26 de noviembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Un guardia civil a juicio por defender a una mujer de una agresión machista

Héctor, el agente acusado, asegura que volvería a comportarse igual.

Héctor, el agente acusado, asegura que volvería a comportarse igual.

El agresor y la víctima se encararon con él cuando intervino tras ver cómo un chico le daba un rodillazo en el abdomen a su pareja. ESdiario entrevista en exclusiva al agente, indignado.

 

Para comprender la esperpéntica historia que viene a continuación hay que repetir como un mantra una realidad jurídica de nuestro país: todo agente de la Ley tiene la obligación legal de perseguir los delitos de los que sea conocedor y no hacerlo podrá significar que incurre en un delito de omisión de la obligación de perseguirlos. ¿Esta claro verdad? Pues igual de claro lo tuvo el pasado mes de enero un agente de la Guardia Civil fuera de servicio que regresaba a su casa después de hacer la compra.

Sobra decir que los miembros de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado lo son 24/7. Cuando un chiquillo se atraganta y un agente lo salva en su tiempo libre, lo ayuda como policía a tiempo completo, y todos nos alegramos porque eso es lo que debe hacer.

Así que volvamos al caso que nos ocupa. Al protagonista de esta historia lo vamos a llamar Héctor, su condición de agente obliga a que salvaguardemos su identidad. De hecho, en la documentación a la que ha tenido acceso ESdiario solo se puede leer su número de carnet profesional.

Héctor regresaba a su domicilio sobre la hora de comer cuando se fijó en una pareja que caminaba hacia él. El agente los describe como chicos muy jóvenes, acierta a decir que de unos 18 años, y se fijó porque escuchó a la joven gritar: "Déjame en paz, no me pegues más, vete".

Héctor siguió caminando hacia ellos y permaneció atento a la escena. Lo siguiente que vio fue al joven sujetar a la chica, que no paraba de llorar, para después propinarle un fuerte golpe con su rodilla en el abdomen. Ella trataba de zafarse para evitar más golpes, pero el agresor se lo impedía.

Ante esta situación Héctor decidió intervenir. Lo primero que hizo fue dirigirse al joven para decirle que se detuviera, que no continuara golpeando a la chica. Además, como exige el reglamento, se identificó como agente de la Guardia Civil, pese a que no pudo acreditarlo en ese instante debido a la premura de la situación.

 

 

Sorprendentemente la primera que reaccionó fue la chica que estaba siendo víctima de los golpes gritándole a Héctor "tú no te metas", a lo que el agente respondió diciéndole que él había visto la agresión y que le podía prestar ayuda si la necesitaba.

Envalentonado por la reacción de la chica a la que estaba golpeando el agresor se encaró con Héctor: "Sí, le he pegado un empujón, ¿y qué?". El agente, lejos de arredrarse hizo lo que debe hacer, recriminar al agresor de la chica su comportamiento y recordarle que lo que él mismo acababa de ver era constitutivo de un delito de violencia de género. La respuesta del agresor estuvo a la altura de su comportamiento: "Eres muy chulo tú para ser policía".

Lamentablemente la experiencia nos demuestra que en este tipo de situaciones las palabras antes o después dejan paso a la violencia física. Y este caso no fue una excepción. El agente insistió en que su condición le legitimaba para actuar e impedir más agresiones a la chica. Lo siguiente fue un nuevo intento de agresión, pero esta vez contra el guardia civil.

El agresor de la joven levantó el brazo contra el guardia a lo que este reaccionó con un movimiento reflejo y mil veces entrenado: paso atrás, brazo adelante y tratar de conseguir distancia entre el agresor y uno mismo. El movimiento implicó que la mano del agente impactara contra el rostro de su agresor. Inmediatamente él y la chica se calmaron.

Héctor valoró que por el momento no parecía que hubiera más agresiones en el horizonte, pero él seguía obligado a denunciar lo que había presenciado, así que como no tenía su teléfono encima y no había nadie alrededor a quien recurrir, decidió ir a su domicilio para llamar a la Policía. Mientras lo hacía, de repente, escuchó como alguien aporreaba llamaba a golpes a la puerta de su domicilio.

 

Precavido, a través de la mirilla de la puerta, pudo ver a un grupo de siete personas, entre ellos el agresor y la chica agredida, todos detrás de un tipo de unos 50 años, calvo, que mientras golpeaba la puerta con los puños gritaba "maricón, como te coja te reviento". Sin duda el líder de la algarada era un familiar adulto al que el joven maltratador le había ido con el cuento de que un policía le había pegado.

Héctor mantuvo la calma, habló con la Policía y a continuación puso en conocimiento de sus superiores en la Guardia Civil lo que había sucedido. Todos convinieron en que Héctor hizo lo que estaba obligado a hacer, bueno, casi todos.

Al joven agresor se le detuvo y se le acusa de un delito de malos tratos, sin embargo, durante su declaración, dijo haber sido agredido por un agente fuera de servicio. Esta acusación debería haber sido dirimida por el juzgado de violencia de género pero acabó como una denuncia distinta por la que ahora Héctor se enfrenta en pocos días a un juicio en el que le agresor de la chica lo acusa de un delito de lesiones leves, con una condena de uno a tres meses de multa.

Un contrasentido

El mundo al revés… al agresor ni siquiera lo acusan por atentado a agente a la autoridad. Héctor se encuentra tremendamente decepcionado con la situación y así se lo ha relatado a ESdiario.

"A mí lo que menos me preocupa es la multa o el hecho de que un agresor de una mujer me acuse. Lo que me preocupa es este tipo de fallos en el sistema. Por una parte mi condición de guardia civil me obliga a intervenir pero si ahora me condenaran a mí me supone una falta grave en mi hoja de servicios. Eso para un agente implica desde pérdida de remuneración, hasta cambio de destino o incluso puede llegar a una suspensión".

En cuestión de días Héctor sabrá qué recorrido tendrá la denuncia que el agresor de una mujer interpuso contra él. Será el precio de cumplir con su deber, la obligación de no poder mirar a otro lado mientras una chica es golpeada. Pase lo que pase él lo tiene claro: "Me condenen o no, eso no supondrá ninguna diferencia para mi manera de actuar… si volviera a suceder me comportaría exactamente igual".

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