Regresando al blanco y negro

Y la foto fija de lo nuestro, el maldito retrato —cada vez más en sepia, en oxidado, en amarillo— del nuevo politburó, dista mucho de abrir una perspectiva optimista

La realidad política, en su plano visible y en su plano soterrado, en su dimensión oficial y en su dimensión cloacona, está entreverándose de pasmarotes y estantiguas; llenándose de figurones en blanco y negro y espectros de otro tiempo; tomando un aire ajado, reseco, de fornitura cuarteada y abrigazo —sarga, picor y aspereza— de involucionario ruso 1917; componiendo ahora una foto de ayeres y antañazos, una estampa con sombra de zares apiolados y resplandor de aldeas incendiadas con los amos dentro.

Nos vuelven a presentar el paisaje blanco, anchuroso y perfecto que sirvió, en El doctor Zhivago, como escenario para el régimen hipócrita, implacable y avieso del proletario en la casa del rico, el rico en el arroyo y los cabecillas envolviendo atraso y salvajismo en celofán cutre de subversión.

Está la cosa adquiriendo una pátina vieja, un polvo pegajoso de recurrencia, de repetición, de más de lo mismo, de slogan pasado de moda y muletilla inconcebible por obsoleta. Está el consejo de ministros tiñéndose de sepia, iluminándose con deflagraciones de azufre, hieratizándose y retrocediendo en el tiempo.

Suena de fondo un eco modernista, un rigodón finisecular —finales del XIX—, una contradanza montaraz y vengativa, una cumbia caciquil y sudacona, cubarrona y venezolona, marxistoide y tardobolivariana. Flota en el aire un miasma libertario y anarquista, una mixtura infantil y caprichosa contra la que no caben argumentos ni dialécticas parlamentarias porque no tiene más lógica ni acepta otras razones que su propio despotismo y el objetivo, único e indisimulado, del enriquecimiento poltronero.

El gobierno, la gestión y la planificación agonizan bajo dos o tres quintales de okupación/usurpación/allanamiento politicoide; lo cual, dicho de otra manera, viene a ser que los de la foto en blanco y negro no han venido a restaurar el edificio sino a pelarlo, a dejarlo en el chasis para luego abandonarlo.

Mirad bien y distinguiréis, a contraluz de la instantánea parlamentaria, una cuadrilla de mujiks avinagrados botando y haciendo animaladas. Observad las instituciones y os daréis cuenta de lo mucho que se van pareciendo a las vetustas mansiones rurales rusas, aquellas que las partidas involucionarias campesinos manipulados y bandolerizadosredujeron a cenizas para machacar a los patronos aunque fuese a costa del hambre colectiva.

Ceded libertades, que la patria peligra; dejaos llevar, que nos come la pandemia; someteos y confiad vuestra salvación al estado, al soviet, al comité, al movimiento, a la involución revolucionaria y al arresto domiciliario. No temáis a la miseria ni al hambre, que ya os daremos una paguita, un auxilio, unos vales, un bocadillo de camaradería y militancia.

La España se acerca rápidamente al sovjós, al koljós o al falansembusterio ni los propios artífices del engendro acertarían a precisarlo—; es conducida, con enorme habilidad y fines tenebrosos, a la pobreza estratégica y a la miseria instrumentalizada; y por si fuera poco la maniobra se retuerce hasta el punto de acercarnos peligrosamente al trullo siberiano y la galera setecentista, que lo primero es intimidar, acobardar y someter, y para eso la pandemia viene de perlas.

Terrazas atestadas, bares a rebosar, mascarilla en el codo y silencio administrativo que la plebe aligere la faltriquera—; pero mordaza obligatoria en calles y descampados que se acostumbren al autoritarismo y a la ninguna lógica del estado policial—.

Cuando el Covid acabe seremos malvas, prodigios de la obediencia y sonsoniche, del acatamiento ciego y la espera de instrucciones. Lo tengo acuñado en estas páginas: milnovecientosochentaycuatrización. Hasta Europa o sobre todo ella—, que condiciona el auxilio crematístico a la digitalizadura del populacho, está en el ajo. Y el virus, que sólo quebranta matusalenes indigitalizables y miembros de la generación x esa inmensa turba que se acerca peligrosamente al ocio retribuido—.

La conspiranoia cobra una verosimilitud aterradora. Basta con atar cabos. Todo encaja con espeluznante facilidad. Y la foto fija de lo nuestro, el maldito retrato cada vez más en sepia, en oxidado, en amarillo del nuevo politburó, dista mucho de abrir una perspectiva optimista. Son galones falsos, gorros armenios, casacotes largos y sucios, jubones grandes y desaliñados como de otro—, cinturones anchos y botas altas lo que sale a relucir impresión lenticular cuando se inclina un poco la foto.

Y mucho blanco y negro, mucha escala de grises, mucho pasado, mucha pesadilla, mucho Tirano Banderas, mucho retumbar de tierra caliente, mucho reflejo de sangre y susto, escarmiento y mazmorra, delación y fuego. “Arderéis como en el treinta y seis”, disparató alguien; “monarquía republicana”, desvarió nosequién; y el retrato, el daguerrotipo, la instantánea perdió el color. Perdió el ahora y quedó puro antes.

Nos bolivarizan y nos leninizan, nos trotskizan y nos momifican, que vale tanto como finisecularizarnos del siglo XIX—, como retrotraernos al descolorido momento de los botines, los polisones y la Europa convulsa. Ceded libertades, que la patria peligra; dejaos llevar, que nos come la pandemia; someteos y confiad vuestra salvación al estado, al soviet, al comité, al movimiento, a la involución revolucionaria y al arresto domiciliario.

No temáis a la miseria ni al hambre, que ya os daremos una paguita, un auxilio, unos vales, un bocadillo de camaradería y militancia. Descubrid que se vive mejor y más fácil en blanco y negro, sin discernimiento ni albedrío. Y si experimentáis alguna recidiva, si os acomete la nostalgia de aquella cargante y trabajosa libertad individual nada menos que pensar por vosotros mismos—, recordad el bocadillo, la ración, el mendrugo; tened muy presente vuestro cupo alimenticio, que cuelga de un hilo.

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