15 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Pascual Tamburri

    Ruta Norte

    Pascual Tamburri nació en Pamplona y vive Navarra. Es licenciado en Filosofía y Letras, en Ciencias Políticas y en Derecho, doctor en Historia Medieval y profesor de Instituto. Ha investigado y publicado más de dos décadas y sigue creyendo que hay futuro para España y sus campos.

Perdón a las víctimas de Méndez y elegía por la Selectividad perdida

Un Bachillerato de calidad da a un país potencia cultural a largo plazo. Lo contrario del cretinismo económico denunciado por Gramsci. ¡Qué diría de la España de 2016!

Un Bachillerato de calidad da a un país potencia cultural a largo plazo. Lo contrario del cretinismo económico denunciado por Gramsci. ¡Qué diría de la España de 2016!

La PAU de 2016 será la última Selectividad. Wert prometió y legisló un cambio a mejor. Pero ahora resulta que las mal llamadas reválidas no son tales. Hemos engañado a una generación.

Acabamos de poner las notas a segundo de bachillerato (el mínimo Bachillerato castrado que creó la LOGSE y nadie ha cambiado desde 1990), y un mundo entero se nos viene abajo. No es ya la tristeza alegre del adiós y el hasta siempre de las jóvenes esperanzas de cada año, sino algo más: nos prometieron que las cosas cambiarían, y en lo que han cambiado lo han hecho a peor, a más de lo mismo, a más basura derivada de las leyes socialistas siempre impunes. Es la tristeza de haber sido víctimas y cómplices de una estafa que nadie denuncia.

Siento comprobar, en este fin de curso, que el barón de Claret no ha cumplido. Hombre de honor, por origen, por familia y presumía que por entorno, en el Ministerio los intereses de su grupo de amigos dentro de su Partido han pesado más que sus deberes institucionales. LOMCE sí, pero menos, y menú libre para las autonomías para que no cumplan lo poco que de la Ley queda y para que sigan chuleando al Estado e imponiendo los fracasados conceptos educativos de la progresía. La Educación importa poco al centro y es siempre sacrificable para los moderaditos. Así lo han demostrado, entregándola durante décadas a sus enemigos con los resultados que vemos.

Perdón, A, M, S, S, perdón alumnos todos de este y otros años. Creí que era verdad y ahora vemos que no. Os han condenado a ser los últimos del sistema anterior pero en realidad han cedido en todo y el sistema seguirá siendo igual o peor, porque no se atreven a más. Perdonadme pues, ya que vuestros hermanos pequeños no van a ver un cambio a mejor a su educación. No sólo seguirá siendo un montaje economicista, materialista y tecnicista, sino que seguirá sin tratar de modo distinto a los distintos, seguirá igualando por abajo, seguirá ajeno a la verdadera cultura superior, seguirá sin permitir a cada uno el brillo que puede dar. Y seguiremos sin un sistema nacional único, con una calidad que vaya más allá del papeleo mezquino de partidos encanallados y de burócratas ascendidos de la tiza y sin más fin que su orgullo unos y su propaganda otros. Perdonadme, porque creí en Wert y en Méndez de Vigo, como aquí brevemente creí en la bondad de intenciones de José Iribas, y ya hemos visto.

Decía el académico Félix de Azúa en El País –cómo estarán los tiempos para que yo entrevea el diario del conde de Motrico, el insigne demócrata Areilza- que “la liquidación de las humanidades en la educación española no es sólo un error atribuible al mercantilismo obsesivo, es, además, un modo de desarmar a la población más desamparada”. Santas palabras. Azúa citaba Jordi Ibáñez hablando de la política educativa española, que “no es que sea ni torpe ni mala, sino directamente estúpida y malvada” Para Azúa, esta educación que no se atreven a cambiar unos y que hace crecer a los otros es “sólo tiene dos caras: los grises tecnócratas adornados de un cinismo compasivo, o los cínicos ilusionistas que acomodan su discurso a la fabricación oportunista de una mayoría social”.

Ibáñez y Azúa coinciden en citar a Lévi-Strauss diciendo que la educación “se ha entregado a la inevitable coalición entre el infantilismo de las masas estudiantiles y el corporativismo de los funcionarios”, y que “el resultado es el adocenamiento y la degradación educativa”. ¡Cómo quitarle la razón! Wert no iba hasta el fondo de todo el problema, pero sí rondó sus bordes y nos dio esperanza. Ahora, ni eso, simple rendición electoralista a la masa borreguil de progres funcionarizados y de militantes bolcheviques a uno y otro lado de las cátedras. Por haber creído en sus promesas y por haberos llevado esperanza, perdón. No os merecen.

Hace algo más de tres años, con esperanza infundada, decía que “Wert emprende un trabajo imprescindible”, ya que “¿Quién critica la Ley de Mejora de la Calidad Educativa? Los que crearon el actual sistema, sectario, caro y fracasado”. No era verdad que unos y otros pensasen distinto: sólo una menoría a los dos lados de la vieja trinchera política quería un cambio a mejor. Y si éste empieza rindiéndose a las imposiciones de las autonomías social-separatistas, no es un cambio a mejor, si es que siquiera es un cambio.

