Mezquindad y grandeza

Los justicieros de balcón deberían de pensárselo dos veces antes de criticar

Los justicieros de balcón deberían de pensárselo dos veces antes de criticar

Los dueños de perros podemos ser vistos como privilegiados, pero lo que tenemos es un compromiso con un ser vivo que necesita protección y merece cuidado

El ser humano es capaz de lo mejor y lo peor. Las situaciones de crisis a lo largo de la historia dan testimonio de actuaciones personales y colectivas absolutamente dignas de elogio y otras de una mezquindad sobrecogedora; la actual crisis del coronavirus cumple dicha norma, con una notable presencia de acciones elogiables, pero un inquietante número, que presumiblemente crecerá con el transcurso y alargamiento de la cuarentena, de otras totalmente condenables.

 

No existen palabras de agradecimiento suficiente para todo el personal sanitario, que lucha en primera línea contra el virus en condiciones lamentablemente más precarias de las que deberían y con falta de materiales, agudizando el ingenio para atender con humanidad y profesionalidad a sus pacientes; tampoco podemos olvidar a todos aquellos que trabajan a pie de calle y frente al público, para mantener constante la cadena de suministros y evitar carencias y, con ello, un pánico que podría extenderse como la pólvora y agravar todavía más la crisis.

 

Un gran número de empresas y particulares se han volcado en la tarea de ayudar en la medida de sus posibilidades para cubrir y paliar las necesidades de una sanidad al límite de su capacidad: construcción de respiradores para las UCIs, donaciones para comprar equipamiento y suministros, cosido de mascarillas, transporte gratuito de sanitarios...

 

Por desgracia, el ser humano es como el dios Jano, capaz de presentar aspectos muy disimilares entre sí. Han sobrado los ejemplos estos días de personas que, tirando de mucho más que picaresca, se saltaban alegremente la cuarentena e, inclusive, adoptaban una actitud chulesca. Son los menos, afortunadamente, y sospecho que seguirán siendo una rara avis pese a todo.

 

Mucho más preocupante es la figura de los justicieros de balcón, personas que ya han decidido que cualquiera que ande por la calle cuando les parezca que nadie debiera hacerlo, es digno de insulto y denuncia. Olvidan que la mayoría de los que a día de hoy se ven por la calle, especialmente a horas en que los comercios no están abiertos, son trabajadores que van o vuelven al trabajo; tampoco ver a un padre con un niño en la calle significa que no pueda estar ahí. En el caso de niños con necesidades especiales existe precisamente una excepción.

 

Los dueños de perros, entre los que se incluye el que suscribe estas líneas, podemos ser vistos como privilegiados, pero lo que tenemos es un compromiso con un ser vivo que merece protección y necesita nuestro cuidado; los paseos que se dan son los imprescindibles, lo que no significa que debamos estar limitados al árbol más cercano a casa (pero tampoco autorizados a marchas de cinco kilómetros).

 

La insolidaridad demostrada por grupos de vecinos en la Línea de la Concepción, apedreando un convoy que transportaba a ancianos infectados a una residencia de la zona, no tiene justificación alguna y muestra la peor faceta del ser humano en tiempos de crisis.

 

Tomen este consejo, potenciales justicieros de balcón, y no se apresuren a juzgar. Busquen la grandeza, no la mezquindad.

 *Abogado y politólogo.

 

 

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