Brrexit: el fin de una era

Resulta manifiesto que la actitud británica en las instituciones europeas no se ha distinguido por la franca colaboración, sino por una actitud esquiva y de recelo ante el proyecto europeo

Hoy es el día: los británicos se despiden de las instituciones europeas y comienza un periodo de impasse hasta el 31 de diciembre en que, se supone, se alcanzarán acuerdos satisfactorios sobre las condiciones del divorcio con la Unión Europea.

Ciertamente resulta mucho suponer, dado el absoluto desbarajuste y sudar sangre que ha supuesto siquiera decir claramente (y tampoco con tanta claridad, dadas las circunstancias) que se iban finalmente.

 

La serie de la BBC de principios de los años ochenta, Yes, Minister (Sí, Ministro), que narraba magistralmente los entresijos del funcionamiento real del gobierno británico, fue de una honestidad brutal en lo relativo a la actitud inglesa respecto a Europa y puede darnos una pista de la línea de acción que piensan seguir.

 

En la serie, mediante ingeniosos diálogos, se aprecia cómo los británicos, dejando al margen un sector pro-europeo siempre débil y desmovilizado, han llevado a la práctica una particular adaptación de la máxima "mantén cerca a tus amigos pero aún más cerca a tus enemigos" y se han mantenido conveniente cerca de sus "amigos" para poder torpedearles y dividirles desde dentro.

 

Resulta manifiesto que la actitud británica en las instituciones europeas no se ha distinguido por la franca colaboración, sino por una actitud esquiva y de recelo ante el proyecto europeo. Si ingresaron en la UE, fue por una cuestión de oportunismo económico, al no haber obtenido de la Commonwealth la influencia y réditos deseados de su antiguo imperio colonial.

 

Dicho lo anterior, todos estos años formando parte, en ocasiones a regañadientes, del proyecto europeo, ha creado una nueva generación de británicos que han conocido los beneficios de un mercado común, con libertad de movimiento y establecimiento y una espectacular mejora del nivel de vida, a quienes verdaderamente duele en el alma esta separación. No eran lágrimas de cocodrilo las de los europarlamentarios británicos, sino un sentimiento real.

 

A sensu contrario, el resto de europeos ha conocido y apreciado a los británicos, pese a sus peculiaridades y tendencia a ciertos excesos en las zonas de costa del mediterráneo. Quizá sean los europeos continentales los que son más conscientes a día de hoy de todo lo que se pierde con la marcha de Gran Bretaña. No sé si les echarán de menos, pero seguro que notarán su ausencia.

 

Pese a que quienes votaron a favor del Brexit podían tener en mente volver al esplendor imperial de los textos de Kipling, incluso ellos pueden acabar lamentando su decisión, porque nada vuelve más pragmático que verse empobrecido; empobrecimiento que avalan las propias previsiones del gobierno británico.

 

Estamos ante el verdadero fin de una época. Sólo queda desear que sea temporal y no conduzca a la desintegración territorial de Reino Unido, que en su intento de desunir Europa puede acabar tomando una desagradable dosis de su propia medicina. Estemos atentos al Ulster y Escocia.

*Abogado y politólogo

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