14 de julio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El falso testimonio de Pablo Iglesias ante el juez ya debe hacerle dimitir

Pablo Iglesias, en el Congreso

Pablo Iglesias, en el Congreso

Lo que ya está demostrado que hizo el líder de Podemos, falsear una denuncia ante el juez, es suficiente para dimita de todos sus cargos. En lugar de eso, está escondido.

 

 

El vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias, va estar toda la semana prácticamente desaparecido para hurtarle a la ciudadanía las explicaciones que sin duda debe darle por el siniestro episodio que protagoniza en los juzgados en el llamado "Caso Dina".

El espectáculo que está dando es inadmisible, e incompatible con el ejercicio de cargos públicos de tanta relevancia: en el mejor de los casos, Iglesias interpuso una denuncia falsa ante un juez intentando pasar por víctima de unos hechos en los que, en realidad, era al menos corresponsable.

Porque intentó pasar por perjudicado de la sustracción del teléfono móvil de una colaboradora cuya tarjeta, en realidad, tenía él y probablemente alteró para que no se pudiera acceder a su contenido: todo eso se lo ocultó a Dina, lo cual le califica ya; pero además se lo escondió al juez García Castellón.

 

 

Solo por ese episodio, Iglesias debería dimitir. Es intolerable que todo un vicepresidente participe en unos hechos tan siniestros, falsee su presencia ante un tribunal y, además, utilice todo ello para lanzar un mensaje político sobre las "cloacas del Estado" que tantos beneficios electorales le dio.

Parece claro que el móvil de Iglesias fue protegerse de comportamientos personales relativos a su relación, cuando menos laboral, con una colaboradora ahora aupada a directora del periódico digital impulsado por Podemos. Pero hasta eso es irrelevante al lado de los constatados abusos cometidos ante la Justicia y del perverso uso que les dio en el ámbito público.

El falso testimonio siempre es lamentable en un juzgado. Pero cuando lo comete un vicepresidente que ha edificado su carrera sobre su supuesta ética y sobre la falta de ella en el resto, alcanza la categoría de escandaloso. Y quizá de delictivo, si prospera la aparente decisión del juez de tratar al dirigente de Podemos como lo que es: un mentiroso que intentó servirse de un tribunal para escurrir el bulto y montar una campaña electoral.

 

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