La reforma de José Ignacio Wert, prometida por el PP a sus votantes de 2011, era la décima reforma educativa de fondo desde la Guerra Civil y la séptima en la vigente democracia. Era el cumplimiento de un programa parcialmente, y una absoluta necesidad. Parte de una constatación que casi todos admiten: el sistema educativo español funciona mal, tiene una alta tasa de fracaso escolar y de abandono educativo temprano unido a un porcentaje anormal de titulados parados o subempleados. A lo que se unen algunos problemas normalmente silenciados, como el exceso patológico de titulados superiores, la carencia de titulados profesionales y medios, su mala o nula consideración social, la igualación teórica y el vaciado progresivo de contenidos formativos.

Se puede discutir qué hacer, pero era indiscutido e indiscutible que las cosas iban mal. Van mal, de hecho. Lo que pasa es que no se va a hacer lo que aplaudimos que Wert hiciese. 1) Era una reforma más pensada para los alumnos y sus necesidades y menos para la comodidad y los prejuicios de algunos profesores. No se trata de aplicar unos clichés ideológicos, como hizo el PSOE en 1985-1990 y en 2004-2006, ni de buscar el aplauso de los sindicatos que antes se llamaban "de clase". Pero no ha sido así. 2) El Ministerio fijaba un porcentaje mayor de los contenidos educativos, más parecidos aunque no iguales para toda España. Wert no quiere decir "recentralización" (de hecho, por desgracia, no lo es), pero sí habla de "la necesidad de reducir la dispersión de los contenidos de la educación y de homogeneizar las clases". Habríamos tenido así Comunidades con menos entrada en los contenidos y, finalmente, grupos homogéneos en su interior y diversos entre sí, similares en toda España. Pero no ha sido así, los prebendados locales parecen ir ganando. 3) Cambiaban por completo las pruebas estatales. Revocando todos los presupuestos educativos en vigor desde Villar Palasí en 1970, se crean "evaluaciones a nivel estatal", incluyendo exámenes estatales (reválidas) al final de Primaria, ESO y Bachillerato. El examen de 6º de Primaria será necesario y orientador para acceder a Secundaria. El examen de Secundaria será necesario para obtener el título de ESO y para acceder a FP en una modalidad y a Bachillerato en la otra (los alumnos podrán examinarse de los dos si lo desean). Se suprime la PAU (Selectividad), y el examen de Bachillerato, nacional, será necesario para poder acceder a la Universidad (o sea, un Examen de Estado). Es un modelo que, si se desarrolla sin vacilación, podía mejorar radicalmente la calidad del sistema y la situación de los alumnos. Pero no parece ser así. Y en eso como en todo.

Ya de partida, Wert tenía defectos, como llegar tarde, no ser una reforma completa, no modificar el acceso a la función pública docente ni se reordenan los Cuerpos Docentes del Estado, ni su entidad, ni su jerarquía, ni sus diferentes funciones y obligaciones. Hacen falta normas claras y verdaderas y exigentes oposiciones centradas en el dominio de la correspondiente materia. Nada se hace ni cambia. Es muy peligrosa y manipulable la autonomía de los centros, que curiosamente, ésa sí, los gestores progres sí la quieren y la usan, cuando les conviene. Para tener autonomía necesitamos selección, probablemente reorganizando los Cuerpos y creando en Secundaria uno de Catedráticos con funciones directivas y de inspección… con acceso por oposición, claro, no por concurso restringido ni per saltum. Entonces, con verdadera selección cualitativa y una recompensa moral y material de quien la tenga, podríamos hablar con fundamento de autonomía. Pero nada más lejos de las reivindicaciones de verde de los que piensan sólo en dineros y de los políticos timoratos estos. Timoratos, sí, cuando no directamente hostiles.

Como dijo mi amigo el profesor Francisco Pajarón: "Si la nueva LOMCE viene a solucionar esto bienvenida sea. Pero tendría que venir acompañada de un barrido de personajes e instituciones abyectas, ineficaces y con una cualificación a la altura de su falta de previsión y orden". Al final, más que la ley y su reglamento, son cruciales las personas que los van a aplicar. Y las izquierdas han dedicado décadas en España a controlar los Cuerpos docentes, antes por entrismo ideológico, luego por poder y por moda y finalmente por ahogamiento (cuando el zapaterismo permitió la invasión de docentes por razones ideológicas y sin suficiente demostración competitiva de conocimientos). Todos los gestores del sistema, si éste cambia, deben creer en él o, alternativamente, saber que el sistema ha de ser disciplinadamente respetado y seguido por todos porque no habrá concesiones que castren la reforma. Es cuestión de personas y de pulso, y sólo con el tiempo veremos dónde llega la reforma Wert. De momento a poco. ¿Y saben ustedes qué les digo, víctimas de la LOGSE y de la desilusión de la LOMCE? Por supuesto, que perdonen el engaño hasta que los políticos nos pidan perdón a todos. Y que a día de hoy el mejor bachillerato sigue siendo el del plan de 1938 y, puestos a importar, que nos den un verdadero bachillerato de cultura como el de Giovanni Gentile, que ahora 70 años después de matarlo está de moda rehabilitar. Claro que eso sucede donde hasta la extrema izquierda sabe leer y escribir, no como aquí.

 

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