25 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El viaje alucinógeno de Pedro Sánchez a una Cataluña incendiada sin marcha atrás

Mientras Sánchez intenta vender "avances" en el diálogo,la realidad le desmiente con un guantazo político de todo el soberanismo y otro real de los CDR.

"El diálogo ha dado sus frutos". La frase textual es de la ministra Meritxell Batet, aunque la autoría intelectual es de Pedro Sánchez, que pretende convertir en un gran avance su extravagante cita con el presidente de la Generalitat y el clima de violencia que lo ha rodeado en la calle y de desprecio en el Govern catalán.

"La reunión sirvió para reconocer lo positivo del diálogo", ahondó la ministra catalana, sin especificar la envergadura de los supuestos avances, sólo visibles en el caso del soberanismo: desde Torra hasta Puigdemont, pasando por sus terminales políticas y mediáticas, han interpretado el encuentro como un éxito para sus postulados.

 

"Es la bilateralidad", ha resumido Puigdemont desde Bélgica. "Nunca dejaremos de exigir el derecho de autodeterminación", añade Anna Caula, la portavoz de ERC en nombre de Junqueras. Es decir, el supuesto "diálogo" de Sánchez sólo se acepta si es para consolidar los objetivos del nacionalismo, que incluso ha arrancado una declaración conjunta de La Moncloa donde las únicas renuncias, de haberlas entre líneas, son de España: es la primera vez que, de manera indirecta, se reconoce que la "salida democrática" pertenece en exclusiva a los catalanes.

Ni por Tarradellas

A partir de ahí, cualquier retroceso o concesión del soberanismo es más producto del imaginario sanchista que de la realidad verificable. Ni en un tema menor, como el cambio de nombre del aeropuerto de El Prat a Tarradellas, el Suárez catalán, hubo concesiones del independentismo a Sánchez: emitió una protesta por no haber participado en el rebautismo. Y no se quejó de que el Gobierno desfusilara a Companys, por poco, si se admite la ironía.

Y mucho menos se escuchó algo parecido a una renuncia a la unilateralidad, de lealtad siquiera legal a la Constitución o de disposición a nada que no sea la agenda expresada en público por el propio Quim Torra en las fauces calladas de Sánchez: República por Monarquía,  autodeterminación y liberación de los presos.

La actitud soberanista se expresó aún mejor, frente a una especie de estado alucinógeno forzado en el Gobierno de España, en la batalla campal en la calle, tomada en vano por un ejército de policías, guardias civiles y mossos que, sobre todo, sirvió para resumir en una metáfora estos dos días: un Gobierno encerrado en una antigua casa de mercaderes, protegido y rodeado por los Cuerpos de Seguridad, asegurando con poca convicción que las cosas van mejor.

 

El balance provisional de desperfectos, no solo políticos, también desmiente a Sánchez: decenas de carreteras y calles cortadas; encapuchados lanzando ladrillos como para erigir otra Sagrada Familia; heridos y detenidos en cifra de dos dígitos y miles de personas bloqueadas en sus vidas cotidianas que seguirán allí, sin refuerzos policiales, cuando el presidente vuelva a Madrid en Falcon y comience sus largas vacaciones, que algunos presagian ya de quince días.

El mínimo para esperar en paz a los Reyes Magos, esos personajes fantásticos a los que Sánchez remitió una carta anticipada en Pedralbes y en la Lonja y que ahora luce pisoteada por los CDR en cualquier calle recóndita de una Cataluña incendiada, mientras Puigdemont, Torra o Junqueras acarician un gato y se temen más entre ellos de lo que temen al presidente de España.

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