20 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El entrenador frustrado

No apedrearé a Pablo Prigioni por lo mal que lo ha hecho,

No apedrearé a Pablo Prigioni por lo mal que lo ha hecho,

Todo el mundo lleva dentro uno y todo el mundo sabría cómo actuar si estuviera en el banquillo. Salvo cuando se pone, que suele no tener ni puta idea. Más que pegar cuatro gritos en la banda



Me obligaron mis padres a apuntarme a baloncesto cuando tenía apenas seis años. Pero solo para entrenar, les dije. Nada de jugar partidos. Y solo este año, insistí, el curso que viene me apuntáis a otra cosa. Pobre ingenuo mi yo del pasado. Hoy, veintiséis años después, sigo dándole, en una versión de difícil visionado, en rocosas ligas municipales del suroeste madrileño. Desde que empecé siempre me inculcaron el valor del respeto: a compañeros, entrenadores, árbitros y cualesquiera que circundaran el mundillo. Con los árbitros y con algún que otro merodeador no negaré que alguna subida de tono he tenido, pero a los que siempre respeté fue a mis entrenadores.

Oficio incomprendido e infravalorado. Todo el mundo lleva dentro un entrenador y todo el mundo sabría cómo actuar si estuviera en el banquillo. Salvo cuando se pone, que suele no tener ni puta idea. Ser entrenador es algo mucho más allá que pegar cuatro gritos desde la banda, alinear a los buenos y esperar a que todo surja. No. Todos los trabajos en los que hay que gestionar el rendimiento individual y colectivo de un grupo son difíciles, pero cuando también te exigen resultados la tarea ya solo puede ser realizada por personas que, además de estar muy preparadas, reúnan unas condiciones óptimas para el puesto, como la empatía y la correcta gestión de los egos.

A los dieciocho años, ya sin el látigo de las obligaciones de mis padres, pero sí con su dinero, decidí sacarme el curso de entrenador de primer nivel para, meses después, hacerme cargo de mis primeros equipos. Me di una tregua de un par de años de inexperiencia para después darme cuenta de que realmente no era inexperto, sino que sencillamente no era buen entrenador. Nunca supe leer bien lo que pasaba en los partidos y, por tanto, no sabía actuar en consecuencia. Me limitaba a cuidar lo que sí considero que sé hacer: los aspectos motivacionales y la mejora de la técnica individual de cada uno para así, por mal que fuera, al menos darían un poquito la mejor versión de sí mismos. Pronto empecé a rechazar entrenar equipos con más exigencia para centrarme en enseñar los primeros pasos a los que empezaban en el mundillo, algo para lo que sí me veía capacitado.

Son estas vivencias las que me hicieron cogerle más respeto aún a la figura del entrenador más allá de lo que me inculcaron mis padres cuando todo empezó, cuando las zapatillas tenían una cámara de aire que se hinchaba con un botón. Benditos noventa. Y por eso ahora no apedrearé a Pablo Prigioni por lo mal que lo ha hecho, pero sí le podría reprochar que no tuviera esa necesaria dosis de humildad para no verse preparado para asumir el mando de un equipo con enorme exigencia. Él es muy inteligente y de sobra tenía que haber sabido que ser entrenador no es cambiar las botas por los zapatos ni el balón por el rotulador. Ser un buen entrenador, aparte de conocer los entresijos del juego al dedillo, requiere años de estudio y preparación. O ser Zeljko Obradovic. Y de esos creo que solo hay uno.

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