La ciudad no es para mí. Rebajas

Estas fechas ponen en entredicho al propio Marx cuando sostiene que los gustos del pueblo son los de la clase dominante. Al menos parcial o temporalmente. La lectura comprensiva de las rebajas como una suerte de democratización del poder adquisitivo de los españoles –véase el alborozo por la falda de 12 euros de Doña Letizia- que elude lo exclusivo y enaltece lo ordinario, es una de las razones.

La otra, tal vez más cierta, que los gustos del pueblo son los que dicta la clase dominante. Don dinero.

Me gusta cuando se llaman oportunidades. Es una denominación más elegante, o menos humillante. Más proactiva. No es que te rebajen nada. Eres tú el que encuentras una oportunidad.

Y no conviene rebajar las oportunidades.

No es de extrañar esta primera coincidencia entre María José Catalá y Sandra Gómez, acerca de lo inoportunas que están resultando las decisiones municipales de movilidad urbana.

Les invito a revisar otras, las tome quien las tome, más estructurales. El evidente retraso en las obras de espacios públicos tan importantes como la Plaza de la Reina, la de Brujas y el entorno de la Lonja, incluso la del Ayuntamiento, discurre a la vez que un depósito improvisado de cachivaches urbanos se va haciendo costumbre en un deterioro apreciable de la calidad del espacio urbano. De la escena urbana que dicen los más sofisticados. O los más cínicos.

No quisiera yo que los valencianos nos acostumbráramos a este desorden, como nos pasa con esa caja de cartón que se aloja para siempre en el recibidor de una casa. Ya hemos tenido bastante. Es de esperar que nuevas políticas urbanas remedien buena parte de las ocurrencias que nos hemos ido encontrando.

Por no hablar de esos eventos puntuales, el mercadito de braguitas baratas en plena Plaza del Ayuntamiento o la payasada de las magas. Ni de prohibiciones o falta de autorización o compromiso con tradiciones enraizadas.

Rebajas urbanas que reducen nuestras oportunidades ciudadanas en una Valencia que se degrada –Cabanyal incluido- mientras su primer edil se afana en ingeniar opacidad administrativa contra la oposición, o en ocuparse del metro en vez de la EMT.

Una Valencia segura y saludable, conceptos no sólo compatibles sino complementarios en sus acepciones en positivo, pasa por la definición de su forma. Y ella depende tanto de la arquitectura que la construye como de la calidad del espacio público.

Y de esos espacios de transición, in between, público-privados, que tanto tienen que ver con la convivencia –enhorabuena y gracias, Señor, por aceptar el premio Broseta- y la calidad ambiental.

De lo que está bien lejos esta decidida estrategia que rebaja la ciudad.

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