21 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿Qué fue de la cultura sin ira?

La pujanza creadora, los desafíos en educación o la desmovilización social son claves que se repasan en el libro 'Cuarenta años de cultura en la España democrática', de José-Miguel Vila.



Libertad sin ira, el himno de la Transición que popularizó Jarcha a partir de 1976, apelaba a la posibilidad de que los españoles pudieran ser al fin dueños materiales de su destino, vía urnas y leyes emanadas de su voluntad masiva y mayoritaria. Pero aquella canción también ponía fondo a la aspiración de que las expresiones artísticas se libraran de ataduras, que la educación adoptara criterios de modernidad y universalidad, que la ciencia adquiriera peso específico de país avanzado o que la pluralidad fuera la norma en los medios de comunicación.

Todas esas expectativas se han cumplido a medias, entre brillantes logros y fracasos descorazonadores. Y a repasar unos y otros, y arrojar una mirada al porvenir, se consagra el libro Cuarenta años de cultura en la España democrática (1977-2017) (Vivelibro), obra del periodista y escritor José-Miguel Vila (Cuenca, 1955) a partir de cuarenta entrevistas con personalidades del mundo de las artes, las ciencias y la gestión política e institucional.

 

José-Miguel Vila (diariocritico.com)

 “Hace tres años me puse a la tarea de tratar de reflexionar sobre qué había sido ido de la literatura, el teatro, las artes plásticas, la educación o la comunicación desde la llegada de la democracia, porque creo que los progresos culturales dicen mucho de progreso, en general, de una sociedad”, explica Vila, que echó mano de un recurso narrativo que ya había utilizado en otros libros suyos anteriores: componer un extenso testimonio a través de un coro de voces acreditadas. Y el resultado de esta conversaciones “dibujan un paisaje fidedigno de lo que han sido, en lo cultural, estas cuatro últimas décadas en esta España que, a pesar de todo, sigue buscando la salida del laberinto”, señala Miguel Pérez Valiente en el prólogo del libro, cuya publicación ha coincidido con los cuarenta años de las primeras elecciones democráticas.

Vila ha pretendido, además, ensanchar al máximo en su obra la ventana abierta a la cultura, incluyendo el diseño, la alta cocina o una materia tan controvertida como la tauromaquia, “porque le pese a quien le pese, forma parte de la cultura de este país”. Los recuerdos, las vivencias, las decepciones, las conquistas y los deseos para el futuro se alternan en los relatos recogidos en las entrevistas. Y en las conclusiones que se destilan de ellos se puede hallar de todo.

Para el autor, el mayor de los éxitos consagrados de estas cuatro décadas “es la libertad creadora y de pensamiento con la que han podido moverse nuestros artistas e intelectuales”. El aumento de las posibilidades de acceso y de difusión a los contenidos que proponen las nuevas tecnologías se adivina también entre las mejoras. Pero acechan demasiadas sombras. Los avances en educación y en ciencia no han sido los esperados; el mecenazgo de la administración en la promoción cultural es excesivo, en parte por la ausencia de la movilización privada o civil, y en general la actividad cultural no tiene ni el reconocimiento ni el apoyo social que merecería, “en un país con una historia, una riqueza artística y con una contribución a la cultura universal que ya quisieran otros muchos países; pero nuestro nivel cultural, en comparación, es aún muy bajo”. Y en el horizonte se entrecruzan nuevos nubarrones con la forma de la tremenda crisis en Cataluña cuyas repercusiones, en todos los órdenes, aún están por ver.

A ciegas

Por experiencia directa, además, José-Miguel Vila sabe de lo que habla y no ha parado de recopilar sensaciones y conocimientos a pesar de los desprendimientos de retina que lo dejaron prácticamente ciego a los 27 años. Como periodista se ha bregado en casi todos los frentes: desde la información pura y la divulgación en la agencia EFE, el periódico El Noticiero Universal, Radio Nacional de España u Onda Cero, o actualmente en la publicación digital diariocritico.com; a la labor en gabinetes de prensa como el del Ministerio de Cultura o la dirección de Comunicación en la ONCE. Y ha dado salida a su curiosidad y sus más variadas inquietudes en los libros Con otra mirada (2003), Mujeres del mundo (2005), Prostitución: Vidas quebradas (2008), Dios, ahora (2010), Modas infames (2013), Ucrania frente a Putin (2015) o Teatro a ciegas (2017).

Vivimos en un país con una historia, una riqueza artística y con una contribución a la cultura universal que ya quisieran muchos países. Pero nuestro nivel cultural es aún muy bajo”

Este último ha supuesto su “salida del armario” como crítico de teatro, su gran pasión desde casi la infancia, a pesar de su ceguera, una labor que lleva desempeñando en diariocritico.com desde hace casi cuatro años. Y en ese tiempo se ha convertido en uno de los más respetados de la escena madrileña, porque, al fin y al cabo, “¿te fías más de un amigo que va a al teatro de vez en cuando y que te recomienda una obra que le ha gustado o de una persona ciega que va hasta ocho veces por semana a ver representaciones, y que lleva más de media vida acudiendo a los teatros?”, pregunta Vila.

Y en este fervor por el teatro también encuentra una penúltima reflexión sobre la deriva de la cultura en estos cuarenta años: “Yo me enamoré del teatro gracias a un espacio en televisión llamado Estudio 1, que te permitía ver en horario prime time obras de Shakespeare, de Lope, de Ibsen, de Chéjov… con los mejores actores y actrices de nuestro país. Eso, hoy en día, sería inimaginable. La televisión es absolutamente prescindible, pese a sus inmensas posibilidades de divulgación y de enriquecimiento, desperdiciadas para un uso deplorable y pernicioso. Es una de las grandes oportunidades perdidas en una España que tanto luchó por los derechos individuales y la libertad”. Sin ira, por supuesto.

 

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