11 de julio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Casado pone a Sánchez ante el espejo de su ineficacia en el momento más trágico

Pablo Casado y Pedro Sánchez

Pablo Casado y Pedro Sánchez

El líder del PP vive una situación endemoniada que está resolviendo con éxito: mantener una posición de Estado sin pasar por alto las negligencias de un Gobierno superado.

 

 

La manoseada unidad empieza a hacer aguas. Pedro Sánchez ya tiene el aval del Congreso para prorrogar quince días el estado de alarma en las mismas condiciones del que aún está en vigor. Pero este miércoles se ha topado en el hemiciclo, casi vacío, apagado como nunca, con un frente crítico con su gestión. Era lo lógico.

El jefe de la Oposición, Pablo Casado, lo ha encabezado. No tenía otra. El presidente del PP, moderado y ecuánime en estas semanas convulsas, está en una situación endemoniada. Vive un difícil equilibrio entre el respaldo comprometido, por responsabilidad de Estado, en la lucha contra la pandemia, y  la obligación de denunciar el cúmulo de errores del Gobierno. Han sido tantos. Se ve a los ministros de Sánchez tan superados. Hay tantas insolvencias gubernativas cuando más se necesitaba  la eficacia.

Tan es así, que en los ambientes socialistas empieza a darse por perdida la batalla de la opinión pública ante la mayor crisis que ha podido afrontar un Gobierno español. Con ese espíritu afrontan la emergencia incluso los más fieles al presidente. Las continuas comparecencias de Sánchez no logran desactivar la impresión de que va a remolque de los acontecimientos. Al revés.

Las "mordazas"

Las estudiadas apariciones públicas que diseñan los guionistas de La Moncloa transmiten una confusión directamente proporcional a su obsesión por el marketing político. Y ello, aún con la prensa ausente. Las preguntas de los medios se formulan con anterioridad, pasando el filtro de la propia Secretaría de Estado de Comunicación, que opta por una selección cómoda para los intereses del Gobierno. En democracia no deberían caber las “mordazas” ni siquiera en el estado de alarma que vivimos.

Pero, es lo que tiene vivir, como Sánchez, permanentemente atento a reducir en lo posible el abismo entre él y la ciudadanía. Sin embargo, lo único que está consiguiendo con su gestión es acrecentar la indignación de la gente, por mucho que La Moncloa crea que sus males se arreglan subiendo al líder al atril a soltar mítines envueltos en retórica emocional.

 

 

El pecado original de haber priorizado las concentraciones del 8M sobre la seguridad de los españoles es una rémora de peso insoportable. De hecho, con la enfermedad en plena ebullición, cuando el ciudadano más tiende a buscar seguridad en sus gobernantes, la valoración de Sánchez no deja de caer. “Cuando  las aguas de la crisis sanitaria empiecen a regresar a su cauce, el desagrado con el Gobierno se disparará”, avisa un experto demoscópico.

Por si esto no fuera suficiente, el líder socialista se ve atado por las grescas de su coalición. Sus “socios” son los más desleales. Aprovechan el río revuelto para desatar sus obsesiones: empresas privadas, bancos o, incluso, “los borbones”.

 

En el peor momento, al Gobierno se le amontonan las discusiones. Pablo Iglesias y los suyos, a golpe de filtraciones (sea sobre el ingreso vital, sea sobre la suspensión del pago de los alquileres), obligan a Nadia Calviño y María Jesús Montero a alertar permanentemente sobre decisiones que pueden suponer un volumen tan ingente de gasto que sea imposible superarlo.

Ya se sabe: si se elige a gobernantes imbuidos en el pernicioso ideologismo, luego, cuando las cosas vienen mal dadas, en lugar de políticos válidos encontramos a los mandos a puros chamanes.

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