24 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Es inadmisible que Rufián cobre un sueldo del Congreso al que insulta

El comportamiento violento de Rufián es una agresión a los ciudadanos inadmisible. Exige la sanción máxima y el aislamiento que Sánchez no le dio: su voto le ha hecho presidente.

 

 

 

La democracia es muchas cosas, pero también liturgia, entendida ésta como un respeto escrupuloso no sólo a la ley y al reglamento, sino también a la educación, al procedimiento, a las buenas formas y el decoro que se merecen los ciudadanos, representados aquí por los diputados y senadores de (casi) todos los partidos.

El enésimo numerito montado por Gabriel Rufián en el Congreso, secundado por otro compañero de ERC igual  de pendenciero que llegó a escupir al ministro Josep Borrell, no ofende en exclusiva a los receptores de sus diatribas -que sin duda también-, sino que lo hace al conjunto de los españoles que sostiene, con sus impuestos, a una clase política económicamente privilegiada que a menudo, lejos de solventar problemas existentes, crea otros nuevos.

Lo más lamentable es que, lejos de estar aislado, el voto de Rufián hizo presidente a Pedro Sánchez

Y por ello ha de tener un castigo ejemplar, el máximo que administrativamente se puede, incluyendo desde luego la retirada de los cuantiosos emolumentos de un diputado que apenas tiene actividad parlamentaria, es soez y agresivo hasta la extenuación y además no cree en lo que representa la Cámara que paradójicamente le sostiene con un salario casi diez veces superior al SMI.

Un respeto

Es intolerable, pues, que a Rufián le salga gratis, pues con ello se estimula la degradación del debate parlamentario, se lanza un mensaje antipedagógico crispador a la sociedad y, además, se le falta el respeto a la propia Cámara. Si no pasa nada cuando un vulgar agitador incurre en absentismo laboral, insulta a sus señorías y desprecia lo que representa el Congreso, ¿cómo no se va a extender esa misma actitud al conjunto de la arquitectura democrática española?

No basta ya con expulsarle de una sesión, como hizo con acierto Ana Pastor pese a las insólitas protestas de Podemos. Ni tampoco con denunciar esa actitud si, a continuación, se mantiene su estatus y se aprovecha su voto para hacer prosperar cualquier iniciativa parlamentaria.

Ha de pagar el precio razonable que semejante actitud reclama, so pena de contagiarse del descrédito que sin duda el personaje tiene para una abrumadora mayoría de ciudadanos. Y éste ha de ser personal, vía emolumentos, pero también político.

Es una burla que un diputado que insulta y no cree en España cobre casi diez veces el SMI a la vez

Porque el voto de este individuo fue decisivo, por ejemplo, para hacer presidente del Gobierno a Pedro Sánchez, que logró así de ERC el respaldo que no le habían concedido los electores en las urnas. Y porque alguien así, por cómo se comporta y por lo que representa, no puede orientar la acción gubernativa de un país que se respete a sí mismo.

las mismas cuentas que cabe pedirle a Ana Pastor si limita la respuesta institucional a un simple tirón de orejas; hay que reclamárselas a La Moncloa por servirse del apoyo de un sujeto así y de todos los diputados que la acompañan y jalean. Otra cosa no se entendería.

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