01 de diciembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La enésima descortesía de Pedro Sánchez con Felipe VI con cientos de testigos

El presidente del Gobierno acumula silencios, errores y quizá hasta desplantes con el Rey, con una lista tan amplia ya como para descartar la mera casualidad.

 

 

Que el presidente Sánchez y, en general su Gobierno, haya tenido más detalles de cortesía desde hace tiempo con los representantes de Bildu en el Congreso que con el Rey de España, lo dice todo  del momento político que atraviesa el país.

Puede parecer un gesto menor, pero llueve sobre mojado y todo importa: el perfil oficial del presidente del Gobierno ignoró la presencia del Jefe del Estado en el simbólico acto de reapertura de la frontera entre España y Portugal, un país gobernado por la izquierda que ha gestionado con brillantez la pandemia por COVID, pese a tener menos recursos.

Y lo hizo después de que don Felipe tuviera que corregir a Sánchez en su enésimo error protocolario, ocurrido mientras ambos se hacían la foto de rigor en el puente de Badajoz que une a los dos países: el presidente, una vez más, quiso ocupar el centro de la imagen y el Monarca tuvo que corregirle de la manera más amable y sutil que las circunstancias permitían.

En otro contexto, quizá no resultaran tan relevantes ni dignos de análisis este tipo de episodios. Pero en el actual, y con los antecedentes, sí se antoja perentorio. Porque don Felipe, como símbolo de una Constitución que a su vez sintetiza la convivencia democrática de todos los españoles y la historia común que les une, es constante objeto de ataque de quienes repudian esos valores.

 

 

Y parte de ellos están en el Gobierno, completado por un partido como Podemos, capaz de defender o impulsar a quienes convocan caceroladas contra la Corona en plena epidemia o, antes y después, convierten la celebración de un referéndum republicano en una necesidad inaplazable.

Si a todo ello se le suma la falta de pronunciamientos públicos de Sánchez, su tibia defensa del orden constitucional, su incesante coqueteo con el separatismo y sus insólitas teorías de cómo debe organizarse en el futuro la cuestión territorial en España; la duda al respecto de la relación entre la Corona y el Ejecutivo está más que justificada.

¿Futuro recurso de distracción?

El contraste entre el afecto con el que es recibido el Rey allá donde va y la frialdad, cuando no la hostilidad, que acompaña a los miembros del Gobierno en sus escasos actos públicos, resuelve de momento el dilema en favor del primero.

Pero deja abierta una inquietante puerta a que el futuro del Rey pueda convertirse, en algún momento, en el recurso para distraer a la ciudadanía de los problemas mucho más graves que la acucian.

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