01 de abril de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La Navidad de Monseñor Aguirre en el corazón de las tinieblas

Juanjo Aguirre, Obispo de Bangassou.

Juanjo Aguirre, Obispo de Bangassou.

En la República Centroafricana, uno de los cinco países más pobres y violentos de la tierra, desangrado por una guerra de lustros, está el Obispo de Bangassou, un hombre bueno y respetado.



Caminando por este Madrid de luces navideñas y masas de gente con bolsas llenas de regalos, me suena el whatsapp.

Es mi buen amigo (así lo siento en la distancia) Juan José Aguirre, Obispo de Bangassou, desde la República Centroafricana. Devuelve mi felicitación: “Estoy en Obo, salgo de una misa en un campo de refugiados sudaneses y he venido al HCR (Alto Comisionado para los Refugiados) para conectarme”.

Me manda las fotos de un grupo de refugiados y de una niña, de mirada profunda, saboreando hasta el infinito un simple chupa chups. Así vive Juanjo Aguirre la Navidad. Pegado a la fe que ha guiado su vida.

La Navidad en África es calurosa. Les invito a que busquen Obo, cerca de Sudán del Sur, en Maps. Advertirán que monseñor Aguirre me escribe desde uno de los rincones más perdidos y desamparados del planeta: la República Centroafricana, uno de los cinco países más pobres y violentos de la tierra, desangrado por una guerra de lustros y aprisionado entre los ríos de sangre, también, de Chad, Sudán del Sur y República Democrática del Congo.

Un lugar perdido de Dios, pero no de las grandes superpotencias y corporaciones del mundo, que financian generosamente guerrillas alimentadas de odio religioso o tribal para dominar los inmensos recursos naturales que atesoran y que nosotros necesitamos para nuestros móviles, nuestras luces navideñas LED o nuestros coches eléctricos anti cambio climático, tan de moda.

 

 

Monseñor Aguirre lleva décadas allí. Sus ojos han visto todo el sufrimiento y la maldad posible del ser humano. Patear África da una visión especial del mundo que ningún geo-estratega supera. Puede hundirte en el escepticismo y la desesperanza total. Se lo aseguro.

Monseñor Aguirre lo tiene claro: “El petróleo y los coches de gasolina se acaban y, tras los “diamantes de sangre” o las guerras del coltán para los móviles, en África se libra ahora la batalla por controlar los recursos necesarios para la producción masiva de coches eléctricos”. Esa es su visión.

Conocí a Aguirre hace años, estando en Telemadrid. Su testimonio impactaba a la audiencia, que nos lo hacía notar. Aguirre es de formas suaves, pero de verbo implacable, “aunque he aprendido a ser prudente porque luego lo pagan con mis curas y monjas”. “La guerrilla islamista -afirma- está armada y financiada por Arabia Saudí y Emiratos. Es vergonzoso ver a clubs de fútbol españoles con esos logos en sus camisetas”, habiendo decenas de miles de muertos y más de un millón de desplazados.

La guerra en la República Centroafricana lleva la firma terrorífica de la guerrilla islamista Seleka, que ha conquistado buena parte del país a base de poblados enteros arrasados, violaciones masivas y públicas y ejecuciones y asesinatos a discreción.

Contra ella, luchan un estado incapaz y otra guerrilla, los Antibalaka, justicieros asesinos de todo musulmán que se cruza en su camino. En medio, miles de cascos azules de la ONU, tan inútiles como en otros lugares del planeta, acusados de violaciones y abusos. El propio Aguirre se lo contó a la cara a Antonio Guterres, secretario general de la ONU, en su visita al país hace dos años. Le abordó en el aeropuerto a punto de volver a Nueva York y le contó cómo los soldados marroquíes (no eran los únicos) violaban a las mujeres y niñas que debían proteger.

Monseñor Aguirre es referencia escuchada, respetada y odiada por los actores de esta guerra

La República Centroafricana es hoy una orgía de sangre y odio, sin frontera entre la vida y la muerte; un festín de crueldad, de mujeres violadas (incluidas monjas), de familias y poblados masacrados, de niños soldados sedientos de sangre y de mercenarios de todo origen y condición haciendo fortuna.

Y en mitad de aquello, monseñor Aguirre, con apellido de evangelizador vasco, pero de Córdoba; no muy grande de tamaño, pero sí en determinación y valentía. Monseñor Aguirre es referencia escuchada, respetada y odiada -al mismo tiempo- por los actores de esta guerra.

Aguirre ha hecho frente no solo a la guerra; también, al hambre y al SIDA que diezman África. Ha construido hospitales y escuelas y su mente no para de crear proyectos de educación y convivencia para que las nuevas generaciones puedan vivir olvidando. Le ayuda, desde España, la Fundación Bangassou.

Desde hace dos años y medio, monseñor Aguirre tiene a más de 1.000 musulmanes refugiados en su misión. Familias enteras a las que salvó de una muerte segura y cruel a manos de los Antibalaka y que ellos le pagaron con saqueos y rapiña. Con todo, allí siguen.

Aguirre ha hecho de escudo humano más de una vez en esos caminos perdidos de África donde quedas a merced de la suerte o la Providencia. Las balas por ahora le han respetado, aunque su corazón ya le ha dado algún toque de atención.

La última vez en Madrid, le pregunté si no tenía miedo a morir. “No”, me dijo. “Dios ya conoce mi hora. Cuando me quiera llamar, estoy preparado”. Y afirma sin dudar, como tantos otros como él que conocí en África: “Soy feliz entregando mi vida como misionero; si volviera a nacer, volvería a serlo”.

Por cierto. ¿Quieren saber lo que le dijo Antonio Guterres tras concederle “cinco minutos no más”, a pie de pista, para escuchar su denuncia sobre los cascos azules marroquíes violando mujeres y niñas?. “¡No me diga! Qué disgusto se va a llevar el rey de Marruecos si se entera”. Y se subió al avión y se fue.

Así está el mundo. ¡Feliz Navidad, monseñor!

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