Palacio y Palacio

La resolución de Felipe VI es dura; tanto para el hijo, como para el Rey. Pero la Monarquía sólo tiene sentido como expresión de los valores de la Nación.

Las decisiones adoptadas por SM el Rey, Felipe VI, con relación a su padre, el Rey Emérito, dignifican la institución y consagran a un Monarca que ya con su discurso del 3 de octubre del 2017 se ganó el corazón de los españoles que aman a su país - los otros no importan, son apenas una alergia de esporas, que aventará la Historia.

Eran las nueve de la noche cuando el Rey salvó a nuestro país, convocando con sus palabras el sentimiento de universalidad que la Monarquía Hispánica infundía en los corazones de todos nuestros compatriotas, de todas las clases, en todas las épocas, en las iglesias, en las trincheras, en los oficios humildes y en las grandes exploraciones. Eran las nueve de la noche cuando espantó a los cobardes y encabritó a los traidores, que aún andan rebuznando y tirando coces.

Lo característico de la monarquía es la indisoluble, mística unión, entre las funciones biológicas y los simbolismos políticos. Las primeras se extinguen con el reloj implacable del tiempo. Las segundas trascienden a la Historia. La resolución de Felipe VI es dura; tanto para el hijo, como para el Rey. Pero la Monarquía sólo tiene sentido como expresión de los valores de la Nación y sólo vence cuando antepone su misión histórica a su nudo de afectos familiares. Sólo entonces cobra
su verdadero sentido mayestático: desgarrándose.

Los españoles demuestran –de forma excepcional, en esta crisis del coronavirus -que son mejores que los políticos a los que eligen

Los que peroran con lengua de latón en los balcones, critican que Felipe VI tenía la información sobre los hechos que se reprochan a su padre – que habrán de ser probados - desde mucho antes. Sin embargo, queridos cacerolos, un hecho insólito como la práctica expulsión de un Rey de la Familia Real por él fundada, el arrumbamiento inmisericorde del padre pródigo en el desván de la Historia, hubo sin duda de adoptarse con el dolor denso, insoportable, infiltrado en cada célula
del cuerpo y la discreción, los tiempos y los consensos de las grandes decisiones de Estado.

Como a menudo ha ocurrido en nuestro azaroso pasado, los españoles demuestran – de forma excepcional, en esta crisis del coronavirus - que son mejores que los políticos a los que eligen. Lo cual, bien pensado, revela una debilidad de nuestro temperamento, que se deja seducir por cualquier necio que bisbisee frases ampulosas, como un prestidigitador agita sus cartas. Sin embargo, la providencia nos ha concedido a Felipe VI, el mejor Rey posible para la España que se construye,
casi al mismo tiempo -pero más poderosa e imparable- que los enanos que tratan de destruirla. ¡Qué gran Rey para el resurgir de España, si tuviera ahora las Cortes de Cádiz!.

Posdata: La transparencia es exigible en el Palacio Real, pero también en todas las instituciones, como la CEV, que ha colocado otro Palacio, Perfecto, en el Consejo de Administración del Puerto de Alicante. De todos es sabido que Perfecto Palacio tiene importantes inversiones en el Puerto de Alicante y ambiciones respecto del Puerto de Valencia. ¿Ha votado alguna vez en alguna decisión, en la que debiera haberse abstenido por conflicto de intereses, si quiera por mantener las apariencias? ¿Defiende el proyecto de Puerto que necesita la industria alicantina o el que mejor se acomoda a sus aspiraciones? La mujer de Salvador Navarro no solo debe ser honesta, sino también parecerlo.

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