Los tres uniformes de la OTAN

Fuente: The Jumping Front

Fuente: The Jumping Front

La guerrera de un militar dice mucho de él, de dónde ha combatido y qué países ha pisado. La evolución en la uniformidad nos resume la historia de nuestros ejércitos. La OTAN lo sabe bien

 

El general Patton comenzó su carrera en la recién creada arma acorazada de los EEUU. Aquel joven oficial pronto se enamoró de los “tanques” y puso toda su vocación militar al servicio de esa nueva especialidad, hasta el punto que él mismo diseñó un uniforme para el arma acorazada.

El boceto era una mezcla de uniforme del siglo XIX, adornado con ribetes dorados, guerrera abotonada hasta el cuello y todo ello coronado con un casco de fútbol americano. Como podéis imaginaros, el proyecto no fue aprobado por el Alto Estado Mayor y el teniente Patton tuvo que conformarse vistiendo el mismo uniforme que el resto de sus compañeros.

Aquella idea –me refiero a la de crear un nuevo uniforme para la nueva especialidad- tenía toda la lógica del mundo. La historia de una nación puede leerse en la historia de los uniformes de su ejército: en las armas, los entorchados de las telas, las medallas, los birretes, las espuelas e incluso en el color de las plumas que adornan el ros. Cada uno de esos pequeños detalles tiene un motivo, un significado, un presente y un final. Nada es casual en los atuendos militares.

Durante la II Guerra Mundial, el general George Patton -otra vez- tuvo que vestir el mismo uniforme que el resto de sus compañeros…. aunque bueno, con algún matiz. Mientras todos los oficiales llevaban la pistola reglamentaria – una Colt automática- Patton portaba en el cinto un revolver niquelado y con las cachas de marfil. Él era así.

El general “sangre y agallas”, como le llamaban sus hombres, falleció en Alemania tras sufrir un accidente de tráfico a las pocas semanas de acabar la guerra, así que no pudo ver el alumbramiento de la OTAN en 1949 (cuatro años después de su muerte), ni cómo sus distintos uniformes evolucionaron durante los años.

La Alianza Atlántica temía –y por eso nació- una ofensiva de miles de tanques soviéticos en Europa central, así que el primer uniforme de campaña de la OTAN fue fácil de diseñar: un camuflaje boscoso, de distintas tonalidades verdes, que permitiera a los soldados mimetizarse con la vegetación de la Selva Negra alemana, los bosques de Hallstatt en Austria o las Ardenas en Francia, Bélgica y Luxemburgo.

Cuando España ingresó en la Alianza en 1982 –ratificado en referéndum en 1986- nuestro ejército tuvo que abandonar su uniforme de campaña verde oliva -de un único tono- para vestir los colores boscosos de la OTAN.

El ataque del 11-S de 2001 a las Torres Gemelas cambió muchas cosas, una de ellas la uniformidad de la OTAN. La Alianza ya no temía un conflicto en Europa y los uniformes boscosos se sustituyeron por los de camuflaje árido. El despliegue en Afganistán primero, y en Irak después, modificó los colores de la guerra. Las tonalidades boscosas dieron paso a un baile de marrones arenosos y ocres difuminados con los que los soldados conseguían mimetizarse con las montañas afganas de Tora-Bora o los desiertos iraquíes.

Nuevas zonas de combate, nuevos países donde desplegar, nuevas amenazas que combatir, nuevos uniformes en definitiva. Hasta febrero de 2014. Aquel año, unos “hombrecillos verdes” sin parches en sus uniformes -pero que hablaban ruso a la perfección y que portaban armamento ruso- tomaron Crimea.

La pérdida de aquella península por parte de Ucrania puso a los países de la frontera este de la OTAN en máxima alerta. Los soldados de Polonia y las repúblicas bálticas sacaron de sus taquillas sus viejos uniformes verdes. Y toda la Alianza también, claro.

Ahora mismo, pues, tenemos a la OTAN con su uniforme árido en Oriente Medio y con su uniforme boscoso en Europa oriental. Los soldados de la Alianza necesitan taquillas más grandes en sus bases: dos tipos de mochilas, dos clases de uniformes, dos correajes, dos diseños de botas….

La ecuación es clara; a dos tipos de zonas de operaciones, dos uniformidades distintas. Pero, me pregunto yo ¿no hay más campos de batalla en el siglo XXI? Pues claro que los hay. Existe un cyber espacio –tan real como los bosques europeos y los desiertos orientales- donde ya se está librando una auténtica guerra.

Ahora mismo, mientras un soldado de la Alianza patrulla con su uniforme boscoso las fronteras del Este de Europa y otro instruye a soldados iraquíes en el desierto, hay un tercer soldado de la OTAN que -detrás de un ordenador- está intentando proteger a la Alianza de los cyber ataques.

Las comparaciones son odiosas y sería injusto hacer una competición para ver cuál de los tres te está dando más seguridad mientras lees estas líneas. Los tres –cada uno desde su puesto de combate- colaboran en la defensa de la Alianza.

Uno de verde, el otro de árido… ¿y el otro? ¿Qué uniforme lleva el tercer soldado? Pues yo me lo imagino en bata y pijama, sí. Se despierta en casa y mientras calienta su vaso de leche arranca el ordenador. Vierte dos cucharadas de café mientras pasa –una vez más- el antivirus, y con el primer sorbo comienza su combate en el teclado.

Desde allí, mientras se anuda de nuevo la bata, detiene un cyber ataque que intentaba dejar sin luz al hospital de campaña donde los heridos de uniforme árido se recuperan. Y todavía sin haber terminado su café, detiene en internet un virus que iba directo a sabotear el suministro de gas que calienta la base donde sus compañeros de uniforme boscoso patrullan a temperaturas bajo cero.

No sé qué habría dicho Patton si hubiera sabido que los soldados ahora pueden combatir en batín. “¿Y a mí no me dejaron ponerme un casco de fútbol americano?”. Son otros tiempos mi general, no se lo tome como algo personal.

*Experto en Seguridad y Geoestrategia.

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