contra la monarquía. Aquella denuncia quedó en nada.


Un frío día de enero de 1928, una neumonía que arrastraba el escritor se complicó y le arrancó la vida en su residencia de Fontana Rosa, en la localidad francesa de Mentón. El general Primo de Rivera prohibió la repatriación de los restos, pero no tuvo más remedio que permitir los homenajes populares en Valencia por miedo a las revueltas.
El escritor fue enterrado, temporalmente, en Mentón, y el gobierno de Francia quiso que recibiera honores militares. Precisamente, fue una compañía del 34 Batallón de Cazadores Alpinos quien le hizo un último pasillo con el arma presentada. De aquel batallón, Blasco Ibáñez había escrito varias crónicas de guerra años atrás.
Con la llegada de la II República el gobierno decidió rehabilitar su figura. El 26 de octubre de 1933 el BOE publicaba un decreto con dos artículos: el primero, encargaba al Jaime I liderar la división naval que –formada por tres buques- repatriaría sus restos. El segundo, ordenaba que al embarcar y desembarcar el féretro en el acorazado, los cañones del Jaime I dispararan 19 salvas de honor.


Vicente Blasco Ibáñez fue enterrado en el cementerio municipal de Valencia en una ceremonia que emocionó y colapsó la ciudad. De aquella espontánea y sincera expresión pública y colectiva de duelo dieron buena cuenta muchas publicaciones y fotografías de la época.
De entre los testimonios gráficos destaca la colección de fotografías de los fondos de la Diputación de Valencia. De todas ellas, me reservo una para el final del artículo.
Al año siguiente, en 1934, el gobierno mandó el Jaime I a sofocar la revuelta de Asturias. Los cañones que hace poco tiempo homenajeaban a un revolucionario, servían ahora para aplastar una revolución.
En mayo de 1936 participó en unas maniobras en Tenerife, ocasión que aprovechó el capitán de navío al mando del acorazado para organizar una comida a la que invitó al Comandante Militar de Canarias, general Franco. Durante el ágape, uno de los marineros que hacía las veces de camarero oyó perfectamente cómo la oficialidad del buque y el estado mayor de Franco repasaban aspectos sobre un inminente alzamiento militar contra la República.

El capitán de navío al mando del acorazado aprovechó para organizar una comida a la que invitó al Comandante Militar de Canarias, general Franco


Aquel marinero no tardó en contárselo a otros compañeros, y varios cabos tomaron la decisión de esconder por la cubierta del barco, y entre sus uniformes, algunas pistolas. Lo harían poco a poco y aprovechando los relevos de las guardias para no despertar sospechas entre sus mandos.
El comienzo de la Guerra Civil en julio de 1936 les sorprende en el puerto de Santander con la mayoría de los oficiales involucrados en el alzamiento. En el último momento, la marinería giró los cañones Vickers para apuntar a los cuarteles evitando así que aquella plaza militar se sublevara.
Después de aquello, el gobierno de la República ordenó que el acorazado se desplazara a Vigo y relevó a su comandante en jefe. Pero ya nada podía detener el terrible destino que le aguardaba al buque insignia de la Armada.
Se estaba fraguando otra guerra dentro de la guerra. Nadie se fiaba ya de nadie y la sala de radiogramas era un hervidero. No paraban de entrar mensajes. Algunos invitando al buque a sumarse al golpe y otros alentando a la marinería a lanzar por la borda a la oficialidad.
Finalmente, el 20 de julio, a la salida del comedor, 15 cabos –con las pistolas que llevaban días escondiendo- se hicieron con el acorazado y crearon un comité para su mando.
Muchos de los oficiales que no murieron ese día, lo hicieron en los siguientes tras juicios sumarísimos. Fueron fusilados y sus cuerpos arrojados al mar.
El Jaime I continuó la guerra al lado de la República. Su misión principal en aquellas primeras semanas fue bombardear Ceuta y Melilla. Para poder desplazarse en estas misiones de castigo a dichas ciudades se decidió utilizar a presos en las carboneras del acorazado. Muchos murieron allí víctimas de quemaduras, inhalación de polvo de carbón y por la simple extenuación de un trabajo para el que no estaban preparados. Como ejemplo, dos obispos fueron obligados a realizar aquellas tareas.
Después de aquellos bombardeos, el gobierno le ordenó dar apoyo al desembarco de una columna republicana en Mallorca que consiguió tomar tierra mientras los cañones Vickers rugían y escupían su fuego. Estableció una pequeña cabeza de puente pero finalmente la guarnición de la isla rechazó el ataque.
Se le ordenó al acorazado, tras aquella acción, que se trasladara al puerto de Almería; al poco de llegar, fue sorprendido por las bombas lanzadas desde varios aviones italianos, dejándolo inoperativo. A duras penas, pudo ser remolcado hasta Cartagena donde todos los recursos de la armada republicana se pusieron a trabajar en su reparación.

