17 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

8M, un espectáculo populista que utiliza la causa de las mujeres

Una causa tan noble, aceptada unánimemente y defendida como la igualdad no puede convertirse en una coartada del populismo, que intenta aprovecharse una vez más para tapar su fracaso.

 

 

Pocas causas son tan justas y afectan a tantos millones como la igualdad de sexos, pero pocas también gozan de tanta unanimidad social, impulso legislativo y consenso político. Esa evidencia, incontestable, debiera ser suficiente para alejar este asunto tan crucial de la batalla política y avanzar, lo que haga falta, con la tranquilidad de que el consenso es absoluto.

Sin embargo, lejos de ocurrir esto, se intenta convertir una causa noble, llena de avances y realidades positivas perfectamente compatible con el reconocimiento de las lagunas, asuntos pendientes y horrores vigentes; en una guerra ideológica y electoral que corona con una "huelga feminista" impulsada por un manifiesto simplemente inaceptable.

Conviene leer las barbaridades que recogen los impulsores del paro antes de sumarse a él por el temor a que el rechazo tenga por respuesta una acusación tan injusta como vendible. En él, con manifiesto desprecio por los datos reales, se dibuja un paisaje apocalíptico para la mujer en España, uno de los países donde mejores son sus condiciones para el desarrollo de una vida plena, según recoge la totalidad de informes especializados que estudian este asunto con objetividad.

 

Para los convocantes del 8M, la mujer española es víctima en su totalidad de un sistema que mezcla el patriarcado con el capitalismo y la violencia para condenar al 50% de la población a una marginación absoluta, dolorosa, humillante y agresiva.

La mujer sufre, en un formato agravado y específico tal vez, los mismos males que padece la sociedad española en su conjunto en ámbitos como el económico, el laboral o el familiar. Y las soluciones pasan, del mismo modo, por una mejora del modelo y las circunstancias para todos que, sin la menor duda, redundará especialmente en quienes tengan más dificultades por su género, renta o educación.

La violencia

Una sociedad moderna y de verdad progresista no estabula a ningún segmento poblacional, sino que genera un espacio mejor que permite mejorar más a quienes parten de más abajo. Y busca respuestas concretas para los problemas específicos de alguno de ellos, que en el caso de la mujer es especialmente necesario en todo lo relativo a la violencia machista y las agresiones sexuales.

El manifiesto del 8M es el enésimo exceso populista, lesivo para las nuevas generaciones al pretender inocular una guerra ideológica y de sexos incluso en la escuela, de quienes buscan banderas vendibles para camuflar su descrédito

Ésa perspectiva es la que ha permitido avanzar a la mujer en España y la que permitirá adoptar las medidas necesarias para hacerlo hasta el máximo, en aras a que su potencial, libertad y desarrollo alcancen las cotas que sin duda merece.

Y es precisamente la nobleza y  necesidad del objetivo la que da una coartada a quien, en realidad, utilizan esa causa en lugar de servirla, tras haber intentado en vano manipular otras de igual rango como la pobreza, el paro y las desigualdades en general.

No hay que caer en ese juego que pervierte la causa, la hace incómoda y la transforma en una plataforma política agresiva para la convivencia, injusta para la sociedad e incluso despectiva para las mujeres de otras generaciones que, ellas sí, lograron con su esfuerzo y comportamiento que sus hijas y nietas disfrutaran de un espacio en libertad que ellas no tuvieron y que ahora, vienen a decirles, no tuvo ningún mérito.

Paternalismo feminista

El manifiesto del 8M es el enésimo exceso populista, lesivo para las nuevas generaciones al pretender inocular una guerra ideológica y de sexos incluso en la escuela, de quienes buscan banderas vendibles para camuflar su descrédito ante la sociedad.

Y además es profundamente paternalista e incluso machista con las propias mujeres, a quienes una vez más se intenta tratar como un grupo monocolor que, para ser de verdad auténticas, ha de pensar, actuar y sentir con arreglo a unas instrucciones precisas que unas pocas se arrogan imponer. La mujer española ya superó eso, y no puede volver a sufrirlo, se lo diga un hombre u otra mujer.

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