El Botànic ante la adversidad o cuando la amistad política se pone a prueba

De una amistad ´feliz´se ha pasado a una relación en la adversidad

De una amistad ´feliz´se ha pasado a una relación en la adversidad

En el campo minado de la actual crisis sanitaria, la estrecha relación entre PSPV, Compromís y Unides Podem de hace unos meses ha entrado en otra fase

"En la prosperidad, nuestros amigos nos conocen; en la adversidad, nosotros conocemos a nuestros amigos". Esta frase, de una lógica abismal, se atribuye al crítico literario y profesor británico John Churton Collins. En la adversidad social actual, la cita podría aplicársela cada cual a su situación y a sus relaciones. Eso ya forma parte de la esfera personal. En cambio, entra en el panorama público las ´amistades´políticas, aquellas que han contribuido a forjar los actuales gobiernos.

El actual Consell, sobre todo en lo que se refiere a sus dos socios preferentes: PSPV-PSOE y Compromís, lleva conviviendo casi un lustro. En el último comparte año esa cohabitación con un nuevo ´buen amigo´, Unides Podem, que ha pasado de ser un conocido cercano y con afinidades compartidas a formar parte del núcleo de la pandilla, del corazón de la lechuga.

Tres temas comunes

Hasta ahora la relación había fluido sin demasiados problemas bajo el paragüas compartido de la reivindicación de la financiación autonómica, del reparto de cargos y del enemigo común (el PP y sus socios en un hipotético gobierno alternativo). La situación había empezado a complicarse en el último año, después de cuatro en los que se caracterizaba por el hecho de que cada cual se dedicaba a sus aficiones o áreas de poder, sin meterse mucho en las del otro, por el adelanto electoral decretado al unísono por Ximo Puig y la concatenación de comicios en los que el PSOE ha mejorado su posición y sus dos amigos políticos han retrocedido. Todo ello con la crisis económica acercándose en la ya no tan lontanza.

Pero el panorama ha cambiado radicalmente desde aquella  concurrida manifestación del 8 de marzo en la que caminaban los tres unidos bajo el lema del feminismo, que forma parte esencial del argumentario político que los enlaza y del perfil de votante por el que compiten.

Aún no hace ni un mes de esa cita y ya han tenido que transitar por un camino de brasas candentes que comenzaron con aquella comparecencia conjunta (y de tanto desgaste político) de los principales representantes institucionales de los tres partidos para dar por pospuestas Fallas y Magdalena. Fue un inolvidable, por lo emblemático y doloroso, martes 10 de marzo.

Desde entonces, todo ha cambiado y la distancia parece comenzar a resquebrajar la amistad. Esa distancia que no obedece solamente al obligado metro y medio o dos metros de separación personal para evitar contagios; sino a la mental que marcan las posiciones diferentes. El afán de ocupar cargos relevantes parece que ha decaído cuando se trata de informar de cuestiones dramáticas o de dar la cara ante recortes a los derechos de la ciudadanía inasumibles en cualquier otra circunstancia.

Responsabilidad ineludible

El president de la Generalitat, Ximo Puig, por su propio cargo al frente de la Comunidad Valenciana, no puede eludir la responsabilidad, aunque trató de dilatarla al inicio de la crisis. Ni tampoco destaca ahora quien quiere que se la delegue, a pesar de que el elenco de vicepresidentes se ha duplicado en el Botànic II respecto al I. Incluso Puig ha tenido que ejercer plenamente su cargo de mandamás autonómico ante algunos despropósitos en las comparecencias diarias de alto voltaje de la consellera de Sanitat, Ana Barceló.

Esta última trata cada día de destacar rayos de sol donde apenas se atisba un destello de esperanza, si es que lo hay. Todo ello en una gestión que intenta vender externamente como transparente frente a la opacidad que practica por dentro, con advertencias en departamentos de salud a trabajadores para que no cuenten la realidad.

En esta complicada coyuntura más de un periodista ha preguntado al presidente de la Generalitat dónde está su otrora inseparable vicepresidenta, Mónica Oltra, la sempiterna aspirante de Compromís a ocupar su cargo. Puig, sin tantas florituras como otras veces, ha preferido despejar la pregunta en plena tormenta de críticas por los contagios en las residencias de mayores.

La gran noticia del yacimiento de Agost

Y Oltra, en este paraje de minas que su partido parece querer no pisar a toda costa, ha tratado de sacar cabeza, aunque fuera de refilón. Ha sido en la rueda de prensa posterior al pleno del Consell, donde tiene su protagonismo intocable. Allí se ha adelantado a las preguntas y ha aprovechado un inicio de disculpa -el de presumir escabrosamente, hace una semana, de que hubiera habido más fallecimientos en el pasado, con otros gobiernos-para afirmar que ha multiplicado por cinco el personal de servicios sociales en Atención Primaria. De este modo mete su cuña en la gestión de sanidad cuando podría vislumbrarse un destello en esta crisis y encuentra una brecha para desviar las críticas a su gestión en residencias de mayores.

Por si no fuera suficiente, la vicepresidenta ha sorprendido, en esa rueda de prensa semanal, con un amplio elogio del yacimiento del municipio de Agost, ahondando el cretáceo y el terciario y situándolo entre los tres más destacados de España en su categoría para explicar que el Consell haya decidido mejorar su catalogación.

Esa noticia de ´tanto calado´ procede del área que dirige su consellera más afín, la de su corriente y de coalición, Mireia Mollà. Para que quede claro que Compromís prosigue con su labor y con su argumentario por encima de esta crisis sanitaria que, por cierto, ha engullido el protagonismo que alcanzó meses atrás el vicepresidente segundo y candidato de Unides Podem, Rubén Martínez Dalmau. El tercer ´amigo´ de un grupo que parece cada día, en esta adversidad, más distanciado.

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