Embajada: No toda innovación es un progreso

Cosas de los modernos y de ese empeño suyo en que todo lo nuevo es mejor que lo viejo

 Cuesta encontrarle el sentido a comprar algo en la otra parte del mundo cuando puedes encontrarlo en tu pueblo o en tu barrio.

Les cuento; tenía que comprar un aparato y me dejé convencer por mi hijo adolescente: “Eso en Amazon que es más barato”. Y así lo hice. Cuando ya lo tenía pagado, pasaron varios días y no llegaba. Como me corría prisa, tras cabrearme con mi hijo, fui a una tienda del barrio y lo compré. A la hora de pagar, el señor me dijo: “son 150, para usted 120”, con lo cual ya me resultó más barato que los 125 que me cobraban en Amazón.

El aparato llegó a casa quince días después. Ví que venía de Los Ángeles (9.000 Km). Lo devolví. Así es que el trasto vino de Los Ángeles a Valencia, tras pasar por un sinfín de vehículos contaminantes: aviones, coches, cintas trasportadoras. Llegó y volvió, otra vez: Valencia, Madrid, Londres, Nueva York, Los Ángeles y de ahí a la tienda del vendedor.

Quién ganó algo con esto. Nadie, sólo el dueño de Amazon, que ya tiene bastante con lo que tiene. Pero es que aún cuando no lo hubiese devuelto, ¿qué sentido tiene, en un planeta tan castigado como el nuestro, traer un paquete de Los Ángeles a Valencia, cuando lo tienes ya aquí?

En fin, cosas de los modernos y de ese empeño suyo en que todo lo nuevo es mejor que lo viejo. Toda innovación, por el hecho de serlo, es mejor que lo tradicional. Toda política nueva es progresista y por tanto mejor que la anterior. Y así vamos, de innovación en innovación. Por ejemplo, la de servirnos el café en vaso de plástico y con un palito de madera para remover el azúcar. Siglos de tradición para depurar la ceremonia de tomar un café, con su taza de porcelana, su plato y su cuchara de plata o latón, para que ahora lleguen cuatro listos de marketing y nos digan que lo suyo es mejor.

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