Y entonces ocurrió. El 17 de junio de 1937, aproximadamente a las tres de la tarde, un terrible estruendo sacudió el puerto de Cartagena


Y entonces ocurrió. El 17 de junio de 1937, aproximadamente a las tres de la tarde, un terrible estruendo sacudió el puerto de Cartagena. Las calderas explotaron súbitamente y más de 300 almas quedaron allí atrapadas. El Jaime I se hundió y con él el único acorazado al servicio de la República.
El gobierno creó una comisión para determinar la causa de la detonación. Aunque el informe final se inclinaba más por el accidente, el sabotaje nunca fue descartado. Tampoco se utilizaron muchos recursos en aquella investigación, dicho sea de paso. La República tenía problemas más urgentes que atender.
La guerra acabó con el resultado por todos ya conocido, y en 1941 se ordenó reflotar el buque para su desguace. Se comprobó el buen estado de sus cañones y España –en pleno embargo de armas- no podía permitirse el lujo de no utilizarlos.
Se desmontaron y se emplazaron como cañones de artillería de costa. Algunos de ellos fueron enviados a Mallorca. Curioso; años después los Vickers sí pudieron “conquistar” la isla.
Otros fueron desplegados en las playas de Tarifa, apuntando al sur, como tantas veces hicieron cañoneando Ceuta y Melilla.
Y bueno, la historia del Jaime I con sus cañones Vickers podría darse aquí por acabada…, pero no quiero. Así no quiero acabar.
Escribiendo este artículo tengo que reconocer que he sentido pena. Si ya una guerra es terrible, una guerra civil lo es más, y una guerra en un mismo buque entre camaradas es algo que recordarlo nos encoge el corazón.
Cuántas cosas vivió el Jaime I. Unos cañones que no llegan, una descarga de artillería sobre el Rif, 19 salvas de honor por un exiliado, fuego contra los mineros de Asturias, camareros que espían a sus jefes, pistolas escondidas en los gorros de marinero, obispos que mueren asfixiados respirando carbón… todo un mundo de odios y venganzas.
Y en esta historia, sólo he podido sentir algo de paz al ver la imagen de los restos de Blasco Ibáñez desembarcando del Jaime I. Ahí se ven a los oficiales y a los marineros codo con codo, haciendo el mismo saludo militar.

Veo esta fotografía y no puedo evitar pensar que fue el último momento en que se sintieron hermanos. Fue como una tregua póstuma, un armisticio mágico, una paz que no duró mucho pero que sólo Blasco Ibáñez pudo crear.
Jamás esos cañones tuvieron mayor honor que aquellas salvas. Los 19 cañonazos en el puerto de Mentón y otros tantos en Valencia. Honores militares para el corresponsal de guerra que la odiaba con todas sus fuerzas.
Aquellos cañones Vickers aún siguen en pie. Desafían al tiempo intentando vencer el óxido que les come. Parecen ya mudos, pero no es verdad, cada vez suenan más fuerte. Yo hoy, escribiendo, les he oído gritar lo mismo que le gritaron 19 veces a Blasco Ibáñez en su querida Valencia aquel 29 de octubre de 1933: que nadie nos quite la esperanza de un mundo en paz.

 *Experto en Seguridad y Geoestrategia.

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