29 de septiembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Marcial Martelo

    Límite 140

    Twitter, frecuentemente culpable de grandes ocasiones perdidas para callar, termina proporcionando los retratos más inesperados, pero también más fieles, en forma de 140 caracteres. El mejor camino para leer los rastros que dejan las prisas, la concisión obligada y la imprudencia. 

Pase lo que pase, Ciudadanos gana

Rajoy no hará todo esto porque quiera evitar la repetición de las elecciones (que no lo quiere), sino porque sabe que hay un tonto útil dispuesto a hacerle el trabajo sucio de provocarlas.

CiudadanoVille: "Esperamos de la reunión de mañana lo que no hemos obtenido hoy: una respuesta clara ➡️ sí o no".

“Vuelve el hombre”. Probablemente, el 9 de agosto pasado este viejo anuncio de colonia volvió al recuerdo de más de un votante de Ciudadanos en su versión, sin duda menos rancia, de “Vuelve Ciudadanos”. Esa tarde, Albert Rivera había anunciado en rueda de prensa la disposición de su partido a negociar su apoyo a la investidura de quien había recibido del Rey el encargo de formar gobierno. Y, lo que es más importante, las condiciones que tendría que cumplir el PP para conseguirlo.

Como es sabido, el precio exigido al PP se repartía en dos plazos. Uno primero consistente en unas seis primeras curas de urgencia para desinfectar la herida nacional de la corrupción (desde la expulsión de los corruptos y el fin de su impunidad vía indulto, hasta la supresión de los privilegios judiciales de los políticos y la imposibilidad de su eternización, pasando por la investigación parlamentaria del caso Bárcenas y la conquista de un auténtico derecho de sufragio pasivo y de la igualdad de voto de todos los ciudadanos). Primer plazo a pagar de inmediato como condición previa sine qua non para sentarse a negociar el acuerdo de fondo de la investidura.

Y un segundo plazo, de importe a acordar entre las partes, pero que por la parte de Ciudadanos era evidente que su mínimo innegociable se calcularía atendiendo a sus tradicionales reivindicaciones: la liberación de la justicia de su servidumbre política, el control, la transparencia y el adelgazamiento de la Administración; una hoja de ruta consensuada para lograr un gran plan nacional de educación abierto al PSOE, y unos mínimos irrenunciables de justicia y modernización fiscal. En definitiva, la conocida agenda reformista y regeneradora con la que Ciudadanos acudió a las urnas y por la que más de tres millones de españoles confiaron en él.

¿Rectificación de su discurso o pura ejecución de la segunda fase de una estrategia planificada al detalle desde el 26-J? En realidad, qué más da. Lo que queda -y lo único que importa- es el acierto de Ciudadanos recuperando la iniciativa y, con ella, el protagonismo político. Y, lo que es sin duda mucho más importante, su propia identidad: “Para hacer la guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y más dinero”, decía Napoleón; sustitúyase “dinero” por “regeneración” y ya tendremos las tres cosas que justifican la existencia de Ciudadanos.

Por esta razón, a partir de ahora, pase lo que pase, Ciudadanos ganará siempre:

Si el PP rechaza esas seis condiciones previas, su consideración pública como una organización definida por unas insuperables voluntad y pasión por delinquir será inevitable. Y si las acepta, pero rechaza las elementales reformas de fondo exigidas por Ciudadanos para apoyar la investidura, será igualmente inevitable su retrato público como un partido decidido a no sanar un sistema rediseñado por sus gestores para encubrir su propia corrupción y, en su consecuencia, como un partido manifiestamente incapaz de salvar nuestro régimen de libertades de los totalitarismos que cabalgan a la grupa de esa corrupción con la meta puesta en su destrucción.

La imagen que Ciudadanos lograría conquistar en ambas hipótesis sería la de un partido de Estado, dispuesto a salir de su zona de confort como mero espectador pasivo

Por su parte, la imagen que Ciudadanos lograría conquistar en ambas hipótesis sería la de un partido de Estado, dispuesto a salir de su zona de confort como mero espectador pasivo, arriesgándose por el bien de su país (evitar unas terceras elecciones) a comprometerse con el buen fin de una función que tiene a otro como protagonista. Imagen que incluye, como es obvio, su exoneración de toda responsabilidad por la repetición de las elecciones, que pasaría a recaer íntegramente sobre el PP.

