Lecciones de ciencia política

La moraleja de esta historia es simple: aquel partido que realmente desee tener vocación mayoritaria, deberá ser más flexible y dejar de lado buena parte del componente ideológico

La resaca electoral de los últimos dos meses de campaña es un momento para la reflexión y el análisis. En política, los hechos actuales tienden a traer causa del pasado, por ello, conviene hacer un poco de memoria.

Cuando un grupo joven, con un núcleo duro formado por politólogos y liderado por un medio desconocido Pablo Iglesias, vio en el movimiento del 15-M una oportunidad para capitalizarlo y encauzarlo de modo que no quedara en una protesta puntual, surgió Podemos. El panorama político español no volvería a ser lo mismo.

La base de ese Podemos primigenio, aunque con un fuerte componente de izquierdas, logró atraer también a personas poco sospechosas de comunistas militantes. En ciencia política es bien sabido que todo partido que aspire a obtener amplias mayorías, debe diluir ligeramente el componente ideológico en favor de políticas más realistas y moderadas.

Todo partido que incumpla con este precepto, termina topando con un techo electoral que será más o menos alto dependiendo del extremismo de sus medidas.

Fue cuestión de poco tiempo que esta amplia base comenzara a diluirse, pues Iglesias comenzó a hacer primar claramente objetivos ideológicos marcadamente izquierdistas y extremar su discurso con la cosificación del enemigo a batir. Lo poco que pudiera quedar de moderado en Podemos desapareció a base de sucesivas purgas y, finalmente, con la salida del principal opositor, antes compañero, Íñigo Errejón.

En las últimas municipales y europeas, complementando los resultados de las nacionales del mes pasado, las políticas de Iglesias han dado su fruto: la virtual desaparición de Podemos en diversas Comunidades Autónomas y la pérdida de todos los llamados ayuntamientos del cambio, salvo los que se alejaron de la marca.

Incluso Más Madrid, fuera del paraguas de Podemos y compitiendo de hecho contra ellos, ha obtenido un meritorio resultado en las municipales y Errejón se prepara para dar el salto con la creación de un partido de ámbito nacional.

Pero este voto moderado no volvió a los partidos tradicionales, al menos no todo. Los escándalos del Partido Popular y el desgaste socialista llevaron a ese votante relativamente centrista a buscar alternativas, que principalmente encontraron en Ciudadanos, un partido que poseía ya una cierta historia, pero no había acabado de despegar, y en el que se sentían cómodos tanto antiguos votantes socialistas como populares.

Esta pérdida de voto moderado debería haber sido tomada en consideración por un Partido Popular con nuevo liderazgo, pero Casado ha optado por reideologizar el partido, lo que nos lleva al mismo punto de partida: un techo electoral bajo. Cuando la antigua Alianza Popular fue refundada, tuvieron en cuenta esta lección, y en la siguiente década el joven Partido Popular alcanzaba el gobierno.

El batacazo habría sido menor de no haber sido porque, con años de diferencia respecto al resto de Europa, surgió una alternativa a la derecha del PP, aunque quizá deban alegrarse los populares de haber perdido ciertos votos, de cara a replantearse en el futuro el modelo de partido que desean ofrecer.

La moraleja de esta historia es simple: aquel partido que realmente desee tener vocación mayoritaria, deberá ser más flexible y dejar de lado buena parte del componente ideológico. A medida que la base de un partido aumenta, las posibilidades de que sus votantes discrepen con políticas del mismo, aumentan. Pero hay que entender esto como una virtud, no como un defecto. La democracia consiste precisamente en eso: la existencia de conflictos y de múltiples modos contingentes de afrontarlos.

La ausencia de conflicto en política tiene un nombre: dictadura.

*Politólogo y abogado.

 

 

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