El ciudadano Rivera que ha pasado de dirigir un partido a vender su ejemplar

El ex presidente de Ciudadanos promociona su libro exculpándose de la ruinosa herencia electoral que dejó a su partido y sin mostrar simpatías hacia su sucesora

Albert Rivera ha vuelto con la misma autocomplacencia con la que se desenvolvía durante su etapa de presidente de Ciudadanos, y en especial con la que le guió en su desprecio continuo al PSOE en el fatídico semestre (para su partido) que transcurrió entre abril y noviembre de 2019. En esos seis meses la forma de gestionar Rivera sus 57 diputados provocó el hundimiento de su formación hasta los diez actuales.

En su gira de esta semana por distintos medios para presentar su ´hagiografía´, titulada ´Un ciudadano libre´, Rivera se presenta continuamente como el artífice único de la creación y del impulso de Ciudadanos, y considera que su caída se debe a la estrategia de comunicación y mercadotecnia del presidente del gobierno.

Incluso, ante la recurrente pregunta de por qué no pacto, busca igualmente responsables externos y achaca toda la culpa a Pedro Sánchez, de quien dice que tenía claro que quería convocar nuevas elecciones y que sus socios preferentes serían Unidas Podemos y la retahíla de partidos nacionalistas que le prestan su apoyo. Más aún, si le aprietan llega a afirmar que trató de pactar, y hace referencia a ese simulacro de intento, que sí constituyó una estrategia fallida de mercadotecnia de última hora, en septiembre.

Todo autocomplacencia. Sin asumir culpa alguna de una situación, la actual, que podría haber cambiado si Albert Rivera hubiera permitido que Ciudadanos pactara con el PSOE. Sí, comprendo que a una persona acostumbrada a dirigir un partido con la mano férrea con la que lo hizo y a la que distingue su carácter "ambicioso", como se define, escuchar que cantaran "con Rivera no" a Pedro Sánchez al aparecer en la noche electoral le dolería en lo más profundo de su ego.

Con Rivera no

Más aún viendo cómo el presidente del Gobierno sonreía y daba la razón a quienes entonaban ese cántico. Por cierto, quien lo inició consiguió dar un vuelco a la historia de España. Si no se hubiera producido ese griterío, quizás hoy habría un gobierno de PSOE y Ciudadanos.

Supongo que aquella noche Rivera acabaría de poner la cruz al líder socialista y de acumular el desprecio que luego rebosaban sus palabras cuando hablaba de "la banda de Sánchez" y dirigía, en el mismo congreso, un discurso que supuraba indignación hacia el presidente del Gobierno. 

Ese "con Rivera no" fue demasiado para Albert. Aunque atribuya el desastre al que su enfado condujo al partido al marketing de Pedro Sánchez. Si realmente ese fuera el motivo real  y su táctica hubiera dado esos jugosos frutos, el presidente del Gobierno habría acaparado gran parte de los 47 escaños que perdió Ciudadanos. Pero no fue así. El PSOE incluso retrocedió. Los que crecieron fueron PP y Vox y en muchos casos no por sufragio directo de ex votantes de Cs, sino porque estos últimos prefirieron no acudir a las urnas o se inclinaron por terceras o cuartas opciones.

Si en abril de 2019 Ciudadanos alcanzó los 57 escaños no ocurrió porque Rivera dijera que pactaría con el PP, ya que esas alturas, después de tantos vaivenes de su partido y de haber negociado previamente con Pedro Sánchez para desbancar a Rajoy o de gobernar en Andalucía con el PSOE, nadie se lo creía.

Las razones del voto a Ciudadanos

Cs logró un enorme respaldo porque existe un nicho verdaderamente centrista del electorado -menos ruidoso que el extremista-, por el tirón personal y telegenia de Rivera y de Inés Arrimadas, e, igualmente, porque un número bastante elevado de españoles quería una opción diferente a la que representaban Pablo Casado o Pedro Sánchez. Desde luego, una alternativa constructiva, no que se dedicara a mantener el bloqueo.

Si Rivera fuera tan patriota como se vanagloria de serlo en cada entrevista, se hubiera esforzado más por pactar con el PSOE, aunque únicamente se debiera a ese sentido del patriotismo del que presume, a no dejar España en manos de nacionalistas y independentistas, como sucede en la actualidad.

No hubiera aceptado esa primera negativa que, según dice, le propinó Pedro Sánchez y lo habría intentado de nuevo. Quedarse en un NO inicial cuando había tanto en juego parece una pobre intentona por parte de alguien "ambicioso" y con su capacidad de convicción. Sus 57 diputados, sumados a los 123 del PSOE, alcanzaban una mayoría absoluta que hubiera cambiado la situación de España. Pero en la mente de quien podía dar el paso todavía coreaba el "con Rivera no".

Las consecuencias actuales de la inacción de Rivera

La inacción de Albert ha provocado directamente lo que con tanto énfasis critica ahora, que Pedro Sánchez necesite el respaldo de ERC, PdeCat, Bildu y un largo etcétera. Podría haberle bastado el de Ciudadanos. Pero la animadversión entre los líderes de ambos partidos se impuso. Al final, dos egos subidos abocaron a España a unas elecciones y cambiaron el escenario previo a una ¿impredictible? pandemia.

A pesar de todo esto, Rivera continúa apareciendo sonriente en cada entrevista, con su libro sobre la mesa del plató, afirmando que duerme de maravilla, que es feliz y que la culpa del hundimiento de su partido, que dirigía con brazo inflexible, se debió a una acción de marketing que no supo contrarrestar.

Con total exculpación. Pagado de si mismo. Sin el más mínimo atisbo de disculpa a los alrededor de dos millones y medio de españoles que le votaron en abril y que dejaron de hacerlo únicamente seis meses después, el tiempo suficiente para sentirse defraudados en sus expectativas, para que Ciudadanos les decepcionara. Posiblemente una plusmarca histórica de  pérdida de confianza de un partido en tan escaso espacio cronológico.

El relevo de Arrimadas sobre el que no se pronuncia

Excusatio non petita, accusatio manifesta. Esta alocución medieval podría definir los gestos y las palabras de Rivera cuando, indefectiblemente, le preguntan por cómo ve ahora Ciudadanos con su relevo presidencial, Inés Arrimadas. Se limita a responder que prefiere no opinar para no interferir en la libertad de la actual presidenta del partido y que mantienen una buena amistad personal. Sin más.

Sin elogios a la persona que le ha sustituido ni muestras evidentes de simpatía hacia un partido que, como tanto recalca, él creó de la nada. Esa falta de respaldo público da a entender, justamente, lo contrario, que desaprueba lo que están haciendo sus herederos políticos con el pobre legado que les ha dejado tras dilapidar una enorme herencia en apenas unos meses de disparatada inacción política.

Y ahora tienen que gestionar esos restos ruinosos cientos de cargos autonómicos, provinciales y locales acuciados por la incertidumbre actual y por las dudas sobre el futuro inmediato. Mientras, Albert Rivera sigue promocionando, con la más resplandeciente de sus sonrisas, 'Un ciudadano libre'.

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