La ciudad no es para mí. Despacito

Nos espera un tratamiento de choque sin padecer dolencia alguna: dos dosis en marzo y otras dos en abril.

No me extraña que ese programa televisivo de selección de voces talentosas alcance los índices de audiencia –no se suele decir videncia- que se adjudica la cadena que lo emite, porque la “mateonacional” ya no hay quien la vea. Emulando a TV3 en sectarismo y servilismo, resultado de cada una de sus dependencias, tiene la audiencia –y la videncia- por los suelos. (Sin llegar a los niveles de À Punt)

Y es curioso que uno de los protagonistas del programa líder de la programación nocturna sea el autor de esa canción que se llama “despacito”. Exageraciones aparte –creo recordar alguna acusación de cierto machismo- esa música pegadiza y alegre, latina, que se oye en todo el mundo en español, tiene algo y lo contrario del panorama político del momento.

Algo, que es la simpleza del discurso, lo ambiguo del mensaje y la machaconería en repetirlo. Un tostón. Lo contrario es que resulta divertido y superficial, que te saca de la rutina y te olvidas de la realidad.

O tal vez ambas interpretaciones resulten complementarias y formen pareja semejante a la de pan y circo. Aunque, esta vez, con más circo que pan.

Andan cotilleando sobre la amistad de Rivera con una cantante los mismos que ensalzaron a la Bruni y a Sarkozy. Claro que Macron es otra cosa. Y Valls otra cosa también.

Y siguiendo con la música, me asquea la instrumentalización que la izquierda ha escenificado estropeando el Día Internacional de la Mujer, con un torpe diseño de exclusiones verbales o escritas. Más repugnante es la recepción “espontánea” a la visita de Pablo Casado a Castellón, abultada con menores y portadoras de pancartas execrables, que no reproduciré aquí. Una peligrosa mistura de adoctrinamiento y radicalismo propio de conductas totalitarias.

Despacito.

Nos espera un tratamiento de choque sin padecer dolencia alguna: dos dosis en marzo y otras dos en abril. Resistir los efectos secundarios será tarea digna de encomio. E indicio de salud mental.

Aunque, pensándolo bien, dolientes sí somos. A muchos nos duele España. Y no voy a hablar de la convivencia, o de la educación. O simplemente del bolsillo. Que eso lo sufrimos todos, del Rey abajo (esta vez sí).

“Manda Sánches” que dirá Vicente Climent, a la vista de la tormenta perfecta que ha desatado Puig tras dejarse llevar por los vientos monclovitas. Aunque comprendo su apuesta por un improbable –que no imposible- win win, antes que el harakiri de esperar el resultado de su particular Eolo.

Y lo que es lo mismo, “no manda Oltra”, que ha puesto cara de su logo y se ha ido a la Feria de Milán, sin haber apenas pisado las de Valencia. Y esa sonrisa es de “arrieros somos”.

Despacito.

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