09 de abril de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La obscena doble vara de medir a los políticos españoles según su partido

Es un peligro para la democracia sustituir la separación de poderes y el procedimiento por macrojurados populares que enjuician todo con una doble vara de medir obscena.

  

 

La exigencia de un comportamiento ético, estético y legal a la clase política dirigente es un requisito básico de las sociedades modernas, una premisa innegociable cuyo cumplimiento es obligatorio y no especialmente meritorio: no es tanto una virtud como un punto de partida para poder consagrarse a la actividad institucional.

En ese sentido, la opinión pública, a menudo guiada o exhibida al menos sobre todo en televisión, ejerce una especie de poder regulatorio higiénico si se desarrolla en parámetros normales, pero inquietante si actúa desde el maximalismo o la injusticia. Y uno de los principales indicios de que esto último pueda ocurrir es la aplicación de una doble vara de medir en función de la identidad ideológica del afectado.

Que ésta proceda de la distinta sensibilidad y capacidad de movilización de una parte de la sociedad, tradicionalmente orientada hacia a la izquierda; o de la intensidad oscilante que la televisión pone a cada caso según el partido político señalado, es irrelevante: lo cierto es que el examen no es el mismo, las 'notas' que se piden no son iguales y el resultado que se pone es antagónico.

Los tribunales 'sociales',  incluso cuando tienen razón, son un peligro de la democracia, pues diluyen la separación de poderes y anulan el procedimiento

La dimisión de Cifuentes, tan inevitable como lógica, es un ejemplo de libro. A la presidenta de la Comunidad de Madrid se la sometió a un escrutinio feroz, se la puso un foco de intensidad extrema y se presentaron sus errores -de bulto- como una causa excluyente innegociable. Nada que objetar si ése es el nivel para todos.

Un contraste obsceno

Pero no lo es. Al mismo tiempo se juzgaba a dos expresidentes del PSOE y de Andalucía por uno de los mayores escándalos de corrupción de la democracia -el baile de más de 800 millones de euros con los Eres- sin que nadie se sintiera tan ofendido por los hechos; y en el propio caso de Cifuentes los mayores adalides de su defenestración fueron un inhabilitado por falsear un trabajo concedido a dedo en la Universidad de Málaga, Íñigo Errejón; otro sorprendido especulando con un piso de protección oficial logrado con ayudas inexplicables, Ramón Espinar; y otro más que maquilló su propio currículo consignando una licenciatura en Matemáticas que no tenía, José Manuel Franco.

 

 

El contraste entre el trato dado a la expresidenta y al resto es obsceno, tanto como lo sería 'indultar' a cualquier dirigente del PP por el mero hecho de serlo. Algo que, felizmente, nunca ocurre, sino todo lo contrario: son sonados los casos de Camps o Barberá, culpables de los peores comportamientos ante la opinión pública pero absueltos o ni siquiera procesados de ellos ante los tribunales.

La vara de medir tiene que ser la misma para todos o s delata como una herramienta de derribo indigna

Una parte de la culpa de ello la tiene el propio PP, anegado de corrupción con casos tan escandalosos como Gürtel, Púnica o Lezo, sin duda; e incapaz de dar la respuesta reformista necesaria que de verdad requieren los hechos. Pero hay otra que atiende más a la naturaleza del sistema mediático, a las herramientas demagógicas que emplea la oposición y a la implantación en España de unos modos medievales como supuesta solución a los excesos y abusos de cualquier poder constitucional.

Los tribunales 'sociales', juzguen lo que juzguen incluso cuando tienen razón, son un peligro de la democracia, pues diluyen la separación de poderes y anulan el procedimiento, como garantía esencial del Estado de Derecho, para sustituirlo todo por una especie de 'jurado popular' hegemónico que aplica la 'verdadera' ley y corrige los 'errores' de los poderes originarios.

Desde la sentencia de 'La Manada' -tan indignante como apelable- hasta el linchamiento de Cifuentes; casi todo responde en la España actual a esa peligrosa tendencia a celebrar Autos de Fe, antorcha en mano, para arreglar los desperfectos del sistema y lograr la verdadera justicia.

Populismo para todo

Que los beneficiarios máximos sean dirigentes políticos que, en muy poco tiempo, ya han protagonizado escándalos o bochornos tan grandes como Iglesias, Errejón o Echenique; lo sugiere todo del impulso germinal de esta lamentable tendencia: el populismo elige siempre causas ciertas -la crisis, la corrupción, la igualdad- para presentarlas de manera simplona y utilizarlas a su antojo apoyándose en su evidente componente emocional.

 

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