Unión Valenciana: entre la nostalgia y el tirón electoral de la marca

Los intentos por recuperar el histórico partido para la carrera electoral son infructuosos ante la negativa de su último presidente a ceder la titularidad

Para el votante menor de 35 años, el término Unión Valenciana no tiene significado. El que está situado en la franja de edad entre 35-50 lo recuerda como una formación que logró poder y que cayó en un declive lento e imparable. Para el mayor de 50 años, sobre todo si tiende a decantarse por el centroderecha y se siente valencianista, adquiere casi tintes legendarios y las siglas UV le retrotraen al partido que consiguió, en su apogeo, dos diputados nacionales y una presidencia de Les Corts. En esta franja de edad y de votante, la percepción de nostalgia se mezcla con la convicción de la fuerza de la marca. Podría tener en ese abanico poblacional su nicho de mercado.

Esa intención ha llevado a Julio Chanzá, quien fue antepenúltimo presidente de Unión Valenciana, a tratar de recuperar la denominación. O, más bien, a revitalizarla. No obstante, sus intentos han resultado infructuosos. La persona que en la actualidad tiene el control de la marca no ha cedido. Prefiere que siga en la UCI política a intentar insuflarle unas mínimas dosis de oxígeno. Esa persona es el último presidente de Unión Valenciana, José Manuel Miralles, quien dirige el partido desde 2006. Lo hace sin asambleas y sin presentar candidaturas.

Desde las elecciones  generales de 2008 decidió que su partido no concurriera a comicios, con la salvedad de las europeas de 2009, en las que lo hizo en solitario con la certeza del pésimo resultado que iba a obtener. Posiblemente no exista mayor incongruencia para una formación política que la de renunciar a participar en la principal competición de la democracia: las elecciones. Sería tan ilógico como crear un equipo de fútbol, entrenar e inscribirse para jugar una liga y después determinar que no se presenta a los partidos.

En 2011, de hecho, ya prohibió que los escasos concejales que le quedaban optaran, con las siglas de UV, a concurrir en sus diferentes municipios. El resto de la historia ya es conocido. José Manuel Miralles suscribió un pacto con el PP que le reportó la Dirección General de Desarrollo Estatutario. Hasta 2014.

Desde entonces, e incluso antes, se han producido diversas tentativas, por parte de simpatizantes o históricos dirigentes de Unión Valenciana, de hallar vías para recuperar la marca. Sin éxito, como le ha ocurrido a Julio Chanzá. Ni él ni el propio Jaume Hurtado, secretario general de Som Valencians, partido que se ha coaligado con Unió i Germania, que ahora dirige el citado Chanzá, encuentran los resquicios legales para lograr esa cesión. La asamblea de UV podría dar su conformidad, pero si su presidente no la convoca, queda todo en una nebulosa legal que esperan que la nueva regulación de partidos pueda solventar. Esta última incluye plazos de obligatorio cumplimiento.

Debido a ese enredo normativo y a la negativa constante que han encontrado en Miralles a entregar la denominación o a permitir que otras personas la gestionen, Unión Valenciana continúa en estado de hibernación. Los tres socios de Valencians en Moviment (Som, RePo y Unió i Germania) no pueden más que evocarla o invocarla, como hicieron en la presentación de la coalición esta semana, asumiendo un rol testimonial de herederos. Hasta ahí pueden llegar. Mientras, el nombre sigue cayendo en el olvido o en la nostalgia, depende de para quien se trate. Otra cuestión a debatir sería si realmente tendría o no, en 2019, tirón electoral.

Por cierto, para quien desee conocer mejor la historia de Unión Valenciana recomiendo encarecidamente la tesis del politólogo Simón Alegre titulada Unión Valenciana: nacimiento, auge y caída de un partido (1982-2000)

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