15 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Madridista del Barça

Sergi Roberto, el héroe de la histórica victoria del Barça.

Sergi Roberto, el héroe de la histórica victoria del Barça.

Sufrir con la victoria del enemigo más que con las derrotas propias es una mal endémico en los equipos segundones. Y yo tenía entendido que el Real Madrid es un equipo campeón.

A estas alturas de la película ya deberías saber que escribo y digo lo que me sale de los huevos. Y sí, también me expreso como me apetece: a veces educado y formal, otras malhablado y barriobajero. Tampoco vine aquí a casarme con nadie. No lo necesito. Mi profesión no es esta. No tengo por qué congraciarme con ningún deportista, ni hacer la pelota a un periodista, ni tengo que hacerle favores a nadie, ni quiero que nadie me los deba. Digo todo esto para que quede claro que digo lo que me apetece en cada momento. ¿Cuál es el problema? Para mí, ninguno. Para los que me leen habitualmente ya supone más estrés y desconcierto seguir a alguien que a veces dice que lo que quieren oír y otras, por contra, justo lo opuesto.

Este es el único lugar desde el que se puede opinar hoy en día: tu trinchera, tu cueva, tu madriguera, tu secta



El otro día presenciamos cómo un equipo remontaba nada menos que un 4-0 adverso en nada menos que una eliminatoria de Champions League. Algo histórico. Brutal. Irrepetible. Sobrehumano. Admirable. ¿Cuál es el problema entonces? El problema es que ese equipo es el Barcelona de los pies. Y yo, como madridista confeso, no debería menearme de la trinchera. Porque este es el único lugar desde el que se puede opinar hoy en día: tu trinchera, tu cueva, tu madriguera, tu secta. Y si te sales de ahí, te dispararán por todos lados.

Era imposible. Pero lo hicieron posible entre todos: genialidades de los futbolistas, errores de los árbitros y un ridículo espantoso del equipo rival



Hice bien hace años, no muchos, en tratar de coger perspectiva con el fútbol. Deporte, este, que como ya sabéis lo considero infecto y multitóxico. El fútbol es como un aspersor gigante que expulsa mierda. Hice bien, como digo, porque ahora, desde mi recién adquirida posición de no ultra puedo disfrutar de las proezas de otros. Fue un momento épico. El partido iba 3-1 para el Barcelona y necesitaba tres goles para pasar. Era imposible. Pero lo hicieron posible entre todos: genialidades de los futbolistas, errores de los árbitros y un ridículo espantoso del equipo rival. ¿Y qué? ¿Es menos gesta por ello? ¿Deja de ser histórico? ¡Que acaban de meter seis goles!

Reducir los deportes colectivos a acciones puntuales cuando el resultado ha sido tan abultado es demencialmente absurdo

Reducir los deportes colectivos a acciones puntuales (y aunque sean algo más que puntuales) cuando el resultado ha sido tan abultado es demencialmente absurdo. El Barcelona montó un ambiente terrible en su estadio, avasalló al rival y mereció el premio final. Y os voy a confesar que me pareció tan bestial lo que estaba viendo… que hasta deseé que llegara al sexto gol. No diré que lo disfruté, pero sí fue una mezcla entre admiración y envidia y, desde luego, nada de sufrimiento. Sufrir con la victoria del enemigo más que con las derrotas propias es una mal endémico en los equipos segundones. Y yo tenía entendido que el Real Madrid es un equipo campeón.

No puedo con la hipocresía, en serio. Es superior a mis fuerzas. Los madridistas, justo dos semanas antes celebrábamos como locos una Copa de baloncesto que tendrá de por vida un gran asterisco por el campo atrás no pitado en cuartos de final. ¿Y qué? ¿Dejamos de disfrutar por ello? ¿Acaso no mereció el Madrid ganar porque era el mejor? ¿Es que el madridismo no hubiera disfrutado de una remontada así aunque fuera con tres penaltis injustos y dos goles en fuera de juego? Venga ya.

Los madridistas, justo dos semanas antes celebrábamos como locos una Copa de baloncesto que tendrá de por vida un gran asterisco por el campo atrás no pitado en cuartos de final



Lo que pasa, una vez más, y al final tendréis que darme la razón, es que el deporte del balón entre los pies está lleno de fanáticos, de ultras muy locos que nada ven más allá de su aliento. Que se toman el deporte como una continua guerra, en ocasiones literal, y a los que les cuesta mucho respetar todo lo que se salga de la opinión de su parroquia. Y lo que pasa es que el Madrid lleva pregonando con las remontadas históricas más de tres décadas, y la última vez que vi yo al Madrid con un 4-0 adverso fue contra el Alcorcón, y resulta que en el partido de vuelta no fuimos capaces de meterle más de un gol. Al Alcorcón. En Copa del Rey. Al Alcorcón. El Real Madrid. Al Alcorcón.

En fin, enhorabuena al Barcelona y a los barcelonistas. Y enhorabuena al fútbol, porque suele ser un deporte bastante plano y aburrido para mí, pero este miércoles nos regaló una noche para la antología. Ojalá muchas más. Y ojalá la duodécima, que seguro que todavía habrá muchos despistados que se pensarán que por escribir lo que acabo de escribir significa que soy un madridista disfrazado, un culé de cuna o un Valdano de tres al cuarto.

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