12 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

ETA desaparece, las razones que la impulsaron siguen vivas

La derrota de ETA sólo será completa si incluye la de sus causas y sus herederos políticos. Honrar a las víctimas y avergonzar a los verdugos es un acto de decencia inaplazable y constante.

 

 

ETA fue derrotada hace tiempo por sus casi mil víctimas mortales, símbolo heroico de la resistencia del Estado de Derecho a dejarse doblegar por una banda terrorista mafiosa que durante 43 años provocó un inmenso dolor y dejó decenas de miles de de heridos, exiliados y extorsionados en el camino pero no logró su objetivo.

Que ahora anuncie su disolución para el mes de mayo y, antes, emita un comunicado pidiendo perdón -vergonzosamente- a una parte de sus víctimas -ofendiéndolas a todas por ello- es irrelevante: no tenía otra opción y, de tenerla, que renuncie a ella no merece el más mínimo reconocimiento. Obviamente es una buena noticia la desaparición de la mayor máquina de matar  y coaccionar que ha conocido la democracia española, pero no puede ser tomada como una concesión a cambio de nada ni, mucho menos, obtener el más mínimo agradecimiento.

ETA ha sido derrotada a efectos de violencia. Pero las causas 'políticas' que la impulsaron siguen vigentes y en las instituciones

Sólo faltaría que, por dejar de matar, hubiese que pagar un precio, humillante para los muertos, indigno de una democracia decente y legitimador de las andanzas y barbaridades de esta inhumana jauría que sólo ha provocado dolor y vertido sangre.

Valorar el fin definitivo del terrorismo no significa que haya que pasar página, ni mucho menos, pues la huella de ETA sigue vigente, de algún modo, de manera muy evidente e incluso al margen ya de la banda: sus amigos están en las instituciones y sus herederos políticos distan mucho de sentir vergüenza por su trayectoria.

Vergüenza y repudio

¿Se imagina alguien a los nietos de los nazis orgullosos de sus abuelos? ¿O gobernando instituciones cruciales de Alemania con el apoyo de cientos de miles de votantes? Si allí es imposible es porque el legado de aquel horror es percibido con bochorno y repudio, algo que dista mucho de ocurrir en una parte de España y refuerza la necesidad de escribir un relato correcto del terrorismo que, a la vez, inocule una vacuna en próximas generaciones.

 

Si algún país debía estar vacunado contra el separatismo es España por el terror que inspiró. El caso catalán demuestra que no lo está

Todo lo que sea blanquear la historia o tolerar que la herencia política de ETA sobreviva sin oposición equivale a destruir el martirio de sus víctimas y avala la posibilidad, siquiera remota, de que vuelvan a utilizarse las armas como herramienta de consecución de objetivos de toda clase. 

El fin real del terrorismo vendrá cuando, además de acabar con la violencia, se derroten las causas que la impulsaron y nadie, ni en el País Vasco ni en el resto de España, considere legítimo lograr la independencia a cualquier precio. Si algún país debía de estar vacunado contra el separatismo es España, y el caso de Cataluña demuestra hasta qué punto eso no ha ocurrido y evidencia cuán necesario es escribir un final decente a la etapa protagonizada por ETA.

Eso sólo se logrará poniendo en primer lugar a las víctimas, cuyo martirio sólo puede tener una mínima compensación si se convierte en el valeroso testimonio de un Estado de Derecho resistente a los desafíos e infinitamente agradecido con las personas que asumieron la tarea en primera persona. La aclaración de los más de 300 crímenes etarras sin resolver es, en ese sentido, una obligación inaplazable.

Las víctimas, siempre

La otra es no obligar a nadie a aceptar un perdón tardío e incompleto, denigrante incluso cuando se remite a una parte de los muertos y se sigue considerando a otra, básicamente los servidores del Estado en cualquier ámbito, como una desagradable consecuencia de un conflicto legítimo en el que el sufrimiento para algunos era una consecuencia del propio.

Y finalmente, queda una tarea que corresponde a todos, pero especialmente a la sociedad vasca: de haberse interiorizado bien la maldad repugnante de ETA, sus cómplices políticos no hubieran sido nunca más beneficiarios electoralmente que los amigos de las víctimas. Y lo han sido, tanto en el País Vasco como en Navarra. Esa vergüenza dice muy poco de los valores de una parte no menor del pueblo vasco y lanza un mensaje al conjunto de la sociedad española al respecto del relato que, ahora más que nunca, hay que imponer y defender.

 

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