La soledad de la anciana

Beatriz, de 93 años, dice que le apetece contar su infierno para que no le pase a ninguna mujer y, a la vez, derrama alguna lágrima para que la tengan en cuenta

Hace muy poco viví una experiencia que me hizo reflexionar sobre lo que es la realidad de la vida humana y el significado verdadero del paso del tiempo.
Me contaba una persona lo triste que es la soledad cuando una persona se hace mayor, lo penoso que es ver cómo los humanos de mediana edad siempre estamos ocupados y a menudo no tenemos tiempo para esos seres que deambulan arrastrando algo los pies por lo desagradecido y fastidioso de la edad, por la artrosis, la mala circulación, el principio de sordera y la terquedad en sus opiniones y deseos, porque antes esos abuelitos eran personas enérgicas, tal vez firmes, y se les prestaba la debida atención porque se hacían oír.
Somos realmente hipócritas cuando nos damos cuenta de que algo no estamos haciendo bien, y con la debida reflexión nos garantizamos un pedacito de empatía, que falta nos hace.
Hacerse viejo es difícil casi para todos, pero más aún a aquellos que siempre fueron espíritus de alma joven y que no admiten la división de nuestras células y menos aún aceptar la pérdida de ciertas capacidades físicas y mentales que es toda una odisea para cualquiera.

En el caso que le contaré hoy se trata de una anciana que siempre fue una persona muy dulce, ese tipo de persona que no le gusta la batalla ni la mediocridad del insulto y que su tarjeta de presentación es la buena educación, el hablar melódico y la vida en familia, estar con los suyos. La abuelita de Piolín si ustedes vieron alguna vez dibujos animados. La típica anciana que es un encanto de mujer y que todos en algún lugar conocemos y saludamos por la calle.
Desgraciadamente Beatriz sufrió maltrato durante algo más de veinte años; sin embargo, nunca quiso contárselo a nadie y menos aún a sus hijas. Era todo un secreto pues nadie lo sospechó jamás. Conseguía convencer al energúmeno de su marido calmándole su agresividad como podía, a regañadientes, el cabeza de familia la amenazaba y coaccionaba por cuestiones insignificantes, imponiendo su autoridad con la excusa de llevar el dinero a casa y de pagar las facturas. Beatriz nunca la levantó la voz, y asumía que su consorte la pagara con ella con tal de que nunca lo hiciera con sus dos hijas. Esa era su misión y lo consiguió hasta que se quedó viuda.
Beatriz ahora es una abuelita de noventa y tres años que superó hace diez un cáncer dramático. No ha perdido la sonrisa con el paso del tiempo, aunque reconoce que teme la soledad, porque le hace pensar en un último día que pueda pasar en la tierra. No se quiere ir y se resiste a la Dama de Negro, al espectro de la guadaña, al sueño profundo y eterno.

Afirma que ha perdido seis vidas de gato y que tan solo le queda una, pero esa vida es la más resistente de todas, es la fuerza del número siete.
Ahora Beatriz es la guerrera que nunca fue y combate al apocalipsis para poder vivir. Observa que ya no le hacen caso, casi la totalidad de su familia está en sus cosas, todos estresados por temas variopintos, pero entiende cada gesto de los demás, leyéndoles los labios en las conversaciones, los gestos y pronto todos sus seres queridos se marchan de casa… nuevamente la anciana le hace frente cada noche a la Dama oscura para que no se la lleve, ya que son cosas que ocurren en la soledad, cuando estamos solos en la cama antes de dormir, pensando. Es una lucha de tú propio pensamiento, en el interior de tu alma.
Tal vez nos pase a nosotros si llegamos a ser ancianos.
Beatriz piensa que es feliz, porque aún estando en ocasiones sola se atreve a ser sagaz, y sabiendo que es frágil, se envalentona como un niño que acaba de conocer el miedo, pero que ya ha vencido al mal en varias ocasiones, siendo algo que le da esperanza de seguir, de continuar y de reafirmarse. Aunque se marchite su piel está completamente bella y no le importa tener menos pelo que cuando era una adolescente atrevida y aventurera, sigue maquillándose como siempre y tiene costumbres que practica con exactitud minuciosa, tal es su disciplina.
Beatriz reconoce que cuando tenía cuarenta años estaba acompañada, pero más sola que ahora en el final de sus días. Esos largos años de incomprensión y vejaciones no se pueden comparar con nada, ni siquiera con la tristeza de la soledad. Detalla que le apetece contar su infierno para que no le pase a ninguna mujer, y a la vez derrama alguna lágrima para que la tengan en cuenta, para que no la abandonen, para que estén con ella, aunque pase desapercibida, aunque no le hablen, aunque todos tengamos tantas cosas que hacer.
Beatriz es una valquiria que se ha ganado un sitio en el Valhala, pero en la tierra real hay que darle un abrazo largo y muchos besos.
Disfrutemos de nuestras abuelitas si tenemos la fortuna de tenerlas y cuidemos a nuestras madres que son el verdadero estandarte de la vida.

*Grupo EmeDdona y oficial de Policía Local.

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