O sea, Ciudadanos gana.

Si el PP acepta unas y otras, Ciudadanos no sólo habrá protagonizado el único paso relevante dado desde el 26-J para evitar unas terceras elecciones (a la espera de lo que decida el PSOE), sino que -y esto es lo más importante- habrá demostrado con creces la utilidad de los votos que se le dieron, recordando a sus votantes por qué confiaron en él el 26-J y por qué tienen motivos para seguir confiando: porque Ciudadanos habría demostrado ser el único partido con la convicción, voluntad y capacidad necesarias para vencer al inmovilismo suicida del PP, poniendo por fin en marcha la imprescindible regeneración de nuestro sistema, adulterado hasta la náusea en forma de concentración de poderes, patrimonialización de la Administración y clientelismo.

O sea, Ciudadanos también gana.

Si el PP acepta las reformas, pero, una vez lograda la investidura, son obstaculizadas o puestas en peligro por la falta de colaboración del PSOE (la falta de entusiasmo del PP la damos por hecha), Ciudadanos tendrá la ocasión de convertirse en el adalid de su defensa, clamando y luchando por ellas, y explicando a los españoles su necesidad, en definitiva, el porqué la supervivencia de nuestra libertad pasa por la regeneración de nuestro sistema. Una vez más, iniciativa y protagonismo para Ciudadanos.

O sea, Ciudadanos vuelve a ganar.

Y si el PP las acepta, pero el PSOE frustra la investidura manteniendo su voto negativo, las consecuencias serían la suma de todas las anteriores, más una: la asunción por el PSOE del rol de responsable de las terceras elecciones.

Ciudadanos vuelve a ganar.

Que qué es lo que al final ocurrirá. Este miércoles, Rajoy nos ha regalado un adelanto: ha explicado en tono de esclarecedora y definitiva declaración institucional que el Comité Ejecutivo de su partido le ha autorizado para negociar con Ciudadanos, pero que de las condiciones exigidas por éste -por otra parte, el motivo de su convocatoria- ni se ha hablado.

Rajoy en estado puro, a la búsqueda de hacer perder los nervios a su adversario.

Es decir, don Mariano en estado puro: marear la perdiz despistando desde la solemnidad más absurda, vaguedad hasta el aburrimiento y condescendencia con un punto de prepotencia; y todo ello a la búsqueda de hacer perder los nervios a su adversario.

En todo caso, aventuro que, si bien intentará dilatarlo lo más posible, al final terminará aceptando las condiciones impuestas y llegando a un acuerdo de investidura con Ciudadanos.

Pero Rajoy no hará todo esto porque quiera evitar la repetición de las elecciones (que no lo quiere), sino porque sabe que hay un tonto útil dispuesto a hacerle el trabajo sucio de provocarlas. Es decir, sabe que Pedro Sánchez se mantendrá en el “no”. La razón es sencilla: entre la cesión a Podemos del liderazgo de la izquierda que supondría la abstención, y el coste político de asumir la responsabilidad de unas terceras elecciones que supone el “no”, Sánchez prefiere esto último. Y es que para don Pedro abstenerse y no suicidarse políticamente en favor de Podemos equivale a lograr la -imposible- cuadratura del círculo.

Obviamente, la cuadratura no es tal. Bastaría con que el PSOE se plegase a la abstención, exigiendo como condición la sustitución de Rajoy por un candidato virgen del PP. Todo en una misma jugada: imagen como partido de Estado responsable, gracias a evitar la repetición de las elecciones; y conservación del liderazgo de la izquierda, gracias a apuntarse el tanto de la cabeza de Rajoy.

No obstante, el problema para España es que, aunque quedase algún cerebro entre los colaboradores de Sánchez que apuntase esta salida, Rajoy no la aceptaría por muy flagrante que fuese el sacrificio de los intereses de su país.

La razón es la de siempre: en Mariano Rajoy la conservación del poder hace mucho tiempo que ha dejado de ser una opción meramente política, para convertirse en una cuestión de política penitencia.

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