14 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El PP necesita terapia de choque y no creer que los votos de Cs y Vox son suyos

El PP no es el propietario de los votos de Cs y Vox, y para recuperar su pulso ha de entender por qué ha dejado de serle útil a la mayoría que siempre obtuvo y qué puede hacer al respecto.

 

 

El PP ha cosechado el peor resultado de su historia, con una debacle de votos y escaños que no solo le ha alejado del poder, sino que también pone en entredicho su hegemonía en el centroderecha, indiscutible desde la desaparición de UCD.

Su irrelevancia en Cataluña y País Vasco o su derrota en Madrid ante PSOE y Ciudadanos añaden al fracaso coyuntural una dimensión inédita que excede del mal resultado ocasional y amenazan su futuro como nunca. Solo Galicia y Andalucía resisten el deterioro y evitan que Cs, por primera vez, le haya adelantado en ese amplio ámbito ideológico que, desde el centro liberal a la derecha conservadora, siempre supo reunir en su entorno.

Centrar el debate en la continuidad o no de Pablo Casado es ocioso. Aunque él sea el máximo responsable, el daño es mucho más intenso que la identidad del líder y no se solventa con un relevo precipitado. El candidato popular ha asumido en persona un castigo que tiene raíces más profundas y no se solventa con el recambio de un dirigente recién llegado, aunque de prolongarse en las inminentes Elecciones Autonómicas y Municipales será más difícil sostener su continuidad.

La victoria de Sánchez

La pregunta que debe hacerse todo el PP es por qué, pese a que sociológica y electoralmente España se ha situado desde hace años en el centroderecha, el PSOE se ha hecho con la victoria con un resultado engañoso: la suma de socialistas y Podemos ha retrocedido en porcentaje unas décimas con respecto a 2016 y el empate de bloques el 28A ha sido absoluto; pero sin embargo la sensación de triunfo pletórico de Sánchez se ha extendido como la pólvora.

Desde luego que la división del voto entre tres formaciones explica la prima electoral para la izquierda y la falta de traducción en escaños de ese apoyo por el centroderecha; pero esa certeza no se contesta echándole la culpa al votante por haber elegido a Cs o a Vox, sino analizando por qué ambas formaciones son de repente necesarias para electores que se han sentido huérfanos con el PP.

El PP no es propietario de los votos llegados a Cs y Vox y ese mensaje es insuficiente para recuperar su crédito

Y adoptando las medidas necesarias, externas e internas, para recuperarle o encontrar la fórmula de relación y entendimiento con los otros dos partidos, que también deben hacerse una pregunta en voz alta: ¿Cómo piensan resolver la evidencia de que, con sus votos conjuntos, hubieran logrado este domingo la mayoría absoluta en lugar de una derrota sin paliativos frente a una izquierda con los mismos apoyos que en 2016?

El PSOE tuvo en Podemos lo que ahora el PP tiene doblemente con Cs y Vox, lo que complica su horizonte, pero ésa es una realidad con visos de perdurar que no se solventa considerándose propietario de unos votos por definición volátiles y en todo caso libres.

Preguntas sin respuesta

¿Qué ha hecho el PP para dilapidar el formidable respaldo social que siempre tuvo? ¿A qué personas ha elegido, desde los municipios hasta su dirección nacional, para encarnar esa propuesta política? ¿La regeneración ha sido cosmética o abordada con la intensidad y humildad debidas? ¿Anteponer el debate sucesorio a la resistencia al asalto de la moción de censura no restó credibilidad a ese mensaje crítico?

Son muchos los enigmas que ha de resolver el PP. Y entender que no tiene un derecho de pernada sobre millones de votantes es un primer paso: si el partido fundado por Fraga sigue sin estar a la altura, los españoles ya tienen otros espacios en los que cobijarse. Demostrarles, con hechos y decisiones reconocibles y coherentes, que esa mudanza no es necesaria, es el primer de sus retos. Y hasta ahora no lo ha enfocado con la claridad y el acierto exigibles.

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