16 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Querido árbitro

Me gustaría poder tomar una cerveza contigo tras cada partido, que tú me digas lo paquete que soy porque no meto una y que yo te pueda decir con confianza que no vales ni para tomar por saco

Querido árbitro.

Sé que leíste con mucha atención las cartas que les escribí a mis padres y a mi entrenador. En ellas te defendí. Te defendí porque creo que tu labor es muy difícil de llevar a cabo y también porque soy un firme defensor de la opinión de que todo lo que dice un árbitro en una cancha es ley. Pero no pienses que te vas a ir de rositas.

Tu labor, como te acabo de decir, es la leche de difícil, y sabemos que en el fondo es imposible no imprimirle un tanto de subjetividad a tus decisiones. Hay unas normas comunes y luego cada árbitro obra en consecuencia. Pero hay una cosa que no soportamos los jugadores: esas variaciones de criterio tan grandes de un árbitro a otro. Acciones que con unos son pasos, con otros no lo son; contactos que con unos son falta, con otros pueden ser hasta pasos; diálogos que con unos se pueden tener, con otros son técnica solo por mirar. Es injusto. Es injusto porque se supone que hay un reglamento común, pero cada partido, al final, depende mucho de las filias y las fobias de cada colegiado.

También quería decirte que no has de actuar con prepotencia y chulería. Tienes la sartén por el mango. ¿Por qué te pones tan nervioso a veces? Si crees que alguien ha cometido alguna acción antirreglamentaria, pita en consecuencia, ¿qué sentido tienen las amenazas y el tono justiciero? Sé que nosotros no lo ponemos fácil, que, además, nuestro entrenador te está buscando las cosquillas cada vez que ve oportunidad y que, para más inri, mis padres no paran de gritarte inútil desde la grada. Todo esto debería cambiar. Pero tú no eres nuevo y sabías dónde te metías. Tranquilo. Pita lo que veas y ya está. Sé un buen jefe, no un tirano. Si alguien se dirige a ti de malas maneras, sanciónalo, no le permitas ni una salida de tono, pero tienes que valorar un poco a los que tratamos de dialogar pausada y coherentemente.

El ser humano se equivoca, es nuestra naturaleza. Nos equivocamos mucho, continuamente. Y lo hacemos todos. Tú también. ¿Sería muy grave que algún día lo reconocieras? ¿No crees que es peor que la gente especule con conspiraciones, amaños y privilegios? Yo veo más sencillo que reflexiones un poco después del partido, que reconozcas que te equivocaste en esto, en aquello y en lo de más allá. Eso te humanizaría y te acercaría más a la gente normal. O, por ejemplo, a veces sois varios árbitros en la pista y tú eres perfectamente consciente de que tu compañero ha metido la gamba pero prefieres no corregirle no sé si por corporativismo, por protección, por pena o por mantener ese áurea de que los árbitros sois dioses que nunca os equivocáis y que estáis por encima del bien y del mal. No pasaría nada, vas, le dices que tú lo has visto mejor y que se ha equivocado. Reunís a los capitanes o a los entrenadores, lo explicáis y todo sigue su curso.

Si queremos mejorar la imagen que proyecta el deporte hacia el mundo exterior todos tenemos que poner de nuestra parte: padres, jugadores, entrenadores y árbitros. Todos podemos aportar nuestro granito de arena. Si solo cambia uno de estos grupos, no valdría de nada. Es más, si solo cambian tres de cuatro, tampoco serviría. Tenemos que cambiar todos. El respeto tiene que ser multidireccional.

A mí me gustaría poder tomarme una cerveza contigo después de cada partido, que tú me digas lo paquete que soy porque no meto una y que yo te pueda decir con total confianza que no vales ni para tomar por culo. Y que a partir de ahí nos retroalimentemos y el día siguiente seamos mejores.

Un abrazo.

Un jugador muy malo.

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