02 de junio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Por qué el 8M, y todo lo demás, debió prohibirse: allí comenzó el drama

Irene Montero y Carmen Calvo, ambas enfermaron

Irene Montero y Carmen Calvo, ambas enfermaron

Consentir todo tipo de eventos masivos para no tener que anular el 8M fue una decisión política, en contra del criterio sanitario, que ahora pagamos como nadie en Europa.

 

 

En pleno encierro por esta pandemia que asola al mundo, especialmente a España (tercer país con mayor número de casos, más que China y solo por detrás de Estados Unidos e Italia, según los datos más recientes de la prestigiosa Universidad Johns Hopkins de Baltimore), la crítica hacia la respuesta del Gobierno de España ante la epidemia ya no es una cuestión nacional.

Aquí aún quedan algunos medios que sobreviven sin caer en la perversión de las líneas editoriales  por el poderoso influjo de la publicidad institucional y su concesión, en un denodado esfuerzo del poder ejecutivo por mancillar el genuino periodismo, para convertirlo en puro clientelismo, sino que la prensa extranjera también está tomando nota de España y de su forma de encarar esta cuestión.   

Sin ir más lejos, The Guardian publicó hace unos días un crudo retrato de la actuación del ejecutivo de Sánchez, preguntándose, con lógica británica (sí, con la inquina del Peñón, pero con razón, qué quieren que les diga), si se podría haber minimizado o evitado que ocupemos ese terrible puesto en la lista de países afectados, además de las medidas que se están adoptando, que pasan de la improvisación al absoluto bochorno cuando se contrasta cómo en Italia, a menos de 800 kilómetros de nuestra frontera, estaba eclosionando un brote de este virus de gran magnitud.

Y en España estábamos paseando tranquilamente, celebrando manifestaciones espoleadas por el propio Gobierno, partidos de fútbol y mítines políticos. 

Cuando mucha gente levanta la voz contra Sánchez, Iglesias y Montero, en orden jerárquico, no solo por permitir, sino por alentar y movilizar a las manifestaciones del 8M; y cuando, escasa semana después, se impone un confinamiento único en nuestra historia reciente, la respuesta de no pocos adeptos a tal causa -bien señalo adeptos, porque son acríticos con su propio movimiento, incoherentes e incluso, tendentes a una especie de manía persecutoria, que recuerda a los más fervientes creyentes de algunas sectas-, es que tal crítica constituye una persecución al “feminismo”.

 

No lo lleven por ahí. Se debió prohibir, muchos días antes de adoptar el decreto del Estado de Alarma, manifestaciones y congregaciones humanas que, con los datos en la mano, han dado lugar a una expansión tan imponente de la enfermedad, como para que la propia vicepresidente Calvo y la ministra Montero, se encuentren en la lista de personas afectadas por la enfermedad; e incluso, hasta el propio Dr. Simón, el portavoz técnico y cara visible de la coordinación contra el coronavirus en España. 

Sánchez vaticinó que un Gobierno así provocaría insomnio. Es la única vez que ha dicho la verdad"

El problema de prohibir los partidos de fútbol o las manifestaciones del 8M, era, exclusivamente, una cuestión de “mala imagen”. Y ello, para un gobierno que vive solo de proyectar hologramas, porque sus mensajes no trascienden de ser meras ilusiones ópticas, que se desvanecen como un oasis en el desierto, podría suponer un descontento general de su ala radical, con Iglesias al frente, que ha descubierto en el feminismo un filón, una herramienta más de su elenco, para “instrumentalizar el dolor”, siempre con las encuestas en su cabeza.  

Cuando estos días, voces críticas -y sensatas- del socialismo, como el manchego García Page, afean al Gobierno su incoherencia en el tratamiento de esta pandemia, siempre hay plañideros de toda estirpe profesional, defendiendo a capa y espada al Gobierno, “manque pierda”, con escasa altura argumental.

Se mueven, como sierpes, en esa devoción propia de quien espera, con un pie en su despacho oficial y otro en la tertulia política, que se cueza su puesto en el ejecutivo. Ya sabe, a veces, a fuego lento; otras, al rojo vivo. 

Encerrados y pensando

Este virus nos obliga a estar encerrados. Ahora bien, nos concede tiempo para pensar. Lo que habitualmente, no tenemos o nos negamos a hacer, por la comodidad de digerir directamente lo que otros nos seleccionan y degluten. Sería prodigioso que esta horrible situación permitiera depurar moralmente nuestro sistema, y nuestra escala de valores. Los tiempos difíciles retratan a la gente, especialmente, a quienes están bajo el foco. 

Algunos de sus votantes hoy, empiezan a entender por qué Sánchez les vaticinó que, un gobierno como el actual, llevaría al insomnio del presidente, y del 95% de los españoles. Quizá haya sido la única vez que haya dicho la verdad.

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