16 de junio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Podemos, despedazado por la demagogia y los egos que le hicieron tan exitoso

Iglesias padece ahora, no sin deslealtad, el mismo fenómeno que él estimuló y le hizo triunfar: una demagogia infinita, la estigmatización del rival y el ego desmedido.

 

 

El fulgurante nacimiento de Podemos se ha transformado en un desplome igual de agudo, tras apenas cinco años en la primera línea política, mediática e institucional en España. Probablemente la misma magnitud desmedida que tuvo su eclosión está teniendo su hundimiento, lo que sugiere la idea de que el populismo, en cualquiera de sus acepciones, tiene ciclos de vida cortos y dependen demasiado de una temperatura social por definición pasajera.

Es probable que ni el fenómeno inicial ni éste estén del todo justificados, pero si alguien no tiene derecho a quejarse es el propio Podemos y, en especial, sus principales dirigentes, con Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Pablo Echenique e Irene Montero al frente.

Ellos, como nadie, estimularon un discurso emocional, epidérmico y casi testosterónico con el que estigmatizaron a todos sus rivales y al propio sistema democrático. Y ahora se vuelve en su contra al demostrarse, como era de prever, su incapacidad para convertir en hechos sus promesas y al evidenciarse que las mejoras prometidas han sido básicamente para ellos.

El peso de Galapagar

La pareja Iglesias Montero simboliza ese fenómeno y explica, con seguridad, parte del deterioro de la marca: por muy razonable que sea prosperar personal y familiarmente buscando un lugar donde vivir a la altura del gusto y posibilidades propias; es imposible no detectar el antagonismo cínico entre lo que se decía de los demás y lo que, al final, han hecho ellos.

Podemos, especialmente Iglesias, es ahora víctima de lo que le hizo nacer con éxito: el populismo y los egos desmedidos

La mansión de Galapagar es el icono físico de la infinita hipocresía de Podemos, un partido que solo ha hecho mejorar a sus dirigentes, los mismos que convertían esa prosperidad, cuando era ajena, en una prueba del abuso de la clase política sobre el ciudadano. Ellos la han logrado gracias a sus retribuciones públicas, lo que hace aún más indigesto el caso para sus propios feligreses.

El segundo fenómeno que explica el incesante deterioro de la marca tiene que ver con el carácter tribal, amateur y cargo de egocentrismo de la marca; asaltada por el ego de sus primeros espadas. Aunque todos ellos dicen representar proyectos políticos globales y distintos, en realidad encarnas proyectos personalistas marcados por la patrimonialización del poder y la exclusión del adversario interno.

Sin diferencias entre ellos

No hay diferencias relevantes entre Iglesias y Errejón, como no las hay entre Espinar y Carmena o entre Ada Colau y Monedero. En lo sustantivo son idénticos y todos ellos beben de un populismo demagógico y agitador que estalla cuando se confronta con la realidad o colisiona con las ansias de poder del hasta entonces compañero.

Pero, aun siendo todo esto cierto, sorprende la mezcla de crueldad y deslealtad con que casi todo Podemos trata ahora a quien, con las mismas herramientas que ahora usan contra él, creó un partido de la nada y lo hizo exitoso: Iglesias fue el primer inductor y primer beneficiario de su éxito; pero todos los demás han vivido y muy bien de él.

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