11 de agosto de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Unas elecciones gallegas y vascas con recado para Sánchez, Iglesias y Casado

Pablo Casado y Alberto Núñez Feijóo

Pablo Casado y Alberto Núñez Feijóo

El rotundo triunfo de Feijóo; la debilidad del PSOE y el hundimiento de Podemos convierten la doble cita electoral en un punto de partida de muchos cambios nacionales.

 

 

 

Alberto Núñez Feijóo logró su cuarta mayoría absoluta consecutiva en Galicia, un resultado siempre espectacular para cualquier partido y candidato pero especialmente en estos tiempos de fragmentación electoral.

Lo logrado por el candidato popular es de otro tiempo, y de ello da cuenta que nadie más, en toda España, pueda lucir un respaldo en las urnas tan abrumador en ninguna Comunidad Autónoma. Lograrlo con las mismas candidaturas en el centro y la derecha compitiendo y con una amalgama de siglas en contra dispuestas a coaligarse para desalojarlo de la Xunta; hace aún más destacable su logro.

Si Feijóo ya era una referencia para su partido, ahora ha de serlo para el conjunto de la política española. Y el PP ha de encontrar la manera de que cumpla su mandato electoral, que lo firma ahora para otros cuatro años en la presidencia gallega; sin dejar de ejercer un papel importante en España.

Porque la victoria de Feijóo supone varias cosas relevantes. De entrada, es un freno al nacionalismo periférico: nada le vendría peor al país que, en la antesala de nuevas tensiones territoriales en Cataluña, a los devaneos del País Vasco se le sumaran los de una Galicia gobernada por una alianza del PSOE, Podemos y el BNG.

Galicia, con una cultura y lengua propias del mismo valor que el de las otras dos "regiones históricas", es la viva prueba de que el desarrollo de su identidad es más pleno cuando se inserta en un idea común de España que cuando se transforma en una excusa para la ruptura.

 

 

Pero el efecto excede del ámbito estrictamente autonómico y lanza un mensaje sonoro a La Moncloa y otro al centroderecha: cuando éste no se divide, gana. Y cuando se fragmenta, facilita la presidencia de España al aspirante con menos escaños de la historia, intervenido por ello por una suerte de partidos dispuestos a apoyar a un precio insoportable para el país: la debacle de Podemos en Galicia y su debilidad en el País Vasco, unidas a la flojera del PSOE, convierten a Feijóo en una herramienta muy dañina para esa alianza.

Cuando más falta hacía afinar en la traducción de los votos en escaños; el centroderecha más ha atomizado sus apoyos, posibilitando que la suma interesada de diputados de todos los demás obtenga un botín político alejado, en realidad, de lo que representan en España.

 

Galicia da una lección muy clara, aunque compleja de traducir en decisiones prácticas una vez los partidos son, amén de una herramienta democrática, una maquinaria laboral y económica a la que pocos renuncian.

Pero si PP, Vox y Cs no entienden que allá donde no compiten suelen ganar o al menos mejoran, sea en Galicia o en Navarra con la única y estrepitosa excepción del País Vasco; decepcionarán a sus seguidores y eternizarán el control del poder de quienes, según ellos, representan un peligro para España. Si es esto cierto, los cálculos e intereses internos de cada formación no puede seguir prevaleciendo por encima de todo. 

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